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Ana María Matute en la isla Trinidad

En Compostela conocí a un tipo que era de la isla Trinidad, se llamaba Willy y había tenido una relación amorosa con una limpiadora de la universidad, que tenía nostalgia de él
Ana María Matute
Ana María Matute

ESTABA haciendo una tesis doctoral sobre Ana María Matute. Yo no la consideraba entonces porque tenía el prejuicio aldeano de que un escritor interesante tenía que tener un apellido inglés o polaco. El hombre me pidió que revisase la redacción en español de su tesis y entonces leí fragmentos de Los Abel o Los niños tontos, y comentarios sobre ellas que me abrieron todo un mundo. Veía a una escritora con garra, que escribía con pasión, que abría moldes, que tenía desgarramiento y lucidez, que abría la realidad en visión. Me puse Trinidad y en Willy. Prácticamente descubrí a Ana María Matute en la isla Trinidad.

Leí Pequeño teatro, la historia de un niño perdido en un puerto vasco, que ronda con soledad en busca de la comprensión de alguien y conoce a un anciano que maneja unos títeres y a una serie de personajes que se mueven como títeres desamparados. Ella siempre ha hablado de niños y de soledades, y de cómo los adultos pervierten ese mundo. El estilo quemaba, se hacía obsesivo y carnal; un poco como el de Unamuno, pero más cálido y húmedo.

Estaba en las oposiciones para profesor de secundaria en Lugo, al final las aprobé, siempre me jodió ser funcionario del gobierno en lugar de escritor bohemio y loco como Henry Miller, eso no cuadraba conmigo; pero qué queréis, tuve miedo de no poder pagar los garbanzos todos los días. Un día vi entrar a los miembros del tribunal en un cine porno en la Ronda de la Muralla. En el comentario de texto me salió un fragmento de Ana María Matute, creo que era de Primera memoria. Hablaba de un niño al que le quemaba una moneda en la mano. Tenía un tono afectivo, íntimo, quemante; era una persona que vibraba en sus palabras. Buffon decía que el estilo era el hombre, yo digo que en el estilo está el alma de alguien, el estilo es la revelación como decía Juan Benet, el estilo alumbra las palabras y es la esencia de la literatura. Y allí estaba ella mirándome fijamente a través de las palabras, sentí una intimidad con ella.

Leía los manuales sobre literatura española en los años cincuenta, estaba harto de literatura propagandística y militante. Por la falta de libertad de expresión la literatura ocupaba el lugar del periodismo y era mucho menos literatura. Y la veía a ella, que no seguía doctrinas, que se guiaba por su sensibilidad, por su lucidez sin ataduras, por su ternura visionaria. Que hablaba de niños alucinados y de soldados solitarios que lloran de noche, y de subjetividades asaltadas por las guerras y los fanatismos, y de intimidades violadas. Ella pesimista y descarnada que preservaba los pocos tesoros de vitalidad que se escondían en medio de las construcciones y los escombros. A pesar de los prejuicios de algunos críticos contra la literatura como expresión y el material autobiográfico, críticos a la page que hablan de la obra literaria cerebral como "objetividad", como "estructura", como "artefacto", y zarandajas de ésas.

Siempre hacía un apartado al que llamaba realismo poético en el que metía a Ana María Matute y a Ignacio Aldecoa, preocupados por el individuo como tal, por el alma, por el interior

Enseñaba la literatura de posguerra a los muchachos que no tenían interés y al hablar de los cincuenta siempre hacía un apartado al que llamaba realismo poético en el que metía a Ana María Matute y a Ignacio Aldecoa, preocupados por el individuo como tal, por el alma, por el interior, y usando las pulsiones, las miradas, los momentos que revelan esos interiores. Porque estará muy bien cambiar la sociedad cuando es asfixiante, y si los periódicos no funcionan, o no hay partidos políticos, podemos simplificar la literatura, utilizarla para lo que no es ella misma, pero si es literatura nunca puede dejar de mostrar el latido, el misterio, el interior de las personas, porque las personas no pueden dejar de vivir, de latir, aunque sea solo en la literatura, si no le dejan a uno vivir en la calle o en el bar, porque al lado puede aparecer el policía social cuando menos lo esperas.

Por cambiar la sociedad, aunque sea urgente, no puedes dejar de vivir, de imaginar, de sentir, porque solo tienes una vida y no puedes esperar a que cambie la sociedad, y si no cambia en toda tu vida estás jodido, te has quedado sin vida; pero si la literatura es literatura al menos tienes la vida en los libros, en las tardes largas del franquismo vigiladas por la Guardia Civil -recuerdo cuando era estudiante en la Universidad de Barcelona, y miraba líricamente un estanque en el jardín, y un estudiante me ofreció un vale para una rifa de un viaje y le dije si me lo regalaba porque no tenía dinero, y el tipo me preguntó que si me llevaba a Jefatura, y yo alucinando, hasta que me di cuenta de que era un policía social-.

Vago por las librerías del mundo miles de veces y de repente veo en los mostradores Olvidado rey Gudú, y oigo hablar de una escritora a la que fascina la Edad Media -que herejía en los tiempos actuales- y la literatura fantástica, y se atreve con ello a pesar de las doctrinas literarias y los encierros de la época, y me admiro y brindo interiormente por ella. Aunque ese libro es una visión simbólica de Europa acosada por todas partes y de como se salva con la magia y la imaginación, y como todo es fantástico por culpa del tiempo y del olvido, y como todos somos inermes igual que sus niños acosados.

Estoy en la cafetería El Bosque de las Hadas, que está al fondo de las Ramblas en Barcelona, al lado del Museo de Cera, y hay asientos entre los árboles, espesuras de musgos, fuentes secretas, retiros junto a estanques, ruidos de aguas escondidas, laberintos imposibles, personas bebiendo como duendes en los rincones. Y me acuerdo de que ella se llamaba a sí misma la Maga del Bosque, y siempre se remitía al Bosque, y quería volver a él como fuente de vida, y de alma y de expresividad, y siempre regresaba a coger energías al Bosque fantástico y mítico. 

Siento nostalgia de esa niña de Paraíso inhabitado que se siente asombrada entre el mundo de los gigantes y se dibuja su propio paraíso inviolable, y cuando crece y se adapta sigue creyendo en otro paraíso todavía inhabitado que está en alguna parte en un lugar mítico, en lo más recóndito del espíritu. Y hacia ese paraíso precario y acosado, rodeado de bombas y de furias, me dirijo para brindar con ella detrás de visillos con el champán de la literatura como misión secreta.

 Yo la quería.

Ana María Matute en la isla Trinidad
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