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El viaje de Paula

Salgo en coche a media mañana del domingo. Me apetece. Voy a Madrid a por mi hija Paula, que regresa ya tras su experiencia irlandesa.

AL IR LLEGANDO al final de Galicia, en las estribaciones de los Ancares, en esta época los montes verdes y marrones están llenos de brochazos ocres que a veces, con algunos árboles, se hacen verdaderamente dorados. Me tengo que aguantar las ganas de parar y quedarme sentado mirando el paisaje, casi desierto.

Llego a Pedrafita a la hora de comer, y me aparto allí. Salgo del coche al aire frío, distinto al de la costa, tan limpio que parece cristal. Google, en uno de esos actos inimaginables no hace tanto, me aconseja Casa García, y me aconseja bien. Me tomo un entrecot con patatas y ensalada, tarta de almendra y un café, por menos de lo que cuesta un sándwich en el VIPS. Me atiende una chica muy amable y el café está riquísimo. Pero lo mejor, para un enamorado como yo, es el pan, de miga apretada y olor un poco ácido.

Sigo y voy mirando maravillado el cielo, donde las mismas nubes juntan el blanco inmaculado y luminoso y el negro más helado.

Después de mucho tiempo escucho Al final de este viaje, de Silvio. Voy cantando y, con el estribillo de Ojalá, con el por lo menos que te lleve la muerte para no verte tanto, siento escalofríos exactamente igual que aquellas noches de hace treinta años, en aquel edificio, cuando esa música fue un refugio contra el extravío. Después, Óleo de una mujer con sombrero me hace pensar en el amigo que una vez le cantó a la mujer de su vida que los amores cobardes no llegan a amores; y en que ahora esas dos mismas personas no se quieren, y me pregunto cómo puede ser, cómo puede pasar eso, cómo ni siquiera algo así blinda para siempre el amor.

Llego a Barajas y espero frente a las puertas automáticas hasta que veo llegar a una chica alta y rubia, rodeada de maletas, que resulta que es mi hija. Y que se me abraza mucho rato. Y que está de vuelta, sana y salva.

Y al día siguiente a la carretera de nuevo, pero esta vez hablando, charlando sin parar, contando cosas de estos tres meses en los que ha vivido tanto. Al mediodía llegamos a Pedrafita y repetimos restaurante. Y Paula se reencuentra oficialmente con la tierra mediante una ceremonia ritual consistente en comerse medio kilo de churrasco. Continuamos camino entre los montes. Y llegamos a casa, donde todos la esperan, al final de una larga conversación, en la que ella va aprendiendo a ser adulta y yo voy aprendiendo que ya lo es.

El viaje de Paula
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