sábado. 06.06.2020 |
El tiempo
sábado. 06.06.2020
El tiempo

Laurent Simons

LA SEMANA PASADA me encontré con una de esas noticias que, como poco, invitan a cerrar los ojos y contar hasta diez porque la única alternativa —al menos la única que se me ocurre— gira siempre en torno al suicidio. "El niño de nueve años que estaba a punto de terminar la carrera de Ingeniería Eléctrica deja la universidad", rezaba el titular. Ahí es nada... Sin anestesia, directo a la mandíbula. La foto que acompaña el texto tampoco invita a la reconciliación inmediata con el pequeño genio: flequillo aznariano, de monitor de pasillo en una guardería de FAES; jersey negro de cuello alto, posiblemente de cachemir, carísimo a todas luces; cara redonda, tez morena, con un mentón en forma de culito respingón y ojos de estar perdonándote la vida por haber nacido en su mismo planeta. Se llama Laurent Simons, por cierto, y es belga.

La Universidad Tecnológica de Eindhoven, ese pueblo holandés al que la mayoría apenas conocemos por su equipo de fútbol, decidió que el chiquillo no podría graduarse antes de cumplir los diez años, lo que provocó la cólera de unos padres que, ¡oh, sorpresa!, ya tenían apalabradas portadas y programas de televisión para rentabilizar la hazaña de su retoño. Dicho de otra manera: los motivos expuestos por el centro, todos ellos estrictamente académicos, interferían con el inminente salto al estrellato de Laurent, nada que no se pudiera solucionar con una buena polémica. El abandono bastó para llamar la atención de los citados medios y al día siguiente ya estaba el padre del muchacho explicando a los periodistas su punto de vista: "Si un niño juega muy bien al fútbol, a todos nos parece muy bien la atención de la prensa. Mi hijo tiene un talento diferente. ¿Por qué no íbamos a estar orgullos?".

Simons

En su cuenta de Instagram, cómo no, Laurent exponía su versión de los hechos. ¿Que si es normal que un niño de nueve años tenga cuenta en la famosa red social? ¡Pues claro que sí, mi querido y puntilloso lector! Vivimos es el siglo XXI y cualquier niño que tenga un don, incluso algún tipo de malformación o defecto simpático, tiene la cuasi obligación de compartirlo a través de Instagram bajo la estricta supervisión de sus padres, siempre que esto sea posible. A fin de cuentas, recuerde, el niño está en la universidad. ¿Y qué mejor manera de integrarse en la vida del campus que convertirse en una estrella del ciberespacio? Sinceramente, yo creo que esto no lo vio venir ni Andy Warhol quien, por otro lado, sería un excelente padrino para Laurent en su asalto a los cielos. Pero no nos desviemos del tema: como apuntaba al comienzo del párrafo, el niño explicó su versión de los hechos a través de Instagram, incluyendo fotografías de aquellos documentos en los que el centro razonaba por qué no podría —ni debería— graduarse antes del próximo mes de diciembre, a un año vista. "Mienten mucho", protestaba la criatura.

Un vecino mío presumía de lo bien que jugaba su chaval a la máquina tragaperras

En realidad, sospecho que todos hemos conocido a padres como los del pobre belguita: adultos que aspiran a una vida de éxito a través de sus hijos y a los que, en un momento dado, nos habría apetecido partirles la cara. Lo vemos cada semana en los talent shows de la televisión, en los campos de fútbol, hasta en los bares... Sin ir más lejos, les podría hablar de un vecino mío que presumía de lo bien que jugaba su chaval a la máquina tragaperras y allí lo tenía toda la tarde: sentado en un taburete, metiendo monedas y pulsando botones. No daré nombres por aquello de no complicarme la vida, pero les juro que era un espectáculo digno de verse, un poco como Masterchef Junior pero más tenebroso, más canalla, más underground. Un día llegaron los de asuntos sociales, se llevaron al chaval y los vecinos reaccionamos como cabría esperar en una sociedad madura y comprometida: con una multitudinaria manifestación para que nos devolvieran a nuestro pequeño ludópata. Ojalá viviera Dostoyevski para contarlo como se merece, yo qué sé...

"Las tortillas son uno de mis platos estrella", dice un chamaquito rubiales en el famoso programa de televisión mientras improviso unas tostadas de pan y aceite para cenar: efectivamente, uno de mis platos estrella. Lo dice, además, con esa convicción que solo puede ser fruto de una educación demasiado optimista, incluso pamplinera, en la que los niños son vistos como una especie de cheque al portador por el simple hecho de saber batir dos huevos o pegar patadas a un balón. En ese contexto se entiende que nos sorprenda poco lo sucedido con Laurent Simons, al que sus padres fueron capaces de apartar de la universidad no por no garantizarles la mejor educación para el niño, sino por una simple cuestión de plusmarcas. Que lo traigan a España, si tanto desean verlo triunfar en la televisión: aquí tendría un gran futuro como tertuliano, y vista su obsesión por quemar etapas a la velocidad de la luz, puede que le diese tiempo de formar un nuevo partido político de izquierdas antes de las siguientes elecciones.

Laurent Simons