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Muertes paralelas

Juan Tallón | Permanezcan borrachos

Juan Tallón | 28 de septiembre de 2020

SCOTT FITZGERALD Y Dorothy Parker tuvieron en cierto sentido vidas paralelas. Pero también muertes. Ambos escritores fallecieron de un ataque al corazón, tras una vida entera escribiendo y bebiendo, y toda su fama les sirvió apenas para tener un entierro discretísimo, casi olvidados. Hace solo unos días, a través de un reportaje de Laurie Gwen Shapiro en The New Yorker, supimos que solo a finales del pasado agosto encontraron los restos de Parker la paz definitiva, pese a morir en 1967. Pero no nos adelantemos.

Primero falleció Fitzgerald. Su ataúd se expuso en la trastienda de una empresa de pompas fúnebres de Hollywood. No fueron a decirle adiós más que una docena de amigos. Su biógrafo André Le Vot cuenta que aquel día de diciembre de 1940 parecía "un maniquí de escaparate en technicolor", muy bien peinado. Su amiga Dorothy Parker fue una de las pocas que acudió a despedirlo. Se inclinó sobre el ataúd y le susurró: "Pequeño hijo de puta", la misma frase que le dirige al cadáver de Jay Gatsby uno de los personajes de la novela más conocida del novelista.

TallónDorothy y Scott se habían hecho amigos en Nueva York. Marion Meade cuenta en su libro sobre la escritora neoyorquina que en una ocasión esta confesó que en 1934, coincidiendo con la publicación de Suave es la noche, se había acostado con Fitzgerald "de forma casual y espontánea un par de veces". Veintisiete años después del triste entierro de su amigo, murió Parker. La encontró la camarera del hotel en el que se hospedaba. Su funeral no fue menos desolador. Su testamento recogía que debían incinerarla. En cuanto a su herencia, dejó todo lo que tenía a Martin Luther King, pese a no conocerlo. Su amiga, la dramaturga Lillian Hellman, debía ser la encargada de ejecutar su patrimonio, pero cuando descubrió que no le había dejado nada, se enfureció y «ordenó que se tiraran todos los efectos de Parker, incluidos sus papeles, libros, ropa y recuerdos» cuenta Laurie Gwen. También desobedeció los deseos de Parker, que quería una cremación silenciosa, sin duelo, y organizó un velorio en una funeraria.

Mientras, en Atlanta, alguien interrumpía el almuerzo de Luther King para anunciarle que era el heredero de Dorothy. Pero diez meses después murió asesinado, y los bienes de la escritora, junto con los royalties de sus obras, pasaron a la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (Naacp, siglas en inglés).

Incineraron a Parker en Westchester. Nadie fue nunca a recoger sus cenizas. Pasaron siete años hasta que un empleado de la funeraria las envió a un tal Oscar Bernstein, que figuraba en el papeleo de Parker. Bernstein estaba jubilado, y las recibió su socio, un tal Paul O’Dwyer. Este guardó la urna en su escritorio y la olvidó hasta comienzos de los ochenta, cuando lo visitó el actor Malachy McCourt, que justamente le habló del día que conoció a Parker en Hollywood. Dwyer le preguntó si le gustaría "volver a verla", a lo que McCourt respondió que sí, aunque creía que estaba muerta. Cuando su amigo le mostró la urna, exclamó: "¡Dios mío! ¿Cómo estás, Dorothy?".

Pasaron los años y al fin Dwyer se decidió a hacer algo con las cenizas: las envió a la sede de la Naacp, en Baltimore. Allí, detrás de un edificio suburbano, fueron enterradas en octubre de 1988. El paso del tiempo deterioró la tumba, y cuando la Naacp planeaba mudarse a Washington, y quizá llevarse a Dortohy consigo, irrumpió en escena Kevin Fitzpatrick, un guía profesional, fanático de Parker, que organiza cada año un evento en el hotel Algonquin llamado Parkerfest. Localizó a las nietas de la escritora, que desconocían que sus cenizas estuviesen en una urna, y las reclamaron. Pitzpatrick se puso a trabajar en la mudanza, y hace mes y medio se dirigió a Baltimore, de donde se trajo los restos de Parker en tren, ocupando su propio asiento. El 22 de agosto, en el cementerio Woodlawn, en el Bronx, la urna con las cenizas, introducida en una caja de pino, quedó definitivamente enterrada. A la ceremonia solo acudieron doce personas, enmascaradas y guardando las distancias.

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