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La mujer incómoda

El cielo era negro como una amenaza infinita. Aún hoy, muchos años después de aquel suceso, todo lo negro, los cuerpos negros, los rostros negros, las voces negras, tensan los músculos de la blanquitud

LAS CAMIONETAS frenan de tal modo delante de la comisaría que las ruedas derrapan sobre el terreno, cubriendo, con una capa de polvo, el aire nocturno, que parecía transparente. O limpio. Se percibe tal urgencia en la frenada que el somnoliento oficial de guardia, enarcando las cejas, se pone en pie de un salto. En ese breve lapso, le da tiempo a pensar en sí mismo como un sujeto irresistible y desea, durante esos segundos, que el incidente esté relacionado con una mujer en apuros que él, irremediablemente, va a tener que rescatar. Su decepción, al ver entrar a un hombre blanco de mediana edad, se ve reflejada en el gesto de su boca que, sin embargo, el recién llegado no detecta. De repente, en tromba, aparecen seis personas más, excitadas en extremo, hablando a la vez, gesticulando de manera ostentosa. El oficial creyó distinguir un llanto sostenido entre ese laberinto sonoro. Se fijó en tres niños aterrorizados que se agarraban fuertemente a las piernas de los adultos más próximos. También se dio cuenta de que dos de esos hombres llevaban armas.

Era 1955 y en la comisaría de Hopkinsville, Kentucky, solían tratar problemas relacionados con el racismo. Que si los negros se habían extralimitado, que si los blancos no estaban dispuestos a consentir. Asuntos cotidianos. No obstante, aquella noche, el conflicto era, aparentemente, de otro calado. Los alterados denunciantes aseguraban que unos alienígenas, de ojos brillantes, garras en lugar de manos y orejas puntiagudas, habían descendido de su nave espacial y habían amenazado, con su presencia, la granja en la que vivían pacíficamente. Era posible que vinieran a arrebatar privilegios. Elmer Sutton y Billy Ray Taylor, aquella noche, declararon que "habían estado disparando contra doce o quince figuras bajas y oscuras que repetidamente aparecían en la entrada o miraban por las ventanas".

A poca distancia de allí, una niña de tres años llamada Gloria Jean Watkins, dormía, junto a sus hermanas, en una vivienda pobre, marginal, segregada. Una vivienda de negros. Dormía, en el mismo momento en que un grupo de blancos se había sentido terriblemente amenazado por otros seres que venían de otros mundos. Dormía, y no era consciente aún de que la reflexión sobre ese miedo ancestral al diferente iba a convertirse en la base de su vida. Lo primero en lo que se fijó, de niña, fue en la discriminación dentro del propio hogar: "Mi padre, al ser militar, atleta, diácono en la iglesia, proveedor y mujeriego, era la encarnación misma de la norma patriarcal. Fui testigo del dolor de mi madre y me rebelé; ella jamás expresó ira o rabia ante la injusticia de género, a pesar de la violencia y las humillaciones de mi padre". Fuera de allí era, en realidad, otro dentro. Círculos concéntricos de negritud. Los colegios eran para niñas y niños negros. Gloria se escolarizó en ellos y lo que aprendió fue a sentirse insatisfecha con la realidad, a cuestionarse estructuras, a sospechar de lo establecido: "El hincapié que hicieron las personas negras en la educación como una herramienta necesaria para la liberación durante la esclavitud y a lo largo del período de reconstrucción impregnó nuestras vidas". 

Aquella noche, sin saberlo todavía, Gloria Jean Watkins se convirtió en bell hooks. Porque el mundo necesitaba, al igual que hoy, una transgresión, una ruptura, un cambio

Aquella noche del 55 se estaban librando dos batallas que hoy mantienen su vigencia. La lucha entre la ficción y la realidad, por un lado, y, por otro, la lucha entre la realidad y su negación. ¿Y que hay del miedo? El miedo es el mismo. El de siempre. El sudor frio ante la amenaza es la misma. Aquella noche, sin saberlo todavía, Gloria Jean Watkins se convirtió en bell hooks. Porque el mundo necesitaba, al igual que hoy, una transgresión, una ruptura, un cambio.

