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Un bronceado estupedo

HAY UNA escena en The Big Bang Theory que me gusta especialmente. Howard Wolowitz, el pequeño ingeniero judío, espera el lanzamiento de la cápsula Soyuz que lo llevará a la Estación Espacial Internacional hecho un manojo de nervios. Lo acompañan Mike Maximino, el otro astronauta americano, y Dmitri, un ruso enorme que, tras completar el paso número doce del protocolo, decide interesarse por su curioso mote. —"¿Te llaman Choco Krispi por tu corte de pelo gay?", pregunta.

—"¡No!", protesta Wolowitz. "Es porque vivo con mi madre y todos los días me hace desayunar Choco Kripsis".

—"Mejor lo de ser gay. La gente acepta eso mejor", sentencia el ruso con su acento de sierra mecánica.

Si esto fuera una comedia de situación, ahora sería el momento de las risas enlatadas. Con los primeros rayos de sol aprovechables de la temporada y el final del confinamiento, he notado que las calles empiezan a salpicarse de bronceados estupendos, en su mayoría lucidos por personajes aún más estupendos. El estupendismo, nos guste o no, es una de las cualidades que todavía conectan al ser humano de comienzos del S.XXI con el de finales del S.XX, que fue cuando esta peligrosa costumbre comenzó a viralizarse de manera exponencial. Las series de televisión, las revistas del corazón, la publicidad, el boca a boca... Carezco de datos para determinar el acelerador que propagó la tragedia pero si tuviese que aventurar un paciente cero, el origen de la pandemia, me decantaría por buscarlo en California, que es donde nacen, se desarrollan y mueren casi todas las gilipolleces del estupendismo contemporáneo: el bañador slip blanco, las mechas, los abdominales chocolateros, la gorrita hacia atrás, las camisetas de Acid House, el monopatín, los Beach Boys, el MDMA, el walkman, los brillis, las gafas de sol deportivas, Los Angeles Lakers... La lista sería interminable pero el espectáculo, mal que bien, debe continuar.

Ateniéndonos a la siempre triste política de hechos probados, lo único que sabemos a ciencia cierta es que, durante siglos, tostarse a fuego lento fue negocio de pobres. El equilibrio de fuerzas cambió cuando los médicos comenzaron a recetar los famosos baños de sol a una aristocracia necesitada de fotosíntesis. Tomar el sol, y perdón por la redundancia, se había convertido en una droga recetada y de ahí al vicio solamente quedaba un paso. La encargada de abanderar esta revolución fue Coco Chanel quien, según las crónicas de la época, regresó a París muy trigueña de un crucero por el Mediterráneo en el yate del Duque de Westminster y decidió sacarle partido. El efecto imitador entre sus más fieles devotos fue casi inmediato y así nació, según esta teoría, una dictadura aplastante que ha logrado perpetuarse entre nosotros incluso tras la muerte de su fundadora.

"¡Qué blanco estás!": esas son las tres palabras con las que un servidor tiene que convivir cada verano y hasta bien avanzado el otoño, que es cuando las pieles empiezan a recuperar su tono natural y el frío se encarga de igualarnos a todos. No es una expresión banal, ni siquiera la constatación de lo evidente o, al menos, no solo eso. Detrás de cada "¡qué blanco estás!" siempre van el autobombo, el folclore y también una gran dosis de desprecio, pues la persona bronceada no alcanza a comprender que el prójimo pueda renunciar voluntariamente a ser como ella. Durante años, lucir una piel morena se convirtió en la venganza del calvo, del bajito, de miope, del soltero forzoso, del cojo y del acomplejado en general. Poco importaba que durante él resto del año fueras tú el que lucía buen pelo, ropa comprada en la sección de adultos de las tiendas, buena vista, novia, tranco y una actitud desenfadada. Llegaba el verano y, automáticamente, te convertías en un paria a los ojos de cualquiera dispuesto a jugarse el melanoma por el mero hecho de lucir tonos pastel, dorados e incluso carbonizados.

Aquello duró lo que duró. El estupendismo es siempre exigente y con el paso de los años se fueron añadiendo nuevas restricciones para el chuleo tales como el cuerpo tonificado, los tatuajes, el peinado de Cristiano Ronaldo, el carnet de vegano, las pulseras de Pandora, las fundas dentales y otras tantas fruslerías que se encargon de separar a los hombres de los dioses, a la paja del trigo. Esto no evita que los pálidos y azulones sigamos siendo el eslabón más débil de la cadena, la base de la pirámide, el objetivo prioritario al que que acosar. Y la cosa no se deja de tener su gracia porque, aunque no se nos note demasiado, cada insinuación a esta especie de insumisión nuestra nos pone negros. ¿Se imaginan un futuro cercano en el que esta dictadura física y estética fuese sustituida por otra que provenga del abrasamiento moral? Yo tampoco, y por eso he decidido cubrirme el cuerpo de purpurina azul este verano. Sospecho, como bien diría Dmitri, que "la gente acepta eso mejor".

Un bronceado estupedo
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