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Aznar y el obispo de Trajanópolis

José María Aznar, en el Congreso. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)
José María Aznar, en el Congreso. JUAN CARLOS HIDALGO (EFE)

ESTABA EL otro día trabajando en mi resistencia a los antibióticos mientras veía a Aznar en la comisión parlamentaria que investiga la financiación irregular del PP. Para que luego vengan las feministas a decir que los hombres no podemos hacer dos cosas a la vez. Entonces recordé a un obispo catalán y su obra Camino recto y seguro para llegar al cielo. El obispo, que lo era de la diócesis de Trajanópolis, en Grecia, y ahora está muerto y es santo, se llamó Antoni Maria Claret i Clarà.

En su obra, publicada en catalán en 1843 y en castellano tres años después, el santo dedica unas páginas a José María Aznar. El caso es milagroso, pues aunque nadie lo crea Aznar no había nacido en 1843, cuando Claret i Clarà le escribió esos pasajes, todos ellos dentro del capítulo destinado al examen de conciencia. ¿Cómo es posible que el santo escribiese a Aznar si no sabía de su existencia? La respuesta está en el viento: los santos pueden hacer aquello que les venga en gana. Eso lo sabe todo el mundo.

Pues bien. En primer lugar, el autor describe cómo ha de prepararse un cristiano para el examen de conciencia. Esa parte nos la vamos a saltar, pues tenemos una dispensa que nos lo permite. Luego viene el momento en que arranca el propio examen y nos vamos directamente al apartado que habla del octavo mandamiento y ahí es donde Claret i Clarà menciona por primera vez a Aznar: "Si has mentido con perjuicio del prójimo, como has hecho en la comisión parlamentaria, descubierto algún pecado grave oculto pero cierto, como que tu tesorero manejaba una caja B, o has sembrado discordias entre las familias. Si has hecho juicios temerarios y los has utilizado como falsa excusa para invadir Irak, entonces eres José María Aznar y has obrado mal, siendo eso natural en ti, desgraciado entre los hombres, chulo poligonero. Sácateme de delante, anda, sácateme de delante que como alguien me aguante el cubata todavía la vamos a liar".

Y continúa el piadoso autor con una oración para después del examen, dedicada enteramente a nuestro fornido expresidente. En ella, Claret i Clarà imprime un dramático giro para hacer hablar a Aznar en primera persona, y empieza así: "Señor, ¡Ay! ¿Qué hice, infeliz? Pequé contra vos. Os ofendí y agravié". El arrepentimiento de Aznar sube en ardor y alcanza momentos de verdadera flagelación: "Si mis pecados se repartiesen entre otros tantos ángeles, bastaría yo solo para formar un ejército de demonios, aunque pensándolo bien eso ya lo hice… me horrorizo y a mí mismo me espanto".

Siempre dirigiéndose al Señor, Aznar continúa con el proceso de mortificación y muestra un sincero arrepentimiento ante sus gravísimos pecados: "Perdí mis derechos al cielo… me hice reo del infierno y con pasos agigantados me acerco al suplicio de las penas eternas".

A estas alturas del relato propongo hacer una pausa. Está usted de acuerdo conmigo en que Aznar no se arrepiente de nada. El propio Aznar lo dijo. Dijo así: "No me arrepiento de nada". Siendo el caso, ¿cómo es posible que nuestro admirado obispo de Trajanópolis describa a un Aznar suplicante y lacrimoso ante la gravedad de sus faltas? ¿Es que no lo conocía? Yo no soy teólogo, que bastante tengo con ser asmático, pero me atrevo a proponer una solución. Cuando Claret y Clarà describe el tormento del pecador, está haciendo una profecía. Nos dice que Aznar se arrepentirá tarde o temprano. ¿Lo hará tras recibir una revelación durante la visita de un arcángel o algo así? ¿En el momento de su muerte? No lo sabemos, pero Antoni Maria Claret sí lo sabe, o lo supo.

Seguimos. Tenemos ahora a un Aznar que, perdido su legendario brío, se humilla ante Cristo de rodillas: "Aquí tenéis, Señor, a un pecador igual a la Magdalena, aunque desigual en dos cosas: yo excedo a la Magdalena en maldad y ella me excede en dolor. Me refiero a María Magdalena, no a las magdalenas de desayunar ¡oh, Señor!, que bastante mal veo lo mío como para incurrir en tamaño malentendido, pero tal es el peso de mis errores que me nubla el entendimiento. Pero, Señor, yo confío en que Vos supliréis esta falta cuando llore mis crímenes a vuestros pies".

Creo que ocurrirá. Cualquiera que haya leído a San Antoni Maria Claret y Clarà coincidirá en que el hombre se equivocaba a menudo, pero en algunas cosas tenía razón y esta puede ser una de ellas. Aznar, como pronosticó el obispo, ha mentido y mucho. Algún día comprenderá que es otra de tantas víctimas de sí mismo y que ni su narcisismo patológico ni su actitud de gallito enfarlopado le habrán servido de nada.

La oración para después del examen de conciencia termina, naturalmente, con Aznar pidiendo el perdón que no merece. Hasta aquí llega la profecía. No sabemos con certeza si Cristo, aunque de naturaleza compasiva, tendrá piedad y le concederá la indulgencia. Es una historia con final inconcluso pero predecible. El Señor y el obispo de Trajanópolis lo saben y usted y yo lo intuimos. No habrá perdón para Aznar.

Aznar y el obispo de Trajanópolis
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