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Isabel

Mi padre me dice que la inteligente de su familia era mi abuela.
Gene Tierneray
Gene Tierneray

MI ABUELA se sabía el nombre de todos los artistas, y decía que la actriz más guapa era Gene Tierney —pronunciado tal cual—. Resulta que opinaba exactamente lo mismo que el productor Darryl F. Zanuck, que la consideraba “incuestionablemente, la mujer más bella de la historia del cine”.

Mi abuela me quería como solo se quiere, supongo, al primer nieto. Pero murió muy pronto. Pronto para ella, con sesenta y ocho años: era joven, y hoy lo sería aún más, como lo fue todo el tiempo que la conocí –¡pensar que tenía casi mi edad actual cuando yo nací, y que aun así la vi siempre como una anciana!-. Pronto para mi abuelo, que la sobrevivió casi veinte años y no dejó de echarla de menos ni un día –si no iba hasta el cementerio, se iba a sentar a un banco desde el que lo veía, a lo lejos-. Pronto para sus hijos. Y pronto para mí, que no la conocí de adulto y, por lo tanto, no la conocí en muchos aspectos.

Me doy cuenta de que es una exitosa y probablemente imprescindible estrategia de supervivencia, pero, aun así, me parece que uno de nuestros errores más comunes es olvidarnos demasiado pronto de los que nos quisieron. Como si solo importara lo de ahora y lo que está por venir. Es una demostración de injusticia, creo yo –instintiva y atávica, inevitable, como querer más a nuestros hijos que a nuestros padres, pero injusticia al fin y al cabo-, y además nos deja medio desamparados. Buscamos identidades fuera, alrededor —la patria, el partido, el club, la fe, el idioma, el crossfit o el veganismo—, y obviamos la más cierta: la de quienes nos moldearon, la de quienes, para bien o para mal, fueron acomodando algodones o dejando cristales rotos en el hueco que nos acogió, quienes empezaron a hacernos como somos.

Pero, en cualquier caso, la verdad es que lo de las identidades, que es una cosa muy natural y muy comprensible, porque no todos somos tan autosuficientes ni tan independientes, casi siempre acaba mal. Lo que podría ser una cobertura amable, para arroparnos, para hacernos sentir menos desvalidos y algo más seguros, rara vez no acaba convertido en un caparazón, en una muralla o en un local privado donde solo entran los nuestros. Los nuestros, ese es el problema: no hay nunca un nosotros y un ellos sin que aparezca, en medio, un contra.

Tenemos un problema intelectual. También anímico, sentimental, por supuesto; pero es que es mucho más difícil salir de ahí si no hay nada en la cabeza que por lo menos nos indique por dónde está la puerta. Es verdad que el miedo, el dolor e incluso el amor pueden ser obstáculos que nos impidan andar, pero sin cabeza no sabemos ni hacia dónde ir. Tenemos un problema intelectual que se nota en cómo reaccionamos, como grupo, ante cualquier cosa. Hemos evolucionado poco.
Por ejemplo, nos empeñamos en buscar culpables aislados, con nombre y apellidos, a cualquier problema. No es solo que queramos un culpable para cada mal —algo que ya, por sí solo, resulta bastante infantil: una visión del mundo, de la vida, como algo que debería funcionar perfectamente si cada uno hiciera lo que debe—, sino que además queremos que sea solo uno, o como mucho dos o tres, y ponerles cara. Cuando, en realidad, casi todos nuestros males son estructurales. Buscamos individuos a quienes atribuirles errores que son el resultado de todo un sistema.

También la identidad, el grupo, es a menudo una manera de explicarnos el mundo de un modo más sencillo.

Oh, desde luego que en ese sistema no todos pintamos lo mismo: hay quien toma decisiones importantes y quienes no cuentan; hay quien lo entiende y sigue empujando, hay quien lo entiende y trata de frenarlo, y hay una inmensa mayoría que no entiende nada; y por supuesto hay quienes se benefician, y mucho, quienes unas veces sí y otras no, y quienes solo lo padecen. Todo lo cual se traduce en distintos niveles de responsabilidad real. Claro que sí. Pero, de todas formas, siguen siendo problemas estructurales, producto de un entramado de millones de hechos, condicionado por miles de factores y protagonizado de manera desigual por millones de actores; lo cual hace un poco simplón, creo yo, cualquier discurso consistente en demonizar en exclusiva a alguien, o en explicar semejante complejidad atendiendo solo a un par de cuestiones, a un punto de vista y a un único relato —ahora todos hablan del relato—.

También la identidad, el grupo, es a menudo una manera de explicarnos el mundo de un modo más sencillo. De reducirlo a unas pocas variables. O a una: el color de la piel, el voto, el sexo, la lengua, el lugar de nacimiento o el barrio en el que se vive. Y lo que parecía tan bonito y reconfortante deriva una vez más en un nosotros contra ellos. Convertimos las identidades en límites.

Echo de menos a mi abuela. A los cuatro abuelos. Menos con José, hablé poco con ellos; y con ninguno lo suficiente. Ni siquiera sabía que a Isabel le gustaba el cine y conocía a Gene Tierney. Y qué más no sabré; qué más cosas que, esas sí, me arroparían, me darían pistas y me acompañarían, no para hacerme más pequeño, sino más grande.

Isabel
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