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Ana

Rodrigo Cota / Estoy pensando | Estoy Pensando

Rodrigo Cota / Estoy pensando | 28 de septiembre de 2020

Hace tantos años que ya ni sé cuántos, me paró una señora en A Ferrería de Pontevedra. Me dijo que me seguía siempre, que no se perdía un texto mío; que le gustaban mis columnas, que le parecían entretenidas y divertidas, pero que no le gustaba que escribiera tantas palabras malsonantes. "Cada vez que escribes un taco —dijo—, me das un disgusto". Aquella conversación duró algo más, pero me quedé con aquella frase. Si a aquella señora le disgustaban mis textos a causa de los abundantes exabruptos, pensé yo, puede que otras señoras piensen los mismo, o señores. No estaba yo para perder lectores, así que me dije que aquella señora lo mismo tenía más razón que un santo y que me estaba dando un buen consejo. La moda por aquella época era escribir una mala palabra —palabrota, se llamaban entonces—, de cada cuatro.

La señora no era para mí una persona cualquiera. Me conoció, o nos conocimos a las pocas horas de nacer yo en México, en el Sanatorio Español, que es donde nacíamos los gallegos hijos de emigrantes. Sale en las fotos de mi bautizo, toda guapa, con su marido Ernesto, que fue quien me dio mi primer pitillo años después y bien que se lo agradezco porque desde entonces fuimos grandes cómplices.

Ana Pajariño, se llamaba ella. Su marido, Ernesto Lorenzo, y otras cuatro o seis parejas, entre las que se encontraban mis padres, conformaban en la Ciudad de México una pandilla de pontevedreses en la que todos eran gregarios y nadie era líder. Y sus hijos, entre los que me encontraba yo, éramos como una piña. Coincidíamos cada semana en el Centro Galego y nos reuníamos en Navidad y en cualquier fecha especial. Éramos un reducto de niños bien que hacíamos equipo y que nos queríamos a morir. Luego nos fuimos encontrando casi todos de vuelta en Galiza y mantuvimos contactos informales e interrumpidos, hasta hoy.

Pero lo que vengo yo aquí a contar es aquella conversación en la que Ana, muchísimos años después de todo aquello, y muchísimos años después de reencontrarnos en Pontevedra, me dijo que no le gustaba que escribiera tacos. Tardó quince segundos, no más, en decírmelo, y luego yo me quedé pensando y llegué a la conclusión de que si a Ana le desagradaban las palabras malsonantes, lo mismo le ocurriría a mucha otra gente. Y de que yo no estaba para hacer una criba de lectores entre quienes se sentían ofendidos y quienes no. Pensé que mejor era que me leyeran por mis argumentos y que tanto quien estuviera de acuerdo conmigo como quien no, no merecía pasar un mal rato leyéndome. También es verdad que por aquella época todos los escritores competíamos por ser Umbral, por montar una nueva línea roja. Hoy ya solo lo hacen dos o tres idiotas que creen, como creíamos todos por aquella época, que la palabra gruesa o el insulto ofensivo dirigido incluso al lector, eran un estilo literario.

Hoy, después de llevar mucho tiempo en este oficio, puedo decir que hay muchísima gente que influye en lo que escribo y en cómo lo escribo, pero juro por Dios que nadie ha cambiado mi estilo como Ana Pajariño aquella tarde, que además lo hizo con un par de frases que duraron quince o veinte segundos. Ni escritores, ni editores ni directores con los que he hablado o para los que he trabajado en todos estos años, con los que intercambio consejos cada día, me han influido tanto como aquella tarde en la que Ana Pajariño me dijo: "No me gusta que escribas tacos, Robis". Es que de niño me llamaban Robis, vaya usted a saber por qué.

Ana falleció el otro día. El jueves pasado fue su funeral. Cuando me lo dijeron apenas tuve fuerzas para mandar un mensaje a sus hijos, Ana y Ernesto. Hoy me siento apenas con ganas de decir que después de media vida escribiendo, quien más influyo en lo que escribo y en cómo lo hago fue Ana, en medio minuto, en una tarde soleada en A Ferrería de Pontevedra, y tengo que agradecerle que desde aquel instante empecé a escribir de otra manera. Nunca jamás desde aquella tarde puse en un texto una palabra malsonante, porque cada día que escribo una columna o un reportaje tengo presente que los lectores y las lectoras merecen un respeto. Y puede ser por eso que entre las señoras como usted tengo cierto prestigio, porque Ana Pajariño me enseñó a respetar a quienes me leen.

Yo a Ana la querré siempre por miles de razones, pero entre ellas porque en dos frases me cambió el estilo de la noche a la mañana y porque gracias a ella dejé de ofender a lectores y lectoras para convertirme en un columnista que, bueno o malo, aprendí a respetar a los medios para los que escribo y a quienes los leen. Me dijo: "Solo puedes decir gilipollas", y desde entonces es la única mala palabra que me atrevo a poner en un texto, y cuando lo hago se lo dedico a ella. Dios la tenga en su gloria.

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