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De repente, taxista

Juan Tallón | Permanezcan borrachos

Galiciae | 31 de diciembre de 2019

EN EL NUEVA York de los 70 un puñado de actores, escritores, músicos, artistas, profesores, decidieron hacerse taxistas de repente. Trabajaban en el turno de noche, no demasiadas horas, ganando el dinero suficiente para dedicarse después a lo que de verdad les gustaba. Todos conducían para Dover Garage, la empresa que inspiraría la serie Taxi. En 1975, la revista New York contó que se había corrido la voz de que Dover era el lugar perfecto para artistas que no podían ganarse la vida como tales. Unos creadores se lo fueron contando a otros. Aquel año la compañía contaba en sus filas con un profesor universitario, dos candidatos a doctores, un ex sacerdote, una calígrafa, un dj de discoteca, varios maestros, fotógrafos, trombonistas, el inventor del arpa electrónica, y lo que la revista llamó "la pandilla habitual de artistas, actores y escritores hambrientos".

taxis

En aquella particular familia se encontraban el compositor Philip Glass, el pintor Robert Moskowitz, el actor y periodista Michael Goldfard, o los escritores Mark Jacobson y Tom Robbins, entre otros. Jacobson confesaba que su primer cliente fue "un vagabundo que vomitó en el asiento trasero. Tuve que conducir durante cuatro horas con las ventanillas abiertas hasta que se fue el olor". Su ambición era trabajar tres días, escribir durante otros tres, y salir de fiesta el séptimo. Goldfard, que intentaba hacerse un hueco en el teatro, recogió un día al dramaturgo Peter Brook, y aprovechó para pedirle un papel.

Glass buscaba con qué mantenerse para seguir componiendo. De hecho, con la música no ganó apenas nada hasta los 80. "Con trabajar tres noches por semana tenía suficiente para el alquiler del piso y los gastos básicos", cuenta en sus memorias, Palabras sin música (Malpaso). Por entonces un taxista se llevaba el 49% de lo que marcaba el taxímetro, más las propinas. No tenía que pagar ni el seguro, ni la gasolina, ni los neumáticos. Tampoco existían los contratos. Podías ir tres días a la semana, cuatro o uno, y desaparecer durante semanas. En su caso, cada mes y medio se iba gira, estaba fuera tres semanas, y después volvía. El horario perfecto era el que permitía acabar turno a las dos de la madrugada. A partir de ahí había que recoger a demasiados borrachos, que vomitaban, no sabían a dónde iban o no encontraban el dinero.

Al llegar a casa, componía durante cuatro horas, acompañaba a los niños a la escuela, y a la vuelta dormía hasta que se dirigía de nuevo a Dover Garage. Bajo este ritmo de vida compondría la ópera Einstein on the Beach. ¿El lado feo del taxi? "Casi me matan en un par de ocasiones". En los 70, en Nueva York, morían asesinados entre cinco y diez taxistas al año, y sufrían unos dos mil robos. En compensación, el taxi le regalaba grandes momentos, como el día que se detuvo en la calle 57 y se subió un señor de bigote con las puntas hacia arriba. Era Salvador Dalí. Lo llevó al hotel St. Regis, y Glass estaba tan estupefacto que se moría de ganas de decirle algo, pero no le salió nada.

Al cabo de ocho años abandonó Dover Garage, pues la Netherlands Opera le encargó componer Satyagraha. Regaló sus bártulos al escritor Stokes Howell, que justo iniciaba su etapa de diez años como taxista. Nunca más condujo. Encontró un filón en el cine. En los 90, en el rodaje de Kundun, de Martin Scorsese, este le comentó algo de Taxi Driver. Glass se quedó en silencio. "Un momento, ¿has visto Taxi Driver?". No la había visto. "¿Que no la has visto?", preguntó el director, sorprendido. "Yo era taxista. En la época que estabas haciendo la película yo me hacía cada noche 150 kilómetros, y, en mi noche libre, lo último que quería era ver una película titulada Taxi Driver". Scorsese se ofreció a organizarle una proyección. Glass declinó, pero en un viaje en avión, en una de sus giras, por casualidad proyectaron la película. Lo único que pudo decir a Scorsese cuando se lo cruzó fue: "¡Dios mío! Es exactamente como la gente que conocí cuando trabajaba en Dover Garage".

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