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El descrédito

Leo Sobre el descrédito de la literatura, con el subtítulo Y otros avisos humanistas. De Carlos García Gual, un señor tan extraño que enseña Filología Griega.

Llevo solo cinco o seis ensayos, de los casi veinte que componen el libro, pero ya estoy impresionado. Es asombroso ver la actualidad de lo que dice, la vigencia de lo que afirmaba en los 90. Si entonces escribía esto, que deja en evidencia las carencias de nuestro sistema educativo y la desorientación de la política universitaria de hace un cuarto de siglo, qué escribiría ahora, cuando aquellas tendencias, aquellas amenazas, no han hecho más que asentarse, incontestadas y presentadas como una exitosa adaptación a los tiempos.

El libro comienza con una definición de enseñanza, como punto de partida común a partir del cual discutir. Y es una definición tan perfecta que yo creo que merece la pena reproducirla casi íntegramente. Dice García Gual: «La educación debe servir a un metódico avance en la formación de individuos aptos y autosuficientes para convivir en una sociedad democrática, gentes capaces para expresarse con claridad y comprenderse a sí mismos y a los demás, reflexivos y conscientes de su situación en el ancho mundo y en su entorno particular, y así adiestrados para realizar del mejor modo y según su voluntad sus capacidades humanas en busca de la plenitud personal y la libre actividad racional. Formación del individuo, de la persona, para la vida consciente y feliz, y no solo una información pragmática para la adaptación forzada en un orden social impuesto desde arriba, es lo que esperamos todavía de la educación —en sus varios niveles y en forma progresiva— y lo que, al menos en principio, los gobiernos más civilizados prometen ofrecer a sus ciudadanos».

No me digan que no es redonda: autosuficiencia, convivencia en democracia, capacidad de expresión, comprensión y apertura, reflexividad, visión del mundo y del lugar que uno ocupa en él, búsqueda de un desarrollo completo y pleno, racionalidad, consciencia y orientación a la felicidad. Maravillosa.

Lo que me pregunto al leerla es si a todo el mundo le parecerá tan de ciencia-ficción como a mí. Porque ignoro si entonces, en los noventa, ese teórico propósito estaba muy alejado de la realidad, pero ahora me caben pocas dudas. Y me estoy refiriendo sobre todo a la universidad, por supuesto, que, como dice el autor, se va convirtiendo poco a poco en un centro de formación técnica y laboral avanzada, perdiendo por el camino, a marchas forzadas, su vocación de foco de conocimiento, reflexión y erudición, de lugar de encuentro erudito e intelectual, así como su visión a largo plazo, en favor de dudosas prioridades. Pero no solo a ella, sino ya, también, al bachillerato e incluso a la enseñanza obligatoria. Y, si creen que exagero, quizá no sepan que hay familias que no solo cambian a los hijos a centros donde las medias siempre son más altas, sino que los mandan a estudiar a comunidades autónomas con menos nivel, para así subir la nota de sus futuros médicos, informáticos e ingenieros. Como cualquiera con hijos en la adolescencia sabe, vivimos una época caracterizada por la locura curricular, por la obsesión por la nota que abrirá o cerrará las puertas de la carrera de éxito. Lo de segundo de bachillerato, la obsesión con la PAU, es ya demencial: no hay nada más en el horizonte. Y no sé de quién es culpa, si de cada uno de nosotros o del sistema educativo, que nos ahoga; pero recuerdo, hace catorce o quince años, a padres explicando que mandaban a sus retoños, ¡que estaban en Infantil!, a clases de informática —eran otros tiempos— o de inglés —por supuesto—, porque les vendría muy bien para el futuro.

Que todos queremos lo mejor para nuestros niños, ya lo sabemos. Es a la definición de mejor, de bueno, a la que convendría darle una vuelta, por si se nos está torciendo mucho.

García Gual, como de un tiempo a esta parte han hecho otros autores, defiende la importancia de las Humanidades, que considera herramientas imprescindibles para mirar más allá de urgencias inmediatas y entornos limitados y limitantes; herramientas necesarias para situarnos en el mundo y en la historia, para tratar de interpretar nuestra vida, para combatir prejuicios, contar con referencias que nos guíen y comprender y valorar la libertad. Ni más ni menos.

Claro que, no nos engañemos, todo esto importa si nos importa llegar ahí. La verdadera cuestión es siempre, y ante todo, definir nuestro objetivo, nuestra meta. Y es en función de ella cómo las decisiones se juzgan correctas o incorrectas, cómo las cosas a las que les podemos hacer un hueco en nuestras vidas se consideran útiles o caen en el descrédito. Todo estriba en eso.

Por eso insisto en que, tal vez, la definición que esté pidiendo una revisión no sea la de enseñanza, sino la de bueno, la de éxito. Y la de felicidad, para que no consista, como dijo el poeta Gottfried Benn, en ser tonto y tener un buen trabajo.

El descrédito
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