El nombre lo eligió en homenaje a su bisabuela materna y a las mujeres negras que se rebelaron y se revelaron. Las minúsculas, por dar importancia solo a la voz. Mujer negra, feminista, profesora, crítica cultural, escritora, que habla por sí misma. "Como otras muchas niñas precoces que se criaron en un hogar dominado por los hombres, entendí la importancia de la desigualdad de género desde muy temprana edad. Nuestra vida cotidiana estaba repleta de drama patriarcal: el uso de la coerción, del castigo violento, del acoso verbal para conservar la dominación masculina. Entendimos desde pequeñas que nuestro padre era más importante que nuestra madre porque era un hombre".

Así que raza, género y clase se imbrican, se retuercen, se atraen y se repelen, como fuerzas inapelables de la historia. Acercarse a bell hooks significa comprender que la interseccionalidad modela las experiencias y que, sin ella, no es posible construir una teoría que se  convierta en motor de cambio social. 

Se graduó en Inglés por la Universidad de Stanford y, mientras estudiaba el posgrado, empezó a dar clase. Ahí se encontró con una pregunta: ¿Cómo enseñar a transgredir?

En los años 60 llegaron las leyes de integración racial que no hicieron otra cosa que abrir espacios para que la discriminación se siguiera produciendo de puertas adentro. El día en que Gloria empezó el instituto, en un Kentucky "desegregado" y vio que la mayoría de sus compañeras y compañeros eran blancos, supo que el camino no iba a ser fácil. Su voz no se escuchaba aunque ella tuviera muchas cosas que decir. Se hizo íntima amiga de un chico blanco y, de nuevo, la amenaza, ese miedo al otro, dio significado al comportamiento de las personas que los rodeaban: familias, profesorado, compañeros. Pero siguió hablando. Se graduó en Inglés por la Universidad de Stanford y, mientras estudiaba el posgrado, empezó a dar clase. Ahí se encontró con una pregunta: ¿Cómo enseñar a transgredir? Esa cuestión se convertiría en el título de una recopilación de ensayos pedagógicos publicado mucho tiempo después, con el subtítulo de La educación como práctica de la libertad, resultado de más de veinte años de experiencia como docente. Preparó su tesis sobre la escritora Toni Morrison, impartió cursos en los que usaba material apenas trabajado por nadie en la universidad: literatura afroamericana e investigaciones de mujeres afroamericanas que nadie leía. Escribió un libro que sería la base de su corpus de pensamiento posterior y que se publicaría diez años después: ¿Acaso no soy una mujer? Mujeres negras y feminismo. 

El nombre lo elogió en homenaje a las mujeres negras que se rebelaron y se revelaron

BELL HOOKS ES UNA MUJER INCÓMODA. A menudo rompe barreras con su presencia, con sus palabras, con su manera de estar en este mundo. Allí por donde pasa deja una estela de amenaza, de miedo. Ella pasa y dice, y el resto, que no camina así ni habla así ni se comporta así, tiene miedo. Allí por donde pasa hace temblar cimientos que todas y todos, hasta ese momento, creían sólidos. 

Fue profesora en varias universidades: Universidad del Sur de California, Universidad de California en Santa Cruz, Universidad Estatal de San Francisco, Yale, el Oberlin College y el City College de Nueva York. En todas ellas hizo saltar por los aires el camino institucionalizado y abrió vías de encuentro y diálogo ante el asombro o el espanto de muchos. La corrección, el conservadurismo universitario, el elitismo intelectual no van con ella. No es posible meter a este ser molesto en ninguna etiqueta conocida. 

Sus múltiples investigaciones son rechazadas por no cumplir las normas del rigor académico, porque escribe para ser entendida por los que van a la universidad y los que no van a la universidad. Sus ensayos no entran en los currículos porque no son lo suficientemente científicos. A pesar de estar en el centro mismo del debate sobre feminismo, a pesar de tener clases abarrotadas, a pesar de haber publicado más de treinta libros, a pesar de ser una referencia del pensamiento contemporáneo, la incomodidad sigue ahí.

No es una figura pequeña, de ojos brillantes y garras en vez de manos. Es una mujer negra y feminista que critica el sesgo de clase y raza del feminismo, es una profesora universitaria que critica la educación establecida, es una escritora que obliga a mirar las cosas de otra manera. No es una alienígena. ¿O sí?

La mujer incómoda
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