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No dejes que tus lágrimas se pierdan en la arena

Hay una canción que Los Mestizos grabaron a mediados de los 80. No dejes que tus lágrimas se pierdan en la arena, se titula. El tema habla de una chica que llora en la orilla. "Sentada al borde del mar, una tarde de agosto, has debido sufrir, porque a pesar de que las olas mojen tus pies, dejas que una lágrima roja resbale por tu cara".

"No, no, no dejes que tus lágrimas se pierdan en la arena. Déjaselas al mar, que se las llevará muy lejos", dice el estribillo, interpretado con voz desgarrada. "Chica triste, chica sola. Chica triste, chica rota. No dejes que tus lágrimas rojas caigan en la arena, porque el Sol las roba y las penas queman más", continúa. La letra no nos dice qué hace allí la chica, ni quién es. Durante dos años utilicé esa letra para un ejercicio en una escuela de cómic en la que daba clases de guion.

De eso se trataba el ejercicio, de crear una historia que desembocara en la escena del personaje que llora junto al mar. ¿Quién es, por qué sufre, por qué está sola, triste y rota? Los alumnos tenían que escribir un guion y dibujar un boceto en dos horas. Ese ejercicio lo hicimos durante dos cursos y lo resolvieron unas 40 personas, calculo yo.

En la Universidad de Stanford, y con esto no cambio de tema, hicieron en 1971 un famoso experimento. Cogieron a 24 voluntarios y los dividieron en dos grupos de 12. La mitad harían de carceleros y la otra mitad de presos. Se habilitaron unas celdas y se reprodujeron las condiciones de vida de una cárcel. A los dos días el experimento se les había ido de las manos: los guardias andaban a porrazo limpio con los presos, que adoptaban posturas que iban de la sumisión al amotinamiento, pero curiosamente todos asimilaron el rol asignado y actuaron conforme a él. Aquello se suspendió cuando alguien se dio cuenta de que el director también había asumido el papel de carcelero y andaba el tío todo loco ordenando maltratar a los voluntarios que hacían de presos, que por cierto tenían derecho a salir de ahí cuando quisieran, pero no quisieron. Se creyeron su papel.

El otro día, ordenando papeles viejos, me encontré con unas notas que había tomado cuando hacíamos aquellos ejercicios de la mujer llorando junto al mar. Invariablemente, los hombres los resolvieron creando una historia en la que la chica sufre por su pareja, que lo mismo puede ser un marinero que no ha vuelto del mar, un mago que partió a luchar contra un dragón o un amante que ahora es un zombi. Casi todas las historias estaban bien resueltas y eran ingeniosas, pero todos los alumnos imaginaron a una mujer débil y desprotegida sufriendo por la pérdida o el abandono de su hombre protector.

Los alumnos tenían que escribir un guion y crear un boceto

Las alumnas, por su parte, fueron mucho más versátiles: muchas de ellas veían a la mujer de la canción sufriendo a causa del hombre, no por él. Veían a una mujer maltratada, abandonada o despreciada, siempre por un hombre. Otras contaban la historia de una madre que había perdido a un hijo. Algunas de ellas, simplemente imaginaron soledad o infelicidad en la escena de la chica que llora. Hubo una que me hizo una historia de una relación rota entre dos mujeres.

Los alumnos de aquella escuela de cómic eran buenos chavales y lo siguen siendo, por lo que sé de ellos. Talentosos y respetuosos con el arte de los demás, buenos compañeros y alumnos. Nunca allí se vio una actitud machista, ni anti LGTBI, ni racista. Nadie hubiera discriminado voluntariamente a una chica, pero sí de manera involuntaria, porque no todo depende de la educación, ni de la sociedad, ni del entorno. La Historia pesa y los roles queman, como las lágrimas que quedan en la arena a merced del Sol, y cualquiera que haya nacido blanco, varón y heterosexual siempre pensará que es superior mientras no se le adjudique otro papel. Puede que eso no dependa de él, no lo sé, pero todo lo que ve y todo lo que vive lo colocan en un escenario en el que la supremacía es irresistible, pues basta con tomarla y ejercerla. Es el rol asignado, como en el experimento de Stanford.

Revisando aquellas notas, comprendí lo mucho que nos queda por aprender a todos y a todas. Ni a ninguno de los alumnos, ni a ninguna de las alumnas, ni a mí, ni siquiera a quien escribió la letra de la canción, se nos ocurrió que aquella chica, en una tarde de agosto, pudiera estar al borde del mar llorando de emoción o de felicidad. O de risa.

Recuerdo que aquello se comentaba en las clases. Y aprovechando que yo las daba en gallego, les recordaba que Galiza tiene una tradición matriarcal de la que nuestro idioma guarda vestigios, pues todavía las mujeres llaman a sus maridos "o meu home" y ellos a ellas "a miña dona", es decir: "Mi dueña". Eso demuestra que los roles pueden cambiar. Puede que no cambien las personas, pero si los papeles que representan. Mientras tanto, la chica de la canción seguirá sentada al borde del mar, sufriendo.

No dejes que tus lágrimas se pierdan en la arena
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