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El síndrome de Carlos-Carlitos

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TANIA SOLLA

Carlitos Dacosta caminaba enfurruñado, con los brazos cruzados. De vez en cuando emitía un bufido, se quedaba a tres pasos de su madre, luego la alcanzaba otra vez y le tiraba de la chaqueta o se abrazaba a su pierna para frenarla.

-Carlitos, para ya.

-Es que estoy muy cansado, jopé. Llévame en el colo -exigió.

-No sea pesado, Carlitos. No te voy a llevar en el colo.

-Pues llévame a caballito. ¡Estoy muy cansado, jopé!

-No, tampoco a caballito.

Carlitos dejó que su madre se adelantara, echó a correr tras ella y pegó un salto para subirse a su espalda mientras gritaba:

-¡Sí, llévame en el colo, mami!

Al advertir las intenciones de Carlitos la madre intentó esquivarlo, pero no pudo evitar el encontronazo, que se produjo con gran estrépito y que dio con ambos en el suelo sin mayores consecuencias que alguna raspadura de cierta importancia.

Dos meses antes, Victoria, madre de Carlitos, había ido a visitar al psicólogo que trataba a su hijo. 

-Verá, Victoria, llevamos más de cuarenta años tratando a su hijo, aunque a mí me ha llegado hace poco. Su caso lo han estudiado con mucho interés los mejores especialistas. Veo en su informe, que como ve es muy extenso -dijo mientras pasaba las hojas-, que nunca ha habido un diagnóstico que aproxime ni remotamente a…, a lo que sea que padece su hijo. Por tanto, ninguna terapia ni ningún tratamiento han dado resultado ni hemos apreciado la menor evolución en todos estos años. No existe precedente ni creo que se vaya a dar otro caso nunca jamás como el de Carlitos. Ni siquiera tiene nombre. Yo lo llamaría síndrome de Carlos-Carlitos, pero no creo que valga la pena. 

-Pero algo se podrá hacer, lo que sea -imploró Victoria.

-No lo creo. Ninguno de los sicólogos ni siquiatras han encontrado causa para su comportamiento. Tampoco presenta problemas neurológicos. Por lo que veo -añadió repasando el grueso informe-, usted por su cuenta lo ha llevado con curanderos, exorcistas, meigas, naturópatas y otros estafadores y ¿un apicultor, pone aquí? -preguntó sorprendido.

-Si, bueno, eso fue un error. Yo buscaba un acupuntor pero me lié y llamé a un apicultor. Al final le compré tres kilos de miel y una colmena, por no quedar mal.

-Bien, el caso es que Carlos Dacosta, su hijo, es un reputado catedrático de Arquitectura, uno de los grandes expertos en construcciones románicas, por lo que veo. Concede entrevistas, es un gran conferenciante y ha publicado docenas de artículos en las más prestigiosas revistas especializadas, pero en cuanto la ve a usted se transforma en un niño de cuatro años como mucho y empieza a comportarse de una manera caprichosa. Durante algún tiempo mis antecesores en este caso trabajaron en la posibilidad de que sufriera un síndrome de Peter Pan, una variante del complejo de Edipo o una mezcla de ambas cosas, pero eso se descartó hace ya años. 

-Todo eso ya lo sé, soy su madre. Dígame algo nuevo.

-Ya me gustaría, pero no puedo. Pero se me ha ocurrido una cosa, y entienda que se lo propongo con todas las cautelas, pues no creo que vaya a funcionar, ya se lo advierto.

-Lo que haga falta. Dígame, por favor -imploró Victoria.

-Bien, he leído en una entrevista que su hijo va a peregrinar hasta Compostela para hacer un ensayo sobre las fórmulas matemáticas aplicadas en el diseño y la construcción de capillas románicas, o algo así. Decía que quería verlas en persona, levantar bocetos, hacer mediciones, en fin, cosas de arquitectos, por lo que no puedo entrar en detalle. Se me ocurre que si usted lo acompaña, acaso pueda provocar un conflicto entre el Carlos Dacosta arquitecto y el niño Carlitos repelente. Si se da el caso de que se vea obligado a optar por uno de los dos, cabe la remota posibilidad de que algo suceda, aunque ya le aclaro que su hijo no tiene doble personalidad, sino un viaje sin fin entre la madurez y la infancia que depende de si usted está o no presente.

Victoria y Carlitos se levantaron con ayuda de un grupo de peregrinos solidarios que venían unos metros detrás. La madre abroncó al niño, que hizo pucheros, dijo que le dolía un brazo y exigió a gritos un helado.

-¡Mira, Carlitos, una ermita! Vamos a verla -sugirió su madre tras una hora más de camino-. Está abierta, vamos a entrar. Carlitos la siguió exagerando un gesto de hastío y se sentó a su lado en un banco. Victoria sacó un cuaderno de la mochila de su hijo, escrito de puño y letra del arquitecto poco antes de partir a hacer el Camino de Santiago-. Lee esto.

-¡No! ¡Yo no sabo leer bien! -protestó Carlitos.

-Bueno, yo te lo leo: "No podemos negar los conocimientos matemáticos de aquellos constructores, que eran a la vez canteiros, arquitectos, ingenieros y maestros de obras.

Ni siquiera tenían la costumbre de ejecutar la obra basándose en un plano. No obstante, parece claro que desconocían las fórmulas que hoy se pueden aplicar a las estructuras que construían si hacemos un ejercicio de arquitectura inversa. Sería mucho decir que calculaban a ojo, pero no debemos negar que la experiencia y el instinto arquitectónico les llevaban al resultado correcto".

-¡Jopé, mamá, cállate ya. Es muy aburrido! ¿Quiero un helado, quiero un helado, un helado, un helado!

-Vale, vale, voy a comprarte un helado de chocolate.

-¡Con fresa, mami, con fresa!

-No te muevas, ¿eh? No tardo.

-¡Vale, pero con fresa, porfi, porfi, porfi!

Ni un beso le dio Victoria a su hijo. Salió de la iglesia y tomó el camino de vuelta a casa. "Se acabó la tontería. Esto tenía que haberlo hecho hace años", pensó y echó a andar sin pararse ni a respirar. Mientras, en el interior de la ermita, el arquitecto Carlos Dacosta tomaba su cuaderno y empezaba a levantar planos del recinto. Al acabar emprendió de nuevo el camino. Se tomó un año sabático para dedicarse íntegramente a ese trabajo, recorriendo las diferentes rutas del Camino de Santiago. Lo que iba a ser un artículo escrito en un par de meses acabó convirtiéndose en un libro, considerado por los expertos como el mejor tratado sobre arquitectura religiosa románica que se había publicado jamás. Nunca volvió a ver a Victoria.

Victoria compró el libro de su hijo. Se emocionó al leer la dedicatoria: "A Victoria, mi madre, que me dio primero la vida y luego la libertad".

El síndrome de Carlos-Carlitos
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