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Todas iban a ser reinas

Siempre me han fascinado las escritoras. Siempre me ha gustado leer sus palpitaciones a pesar de los dioses patriarcales, de que las demonicen, de que las conviertan en brujas, de que las exilien a las cocinas. Me fascinaba todo lo que escribieron a pesar de todo
Pizarnik
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"TODAS ÍBAMOS a ser reinas", dice Gabriela Mistral en un poema delicioso. Habla de cuatro hermanas que de niñas estaban llenas de sueños. Rosalía amó a un marino que se llevó la tempestad. Soledad quedó soltera sin ver el mar y cuidó los hijos de otras. Ifigenia desapareció con un extranjero. Lucila se volvió loca y las nubes eran sus hijos. El poema habla de las ansias de plenitud de millones de mujeres frustradas en un mundo de hombres y de mezquindad. La propia Gabriela Mistral conoció la nostalgia desde que desapareció su padre dejándole unos poemas. Muchas otras mujeres soñaron con ser reinas.

Sin salir de Chile, María Luisa Bombal escribió sobre los sueños callados de las mujeres bajo la brutalidad de los hombres. En ‘La última niebla’ se levanta una noche, sigue a un desconocido por la calle, lo ama en un cuarto, vive de ese recuerdo toda la vida, y un día el marido le dice que ella nunca se levantó por la noche y nunca hubo niebla. De modo que ni siquiera esa experiencia de plenitud fue cierta.

Sulpicia, coetánea de Tibulo, expresa su pasión loca por Cerinto, y como su tío Mesala la manda al campo para alejarla, y como quiere volver a la noche loca de Roma: "Una casa en el campo, un río glacial a través de los campos de Arretio ¿corresponden a una joven?"

Alejandra Pizarnik, la mujer que asaltó el lenguaje, expresa su nostalgia en ‘Los trabajos y las noches’: "Extraña que fui/ cuando vecina de lejanas luces/ atesoraba palabras muy puras". Cuánto me ha hecho vivir Alejandra Pizarnik. Cómo la he buscado en la calle de Buenos Aires donde se suicidó, como la he seguido en el Parque de los Ratones en París, a donde iba con frecuencia.

Akiko Yosano fue llamada por los japoneses la poeta de la pasión, rompió las rigideces tradicionales. En Pelo revuelto habla de su apetencia infinita y las mezquindades de un hombre: "De los innumerables escalones/ que suben a mi corazón/ él subió tan solo/ quizás dos o tres".

Las olas del Yo también, la masificación y simplificación de sus protestas, el convertirse en furias que gritan y pierden matices, el ulular por las calles, el ser todas lo mismo para lo mismo, no les favorece. Ellas que eran tan variadas y tan ricas. Ellas que estaban llenas de posibilidades y de imaginación. Las masas y lo masivo lo deterioran todo, arramplan con todo, no distinguen nada, son empujes amorfos que no se fijan en nada. Esa ola, como todas las olas, las despersonaliza, las vuelve en muchos casos fanáticas e inquisidoras, las hace buscar herejías minúsculas y escondidas, las convierte en comisarias para las cuales todo el mundo es culpable. Pasa siempre eso con las masas, con los movimientos masivos. El estruendo de las olas no deja escuchar los pianos. Ni siquiera los que tocan ellas mismas. Porque además parece que ya no interesa para ellas tocar ningún piano, todas tienen que confundirse en el oleaje. Así fue la ola del nazismo, como se refleja en una película.

El perseguir a todo el mundo, el disparar a todo lo que se mueva, el condenar a las personas sin juicio, el destrozar la vida de personas solo por acusaciones, no les beneficia en nada. El simplismo arrasador, el que si criticas cualquier cosa de una de ellas ya estás atacando a todas las mujeres, no les ayuda. La nueva santurronería, el perseguir obras en los museos, el puritanismo de ursulinas que niega el cuerpo, el tener que defender a todas a la fuerza, haga lo que haga cada una, no les favorece. Las convierte en antidemocráticas, ellas que tanto necesitaron durante siglos la democracia. La mayoría haría bien en apartarse y dedicarse a escribir obras complejas llenas de vida, que no hablen solo de un tema.

A Chao Chu Seng, poetisa china de la dinastía Song, la casaron con un tipo vulgar y sueña en Entrañas destrozadas: "Se han abierto las flores en las ramas enlazadas/ Si pudiera lograr que el emperador del Reino Verde las protegiera siempre, sin dejarlas caer dispersas sobre el césped".

Murió muy joven antes de que llegaran los clérigos furiosos

La iraní Forugh Farrojzad mostró su rebeldía en los años sesenta, asustó a los academicistas con Cautiva y . En Nuevo nacimiento habla de "conquistar el jardín": "Se trata de nuestras enamoradas manos/ que han formado un puente sobre las noches".

La condesa de Dia, un caso insólito de trovatriz del siglo XII, habla con apasionada libertad: "Ojalá pudiese dormir con vos una noche y daros un beso amoroso/ Sabed qué gran deseo tendría de teneros en el lugar del marido,/ con tal que me hubieseis jurado hacer cuanto yo quisiera".

Pero ellas han dado tanto a la literatura. Este oleaje al final no les ayuda nada, como nunca ayudan nada los oleajes humanos. Solo se llevan todo por delante sin hacer distinciones. Y no se paran a considerar nada, simplemente empujan y empujan como lo hace siempre la inercia muerta. Algunas creerán que están vivas de este modo, pero solo forman parte de un mecanismo inerte que las vuelve mecánicas.

La ugandesa Doreen Baingana cuenta en Peces tropicales ocho historias sobre tres hermanas que escapan a las brutalidades de Idi Amin. Christine, la pequeña, ve cómo su primer beso no es lo que esperaba, cómo su padre no es el enamorado marido que ella creía, cómo su relación sexual con un blanco resulta explotación. También ella quería ser reina y creía en los reinos. Pero no hay más que mediocridad o los reinos solo están en la literatura. Y muy a menudo para las mujeres, por eso ellas siempre leyeron más que nadie, y escribieron con pasión aunque fuera en secreto.

Siempre me fascinó leer a escritoras. A las escritoras de verdad, no a estas simplistas de ahora que vocean todas lo mismo. Que quisieran trompetear todas consignas y marchas militares en lugares de jazz de saxofones o divagaciones de pianos. Que van todas igual por las calles en lugar de inventar mundos en sus habitaciones. Pero simplificadme sin piedad, yo también soy otro machista asqueroso, yo también odio a todas las mujeres. Para qué he escrito cuatro folios si me váis a fusilar con un tuit de una sola línea. Pero me fascinaba tanto leer a las escritoras.

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