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Bodafront

Creo que mi nuevo animal mitológico favorito es el community manager español de cierta empresa de telefonía. Que digo yo que será español, vamos. A lo mejor es noruego, canadiense o somalí, pero por su académico manejo del castellano intuyo que es de aquí, de Burgos o de Ciudad Real, que son las provincias que yo asocio a los verbos compuestos y a expresiones tan educadas como ‘disculpe usted, estimado Rafael’. Quede constancia de que nada tengo en contra de los burgaleses ni mucho menos de los benditos habitantes de Ciudad Real, de los que ahora mismo no recuerdo el gentilicio, pero lo de este muchacho o muchacha de la empresa de telefonía empieza a sobrepasar cualquier límite de tolerancia medio humana.

BodafrontDoy por hecho que mis conocidos, especialmente aquellos que lo son en profundidad, me toman por imbécil. Es una faceta que suelo cultivar a menudo, una vieja instrucción que me dio mi abuelo la primera vez que traté de hacerme el listillo: ‘Mejor que te partan la cara por pena a que te la partan con ganas’, me dijo. Y no le faltaba razón, nunca le faltó al viejo. El community manager de esta empresa al que no me quiero referir directamente —lo llamaré Bodafront— se cree que soy idiota y esto que afirmo no es una opinión: es un hecho. Ante mis innumerables quejas por el acoso diario de sus comerciales, todos muy amables pero igualmente insufribles, Bodafront me ha escrito un mensaje en el que me invita a comunicarle cuál es el número de teléfono desde el que recibo tales llamadas. La cosa viene a ser algo así como si un niño sirio llamase a la OTAN, después de un bombardeo, y estos le preguntasen dónde han caído exactamente las bombas y si ha visto la banderita en la cola de los aviones que las han lanzado para poder ayudarle.

Ya sé que las distancias entre mi pequeño drama y el mayúsculo de una guerra son notables, solo faltaría, pero la anterior era una comparación escrita explícitamente para Bodafront: un simple comentario de un idiota a otro idiota, en resumen. Si yo fuese mi estimado Santiago Jaureguízar, por ejemplo, lo mandaría a pastar en varios idiomas y hasta con cierto encanto pero, por desgracia, yo solo soy el que firma y a veces el que reza. Me contó Jaure un día su táctica para deshacerse de estos indeseables del acoso telefónico: estaba él en su palacio de verano, leyendo unas memorias de Silvester Stallone o viendo la última película de Flaubert, ya no lo recuerdo, cuando una encantadora teleoperadora se anunció como comercial de cierta empresa de telefonía y le preguntó por el titular de la línea: "Se murió ayer, ahora mismo lo estamos velando", contestó Jaure sin dejarle tiempo para presentarse del todo por alguna razón que desconozco suelen tener nombres complicadamente compuestos, como Gabriela Orquídea Fernanda, Saruman El Blanco o R2D2. Aquello la desarmó. Aquello la desarmó.

El community manager de esta empresa se cree que soy idiota y esto no es una opinión

"Estimado Bodafront: no puedo darte todos los números desde los que vuestros Ompaa Loompas me llaman a diario: acabaríamos antes cogiendo la pedrea del último sorteo de Navidad y descartando el Gordo más dos segundos premios", le contesto con cierto sentido del humor, que no es poca cosa teniendo en cuenta que sería capaz de inmolarme en sus instalaciones por no aguantarlos más, por volver a dormir una siesta en paz. La conversación pública hasta ese momento se ha convertido en un choque de egos y la escalada de mensajes a través de Twitter amenaza con alcanzar tintes épicos hasta que Bodafront, inteligente, decide trasladar la escena al ámbito de la comunicación privada.

Lo cierto es que, pasados varios días y tras cientos de promesas incumplidas, la persecución se ha recrudecido hasta el punto de que, en el tiempo que he tardado en escribir estas líneas, me han llamado dos veces más, desde dos números diferentes, puede que incluso desde dos galaxias distantes, a millones de años luz la una de la otra. Sospecho que la única solución pasa por un duelo al alba, incluso al sol del mediodía, en el que ambos elijamos el arma de fuego pertinente, contemos los doce pasos de rigor y nos disparemos más o menos a quemarropa. Si Bodafront accede, extremo que todavía está por definir a tenor de su evidente cobardía, yo ya tengo pensado quién será mi testigo: digamos que se llama Movistarring, Ismael.

Bodafront
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