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Soberbia

Hay que ser engreído para situar tu misión o tus costumbres por encima de todo

El máster cursado por Pablo Casado es uno de los que encuentra en entredicho. ÁNGEL MEDINA G. (EFE)
El máster cursado por Pablo Casado es uno de los que encuentra en entredicho. ÁNGEL MEDINA G. (EFE)

JOHN ALLEN CHAU no quería morir. Al menos así lo dejó escrito en sus ultimas notas, justo el día antes de morir, misión, esta de morir, en la que demostró un empeño digno de mejores gestas. John tenía 27 años y una soberbia disfrazada de fe cristiana: estaba decidido a convertir a su religión a los aborigenes de Sentinel del norte, una tribu de apenas 200 individuos que habita la isla desde hace más de 60.000 años sin apenas contacto con otras poblaciones. Un vestigio del neolítico cuya protección se asumió ya hace tiempo como una cuestión de interés mundial, por lo que de hecho está absolutamente prohibido acercarse a la isla.

Pero John consideró en su arrogancia y vanidad que su obsesión misionera era mucho más importante que la supervivencia de toda una tribu, de una civilización. Es lo que tiene la fe cuando se hipertrofia, que para creer con esa intensidad en algo que no puedes ver has de dejar de creer en casi todo aquello que sí ves. Así que al día siguiente de escribir que no quería morir, John se empeñó en morir sin querer y se plantó en la playa de Sentinel del norte: "mi nombre es John. ¡Los quiero y Jesús los ama... aquí tienen un poco de pescado!", se presentó el fulano mientras le llovían las flechas.

Por lo que sea, a un pueblo que llevaba 60.000 años viviendo en una isla de 72 kilómetros cuadrados, con las limitaciones de apareamiento y alimentación que eso conlleva, una extraña declaración de amor a tres bandas y una ofrenda de pescado no los asombró lo suficiente como para renunciar de golpe a su costumbre de acabar con cualquier posible amenaza por la vía rápida.

El cuerpo de John Allen Chau descansa, por decirlo de alguna manera, en un hueco excavado en la playa, junto a su firme decisión de "verlos adorar a Dios en su propio lenguaje". Nadie irá a buscarlo, porque el simple contacto del hombre occidental con esta tribu podría determinar su inmediata extinción, ya que su sistema inmunológico desconoce la manera de enfrentarse a virus y enfermedades que para nosotros son comunes. Todo esto también lo sabía John cuando decidió, vanidoso y engreído, que la posibilidad de quedar bien ante su dios y ganarse sus favores eternos era mucho más importante no ya que su vida, sino que las vidas de todos los aborígenes de Sentinel.

Le quedará, al menos un consuelo: "Por favor", dejó también escrito el día que escribió que no quería morir, "no os enfadéis con ellos o con Dios si me matan"; tranquilo, John, no estamos en
fadados. nNo tenemos motivos, los sentineleses te han matado sin ninguna malicia, simplemente que asaetear extraños forma para de sus costumbres. Es una pena que esta costumbre no les haya dejado interactuar en 60.000 años con otras personas y conocer otras realidades que, seguramente, les hubiera impulsado a renunciar a esa tradición tan incómoda de matar a todos y enterrarlos en la playa, pero cuando vas a una tierra que no es la tuya es algo que debes asumir.

O eso, al menos, es lo que piensa Pablo Casado y los miembros de su tribu, que en este caso puede parecer igualmente preneolítica pero que, desafortunadamente, está muy lejos de extinguirse; quedan bastantes más de 150. Casado y los de su tribu también piensan que no hay mejor destino para aquellos que quieren entrar en nuestra península que morir en una playa. Temen, por lo que se ve, que arrasen con lo que ellos llaman "nuestras costumbres", aunque no sabemos muy bien con cuáles y ni siquiera si las tenemos como nuestras.

Embebido de soberbia como nuestro John Allen Chau y atrapado en sus costumbres como los sentineleses, Casado parece haber iniciado una misión para convertir al PP en un Vox a la derecha de Vox, dispuesto a dar muerte a cualquier atisbo de humanidad que ose pisar su isla de arrogancia. "Se confunden de país aquellos inmigrantes que quieran disfrutar de las ayudas sociales sin respetar nuestras costumbres... aquí no hay ablación de clítoris, aquí no se matan los carneros en casa y aquí no hay problema de seguridad ciudadana", ha dicho el líder del PP estos días, reduciendo el fenómeno de la inmigración a una parodia enfermiza de la realidad que, hipertrofiada, su xenofobia, se niega a ver.

Alguien que lo aprecie, si lo hubiera, o que tenga alguna esperanza puesta en este misionero de la indignidad debería avisarle de que, además, su final más probable de insistir en su aventura es el mismo que el de John, un cadáver enterrado en la arena de la política al que nadie reclama ni por el que nadie se culpa: llevar a su partido al terreno de Vox no le va a dar un solo voto de más, porque entre el producto genuino y el de imitación, impostado y jactancioso, la gente siempre preferirá el auténtico. Incluso aunque ese producto sea el odio. 

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