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La sabiduría del pingüino

NIC BOTHMA
NIC BOTHMA

CUANDO el naturalista Carlos Linneo designó a nuestra especie lo hizo como Homo Sapiens Sapiens, que viene a ser algo así como que somos doblemente sabios. Qué gran error. Algunos, posteriormente, quitaron uno de los dos "sapiens", pero eso no resuelve el problema de que nos creemos muy listos, que sería una definición mucho más apropiada, algo así como "Los que se creen muy listos", pero en latín.

Imaginemos a un pingüino, que es un animal gracioso y algo grotesco. Los pingüinos solamente saben nadar, caminar con torpeza, pescar y criar pingüinitos. Llevan haciendo eso desde hace decenas de millones de años, muchísimos antes de aparecer la especie humana. No se meten con nadie y viven su vida tranquilamente mientras no aparezca una orca que se los quiera comer. No entiendo por qué Linneo supuso que somos más sabios que un pingüino. Quien dice un pingüino dice un mandril, pero ciñámonos al ejemplo propuesto para que esta página no acabe como el Arca de Noé. Imagino que Linneo nos puso ese nombre por considerar que somos, por ejemplo, capaces de construir un ferrocarril, habilidad de la que carecen los pingüinos. Lo cierto es que si les construyéramos nosotros una línea de AVE ningún pingüino la utilizaría. Nunca la han necesitado.

Dirá usted que la humanidad significa progreso. Nunca he tenido muy claro qué es eso del progreso. Hemos dedicado gran parte de nuestra inteligencia, de nuestros recursos y de nuestro tiempo a crear estupideces. Una tostadora de pan, pongo por caso. Hay una en cada casa. Si mañana desaparecieran de golpe todas las tostadoras de pan, ¿qué pasaría? Pues nada. Seguiríamos igual pero sin pan tostado. Sin embargo, hoy mismo hay cientos de ingenieros y diseñadores en el mundo diseñando nuevos aparatos para tostar pan, es decir, perdiendo el tiempo.

Vamos llegando a donde queremos llegar. No se tiene noticia de que un pingüino haya derrochado los recursos del planeta fabricando tonterías de plástico, que es un producto petroquímico, o construyendo fábricas contaminantes. Tampoco inventaron el amianto, que ha costado tantas vidas, o misiles capaces de llevar una bomba termonuclear del Polo Sur al Polo Norte porque odian a los osos polares. Pero los sabios somos nosotros, no ellos.

En una pandemia que les afectara, los pingüinos no usarían guantes ni mascarillas, pero tampoco se pasarían el día entero poniendo a parir en Twitter a Fernando Simón por tratar de salvarles la vida. Ni siquiera tienen que aguantar a Bertín Osborne. En todo caso, si Bertín apareciera entre una colonia de pingüinos y se pasara el día cantando rancheras, lo ignorarían. Entre los pingüinos no hay buenos y malos, ni racistas o machistas. Se reparten los espacios comunes sin mayor problema y cuando nieva y hace mucho viento se apelotonan para mantenerse calentitos. Son solidarios y conocen el valor de la comunidad. Entre ellos no hay psicópatas como Jair Bolsonaro o Donald Trump. Tampoco asesinos en serie ni mafias albanesas o rusas.

No hay diferencias de clases. Todos tienen lo mismo, un ingreso mínimo vital que les proporciona el mar y no necesitan trabajar como esclavos para una multinacional que les paga un sueldo miserable. Tampoco tienen bancos con consejos de administración y accionistas que se forran a su costa. Ellos, que supuestamente, como yo, no entienden muy bien qué es eso del progreso, llevan evolucionando millones de años. En los últimos cien nosotros hemos tenido dos guerras mundiales y cientos de otras guerras, algunas de ellas civiles, en las que hemos matado a millones y millones de congéneres. Y toda clase de atentados, condenas a muerte y asesinatos por los motivos más banales. No son codiciosos ni conocen la envidia. Ni siquiera necesitan una lista de mandamientos ni más reglas de convivencia que las que conocen al nacer y son invariables. No tienen leyes ni constituciones ni reyes, porque no dependen de nada de eso, como no necesitan un misil, un AVE o una tostadora de pan.

No digo yo que no haya de vez en cuando una excepción, que tampoco soy un experto en pingüinos, ni en nada. Puede que alguna vez un pingüino haya matado a otro, yo qué sabré, pero por lo que tengo visto en la tele, conforman sociedades bien avenidas y son buena gente.

Pero los sabios somos nosotros, los que emitimos cada minuto toneladas y toneladas de CO2 a la atmósfera, los que deforestamos bosques en el Amazonas o donde cuadre, los que llenamos los mares de plástico, los que sufrimos porque el vecino se acaba de comprar un coche más grande y más nuevo que el nuestro; los que nos dejamos arruinar por una banca depredadora o los que dejamos morir de hambre a millones de otros homo sapiens, los que torturamos a un animal para entretenernos; los que llevamos siglos matándonos en nombre de Dios porque sólo hay un Dios verdadero y hay que imponerlo por las buenas o por las malas.

Lo cierto es que, eso no me lo discutirá usted, a los pingüinos les ha ido mucho mejor que a nosotros. Pero los sabios somos nosotros. Ojalá tuviéramos la sabiduría de los pingüinos y no la nuestra.

La sabiduría del pingüino
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