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Franqueza

Martín G. Piñeiro | El Ala Oeste

Galiciae | 01 de mayo de 2019

La posible creación de una zona franca en A Coruña disgusta a Vigo y anticipa la última disputa localista en la comunidad

QUIZÁS SIN PRETENDERLO, el globo sonda lanzado por el presidente de la Diputación de A Coruña, Valentín González Formoso, sobre la creación de una zona franca en A Coruña similar a la de Vigo prendió una doble mecha. Por un lado, ilusionó tanto al tejido empresarial de la ciudad y su área metropolitana que parece difícil que la propuesta, aunque tarde un tiempo, pueda tener ya vuelta atrás vista la enorme implicación de todos los actores que tienen algo que decir al respecto. Pero por el otro, agitó el hacha de guerra del localismo, porque desde Vigo no ven con buenos ojos perder el privilegio de ser la única zona franca del noroeste de España. Una vez más aparece el empeño galaico en mirarse el ombligo, esa imposibilidad de pensar y proyectar en clave de país que es realmente la verdadera amenaza sobre el proyecto de la zona franca coruñesa. Las lecciones que nos han dejado a lo largo de los años las nefastas gestiones localistas de las cajas de ahorros, las universidades, los aeropuertos o los puertos no han servido de nada.

→ ¿Qué es una zona franca?

Es importante aclarar primero que una zona franca es un área geográfica específica y delimitada en un territorio que se destina a la industrialización con fines de exportación y que goza de una serie de beneficios fiscales. La clave es que dentro de ella la legislación aduanera se aplica de forma distinta o directamente no se aplica, por lo que las mercancías de origen extranjero pueden ingresar y permanecer o ser transformadas sin estar sujetas al régimen tributario normal. A menudo están asociadas a puertos, por lo que se las conoce como puertos libres.

→ ¿Para qué sirve?

Por norma general, en las zonas francas se llevan a cabo actividades de almacenamiento, comerciales, de servicios e incluso industriales, ya que las compañías se ven atraídas por sus beneficios tributarios. Así que, en el fondo, representan un polo de actividad económica. Aquí dependen del Gobierno central y se gestionan a través de un consorcio —donde se integran otras administraciones y entes públicos— que gestiona fondos públicos. Ese consorcio es responsable de importantes inversiones en materia económica e industrial como desarrollo de polígonos industriales o la financiación de proyectos, pero también invierten en clave social: paseos marítimos, museos... En otros países tienen otra funcion. Se establecen en zonas marginadas o regiones deprimidas con el objetivo de atraer hacia esos lugares población y recursos.

→ ¿Cuántas hay en España?

En España hay siete zonas francas: Barcelona, Vigo, Cádiz, Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, Santander y Sevilla. La gallega, autorizada en 1947, fue la tercera de España tras la barcelonesa y la gaditana. Las otras cuatro fueron ya más recientes.

→ ¿Puede crearse una en A Coruña?

Sobre el papel nada lo impediría, aunque la última palabra la tiene el Gobierno central. El hecho de que comunidades como Canarias o Andalucía dispongan de dos abre la puerta a que Galicia también pueda gozar de ese privilegio. Por lo demás, los requisitos impuestos por el ministerio no son muy exigentes: ser una superficie continua y mayor a 20 hectáreas, tener condiciones necesarias para ser dotada de infraestructura para las actividades industriales, tener 150 metros cuadrados para las oficinas de control y 1.500 para inspección aduanera... A Coruña basa su demanda en su liderazgo en materia exportadora —superó a Vigo hace tiempo impulsada por el textil de Inditex— y todas las miradas apuntan ya al puerto exterior de Punta Langosteira, que tiene espacio de sobra para la zona franca.

→ ¿Qué dice Vigo?

Aunque algunos expertos apuntan a los beneficios que reportaría a Galicia tener una zona franca al norte impulsada por el textil y otra al sur comandada por la automoción, en Vigo no están por la labor. "Por estatutos, la zona franca del noroeste de España es la de Vigo", zanjó su responsable, David Regades, temeroso de perder ese privilegio olívico. Al menos hay que reconocerle que fue tan franco como la zona que preside.

Los síntomas de Portugal y el contagio
LA HUELGA de los transportistas de combustible de Portugal atrapó a cientos de gallegos que en las vacaciones de Semana Santa cruzaron al país vecino. Fue una de las múltiples movilizaciones laborales que está viviendo el territorio luso en los últimos tiempos, con el freno de mano en su economía en este 2019 y que asiste impotente a la aceleración de algunos de sus males estructurales, especialmente la brecha social entre ricos y pobres y la precariedad laboral, que ensombrece su envidiable tasa de paro del 6,5%. Parece que el milagro socialista de António Costa, que en su momento asombró a Europa por tener éxito con las recetas contrarias a la austeridad, pierde fuelle. Para Galicia, en ocasiones es bueno mirar hacia Portugal porque comparte con nosotros muchos de sus males: el interior se vacía en beneficio de la costa, sus montes desordenados de eucaliptos arden cada vez más, los trabajos de la juventud son muy precarios... Ahora crece conflictividad social, así que no hay que descartar el efecto contagio a este lado del Miño
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