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Engaños y evidencias

 

"Vamos a ver una cosita, caballero", dice la dependienta. Ha cerrado los ojos y meneado el cuello con una cadencia alarmante, como esas serpientes que calculan la distancia a ritmo de belly dance, prestas a desencadenar el ataque. Es, en mi opinión, el tipo de planteamiento menos apropiado para tratar de reconducir una discusión y llevarla a buen puerto pero la cosa no va conmigo, así que me limito a simular interés por unas zapatillas de oferta, acercarme al mostrador sin llamar demasiado la atención y aguzar el oído bueno, que en mi caso es el derecho. "No le voy a devolver el importe de un artículo que no se ha comprado en esta tienda, ya se lo dije esta mañana a su mujer".

A veces no hay nada más engañoso que lo evidente, sobre todo cuando es uno mismo el que no quiere reconocerse dentro de su propia trampa. Tal y como yo lo veo, el cliente ha mentido a su mujer o puede que a su amante, eso no es posible afirmarlo con rotundidad. Le ha jurado y perjurado que los zapatos fueron comprados en aquella tienda que tanto le gusta y ella, agradecida por el detalle pero disconforme con la elección, ha preferido canjearlos por el importe correspondiente y utilizar el dinero para cualquier otra cosa: un capricho diferente, una urgencia doméstica, incluso puede que algún regalo para él. Al llegar a la tienda, optimista y confiada, se habrá encontrado con el embuste dando palmas en sus narices, obligada a plegar velas tras el rejonazo infligido en su orgullo de clienta habitual. De regreso a casa, hecha una furia y escupiendo sapos por la boca, puede que le haya lanzado los zapatos a la cabeza mientras el pobre diablo, encogiendo los hombros y abriendo las manos, insistiría en el engaño aludiendo a un desafortunado malentendido.

Manoseo unos botines de piel, pura artimaña para perder tiempo y asistir en primera fila al desenlace, pero la insistencia del hombre es mayor que mi paciencia, así que doy las buenas tardes y salgo a la calle compadeciéndome por todos ellos, también por el inepto embustero. Me dejo caer por un par de librerías, una heladería que promete en eléctricas mayúsculas no agravar mi problema de caderas y hasta una juguetería, interesado en las novedades a las que ya no podré aspirar estas próximas Navidades por razones evidentes. "Estos sí que son juguetes y no los de antes, hay que joderse", me digo a mí mismo con absoluto desprecio por los recuerdos de infancia y esos convencionalismos que me impiden seguir siendo un niño. Muerto de envidia y renegando de la edad adulta me dan las seis, así me dirijo hacia el coche: he quedado allí con Rocío.

Cinco minutos más tarde, puede que diez, estamos parados en medio de una céntrica calle mientras arrecian los bocinazos de los vehículos que nos preceden. "¿Le echaste gasolina al coche antes de venir, como te dije?", pregunta ella. Yo me hago el ofendido mientras trato de arrancar el motor y apaciguar los ánimos de los otros conductores sacando la mano por la ventanilla: "¡Pues claro que le eché gasolina antes de venir, por quién me tomas!". El coche sigue sin arrancar. Los peatones se detienen divertidos a contemplar la escena. Algunos sacan sus teléfonos móviles y nos hacen fotografías, puede que incluso algún vídeo. "No le has echado gasolina, dime la verdad", insiste ella. "Rocío, por favor", porfío yo. En esas estamos cuando aparece un municipal y golpea con los nudillos en la ventanilla: "¿Algún problema?".

EssoYa fuera del coche, con media ciudad increpándonos y la otra media aplaudiendo el escándalo, traslado al policía que no entiendo qué puede pasarle al coche: "Sencillamente, no arranca", gimoteo. Ella trata de mantener la calma cuando el agente acciona el contacto y nos señala que la aguja del combustible no se mueve. "¿Seguro que este coche tiene gasolina?", pregunta. Le explico que sí, que paré a repostar antes de meterme en el centro "como me había insistido mi esposa durante toda la mañana y parte de la tarde, tiene que ser otra la cosa", así que me ordena abrir el capó y se pone a revisar los manguitos, las bujías, el cárter o lo que sea que se revisa en estas situaciones de emergencia. Es entonces cuando lo veo asomar la cabeza con cara de pocos amigos, suspirando profundamente, cerrando los ojos y meneando el cuello como una cobra mientras me dice: "Vamos a ver una cosita, caballero"...

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