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Con la suavidad de la brisa

Porque a veces es necesario, simplemente, pasar el rato, entretenerse. Porque a veces no importa más que descansar a gusto y dejarse llevar por algún relato que no nos perturbe demasiado. Tras la semana pasada, en la que nos metimos de lleno en la serie Creedme y en todas sus ramificaciones terroríficas, tocaba este sábado comentar algo ligero. Con alguna chispa, pero ligero, al fin y al cabo. Greyzone es una coproducción suecodanesa protagonizada por la actriz Birgitte Hjort Sørensen, que se dio a conocer en nuestro país con la magnífica serie Borgen, y por algunos secundarios también habituales del mundo seriéfilo nórdico. La trama es una intriga policíaca con cruce de subtramas personales que se sigue con facilidad y, aunque algunas líneas argumentales chirrían un poco, la sangre no llega al río y se concluye con satisfacción.

Porque a veces es necesario ver las cosas así, con la suavidad de la brisa.

La cosa es como sigue: un grupo terrorista amenaza con atentar en suelo sueco y para llevar a cabo su plan secuestra a una experta en programación de drones. El encargado del secuestro resulta ser un antiguo compañero de facultad y entre los dos se establece una relación de semiconfianza y culpabilidad que podía haber sido más explotada en el guión quizá con mejores resultados. La mujer tiene un hijo, con lo que la tensión se agranda al incorporar el elemento frágil de la historia. Después está la otra parte, la de la investigación policial, de la que se ocupan principalmente, un policía y su jefa. Contrastan, claro, los dos perfiles: él, joven y problemático, inestable, pero agudo, con valioso instinto. Ella, dura, fría, muy profesional, poco sociable. Con una rigidez que esconde cosas, que tapa huecos. No sé si se hizo pensando en algún modelo concreto. A mí me recuerdan a los hermanos menos desarrollados, menos brillantes, de Forbrydelsen, aquella serie danesa imprescindible. Son una cosa así, pero en versión liviana. En modo pasatiempo.

Porque a veces es necesario no retener tanto las historias. A veces se requiere dejarlas pasar al igual que pasan sin darnos cuenta los coches por las calles, los transeúntes, los animales domésticos, las partículas de polvo, las hojas de los árboles balanceadas por el viento antes de caer al suelo y fijarse allí. Hay que veces en que es mejor buscar una levedad capaz de detener el ritmo de los acontecimientos para que los acontecimientos no nos detengan a nosotros. Se puede hacer esto de muchas y variadas maneras. Saliendo a pasear y fijándose en detalles que normalmente pasan desapercibidos —es interesante, incluso beneficioso mirar lo que no vemos nunca—; reteniendo en cada poro la dulcísima sensación de no hacer absolutamente nada, sólo estar, ni más ni menos; escuchando música de siempre, música que nos identifica, música que, alguna vez, de algún modo, nos hizo así, como somos ahora; leyendo un libro ya leído o leyendo un libro nuevo que nos apetezca mucho y que, con solo pensarlo, ya nos sale una sonrisa; eligiendo una platafoma, pulsando en el mando el botón de mover hacia todos los lados, encontrando una serie de ficción que se adecúe al estado, un poco etéreo, en el que estamos. Como de fluir. Encontrando la serie perfecta para ello. Diez capítulos susceptibles de ser contemplados con una cerveza y una tapita, diez episodios que no sufren si se aprieta el botón de parar y se congela el fotograma en pantalla.

La serie Greyzone sirve para tiempos así. No nos gustaría que mataran a la pobre chica —pensar en ese niño huérfano no es lo que más nos apetece-, pero la narración tampoco crea y extiende ese hilo extraño y fascinante que, a veces, en las series estupendas, nos agarra las entrañas y nos retiene hasta el final. A veces queremos, necesitamos, ver cosas así. Que formen nudos con nosotros, nuestro pensamiento y nuestras emociones. Sin embargo, otras veces, lo que toca es aflojar cuerdas y permitir que la corriente vital haga su trabajo sin contar demasiado con nuestra colaboración. Las historias entretenidas también forman parte de la historia.

Con la suavidad de la brisa
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