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El adivino del pasado

Patrick Sinot, para tener un mísero sobresueldo, ejercía de astrólogo. Hasta ahí todo parece normal

MXBernardo Barreiro fue un señor que estaba muy enfadado con todo lo relacionado con la brujería, tanto que escribió todo un libro para demostrarlo. Murió en 1904, a los 55 añitos. A mí me cae bien porque además de estar enfadado con brujos y astrólogos, era historiador, arqueólogo y escritor, todas esas cosas que yo nunca seré.

El libro del que habllamos usted y yo se titula Brujos y astrólogos de la Inquisición en Galicia y el famoso libro de San Cipriano. De todos los casos que en él se hablan, el mejor es el de Patrick Sinot, irlandés natural de Wexford (Huesfordía, dice Barreiro), juzgado y condenado por el Tribunal de la Inquisición en 1622. Lo curioso de este caso es que nuestro compi Barreiro era un chiripitifláutico que comienza su exposición profiriendo toda clase de insultos contra Patrick, al que tilda de estafador, de hereje, de vulgar, de ladrón vengativo y d mil cosas más, pero pongámonos en antecedentes:

Patrick Sinot era catedrático de Retórica en la Universidad de Compostela, graduado en Cánones, sea eso lo que sea y astrólogo. O sea, no era un cualquiera. Y además era pobre de solemnidad, como usted y yo. Por aquella época, en mil seiscientos y pico, los catedráticos no eran como los de ahora, que son gente bien pagada. Entonces, por lo general, o eran de familia bien, o eran hombres de iglesia, con lo cual gozaban de buena fortuna. En uno u otro caso, su labor docente e investigadora era vocacional pero no remunerada, pues gozaban de fama y fortuna y la cátedra les otorgaba credibilidad para acceder a otros cargos.

No era el caso de Patrick Sinot, que era un irlandés sin recursos al que la Universidad a duras penas le pagaba cama y manutención. Así que el hombre, para tener un mísero sobresueldo, ejercía de astrólogo. Hasta ahí todo parece normal. También en Lugo tuvimos hace poco el caso de una jueza que se ganaba unos euros pronosticando el futuro, la pobre mujer.

En fin, lo curioso de Patrick Sinot es que la Inquisición supo de sus actividades extra académicas y decidió investigarlas, pues la astrología no era cosa de cristianos. Consiguieron a dos testigos, probablemente los dos únicos que habían contratado sus servicios como astrólogo, uno de ellos alumno suyo, y ahí es donde la historia se pone a tope. Resulta que el primero de los testigos, que requirió los servicios del catedrático por encontrarse muy mal de salud, declara que Sinot le dijo que había sido envenenado por unos tratantes de mulas, quienes le habían servido un vino rebajado con agua ponzoñosa procedente de un charco infestado de sabandijas. Investigado el asunto, el cliente reconoció que unos meses antes, en efecto, había sido invitado a beber vino. Los inquisidores acudieron a lugar indicado por el acusador y comprobaron que era la propiedad de unos tratantes de mulas e inspeccionando detalladamente el lugar, encontraron una charca llena de sabandijas.

Lejos de creer que el bueno de Sinot tenía sanos poderes adivinatorios, lo que pensaron era que, toda vez que tenía razón y había acertado de pleno en su visión, era un hijo de Satanás, un brujo, un maldito hereje que estafaba a sus clientes revelándoles una verdad que obtenía de manera diabólica. O sea: si les dices la verdad, eres un estafador porque no has obtenido esa verdad de manera cristiana.

Otra de las acusaciones que pesaban sobre nuestro héroe, y esa me encanta como buen gallego que soy, es que no alcanzaba sus adivinaciones por los medios tradicionales gallegos, con cruces de laureles u otros medios de la tierra, sino a través de símbolos cabalísticos que Patrick Sinot dibujaba tras hablar con sus clientes. Detengámonos un segundo en este asunto: la Inquisición perseguía y condenaba todo tipo de brujería, fuese cual fuese su manifestación; pero resulta que en este caso, era doblemente culpable quien lo hacía de manera no tradicional.

A nuestro héroe lo condenaron. Atendiendo a su condición de académico y a su ruina económica, fue expulsado de la Universidad, se le obligó a hacer un auto de fe abjurando de creencias judías que no tenía y nunca más se supo de él.

El otro testigo que declaró contra él viene contando una historia muy parecida: que Sinot acertó en todo. Resulta que el tío era un portento de la astrología; que quienes lo acusaron lo condenaron por acertar, no por errar. Inspiraba terror a los inquisidores, siempre ávidos de sangre hereje, y lo que temían era que aquel pobre diablo muerto de hambre pudiera convertirse en un adivinador portentoso, capaz de acertar hasta el detalle el pasado y el futuro de los pocos clientes que acudían a él para comprar sus poderes con unas monedas o una comida.

Honor a Patrick Sinot, del que, tras la condena y el destierro no tuvimos más noticias. Ojalá le haya ido bien, que el buen hombre nunca se metió con nadie y fue perseguido por adivinar la verdad. Ojalá muchos como él hoy, que tanta falta nos hace que nos predigan el futuro, pero más el pasado.

El adivino del pasado
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