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El largo y templado verano

Ha sido un buen verano. Un verano de cambios, o, mejor dicho, de esperar por cambios. Cambios que se adivinan buenos
Guillermo Cabrera Infante. Escritor.
Guillermo Cabrera Infante. Writer.
Guillermo Cabrera Infante.

HEMOS PASADO mucho tiempo juntos, tanto de viaje como en casa. Cada vez un poco más independientes ellos, sobre todo Paula, pero, aun así, la sensación dominante ha sido muy agradable, de unión, de encajar bien. Yo diría que cada vez mejor. Eso sí, cada pocos días toca sermón sobre el móvil. No leen ni aunque los maten, los muy melones.

También yo leo menos que antes. Mucho menos. Me temo que el audiovisual no solo los abduce a ellos. Pero últimamente he levantado un poco la cabeza y recuperado algo el ritmo.

Ha habido dos cubanos: tras El recurso del método, de Alejo Carpentier, he vuelto, muchísimos años después, a Cabrera Infante. Caín -su seudónimo como crítico de cine en la revista Carteles- es sin duda uno de los escritores con los que más he disfrutado en mi vida, como pude decirle una vez a él, en una conferencia en Ferrol. Sin embargo, su ‘Libro de las ciudades’ me decepcionó, y los numerosos párrafos brillantes que aparecían de vez en cuando no bastaron para hacérmelo interesante.

Las dos novelas que he acabado han sido, cómo no, norteamericanas. Una fue Una sala llena de corazones rotos (Lumen), de Anne Tyler, autora, entre muchas otras, de la novela El turista accidental, en la que se basa la película del mismo título, que llevo años deseando ver, sin éxito. No me pareció un libro extraordinario, ninguna obra maestra, pero me gustó. Hace eso que, para mí, hacen tan bien tantos escritores estadounidenses, y que consiste, más o menos, en identificar las cosas cotidianas, sin brillo, dadas por sentadas, que en realidad son absolutamente trascendentales en nuestro día a día, las que lo condicionan y marcan su tono. En identificarlas y, a continuación, pararse a contarlas. Cosas que ya sabemos, o deberíamos, pero que es bueno leer. Y me encanta la claridad -formal y de ideas- con que lo hacen, con la que desenmarañan esa normalidad y la explican. Por eso pocas veces suceden hechos extraordinarios en estas novelas: no hace falta, ya está la vida.

Al final de agosto tuve varios días, varias mañanas, en las que salía a pasear por el centro y me sentaba con el libro a tomar un café

La otra me gustó más, me gustó mucho. Fue Un árbol crece en Brooklyn (Lumen, también), de Betty Smith. Y comparte virtudes con el otro, hace todo eso que he dicho, pero lo hace mejor y durante más páginas. Además, tiene el interés añadido de ser casi una autobiografía; o, como dijo la autora, si no la historia de su vida, sí la de su vida tal y como debería haber sido. En cualquier caso, es un placer verla describir a su familia, o a sus profesoras, y el Brooklyn pobre de principios del siglo pasado, y las miserias que padecían y cómo luchaban contra ellas cada minuto del día, y la importancia del dinero en una sociedad donde todo pasaba por él; y describir con tanta perspicacia sus relaciones, las relaciones de todos a su alrededor, y diseccionar con tanta lucidez sus propios sentimientos ante todo eso.

Pero tan bueno como volver a leer fue dónde y cómo leí. Porque al final de agosto tuve varios días, varias mañanas, en las que salía a pasear por el centro y me sentaba con el libro a tomar un café. En medio de la calle Real, con gente pasando, mucha de ella conocida, que saludaba o incluso se sentaba un rato. Y yo leía, y paraba, y bebía un sorbo, y decía adiós a alguien, y volvía a leer un par de páginas y levantaba la cabeza y me quedaba mirando. Mirando, pensando en la lectura, influido por ella, en un estado como de hipersensibilidad, como Spiderman pero sin poderes, despierto a lo extraordinaria que es la vida y asombrado de lo interesante que es la realidad. Maravilloso. Y volvía a leer, y subrayaba, por ejemplo, que Betty Smith rezaba, de niña, para que siempre, siempre, fuera o hiciera o le sucediera algo, o, al dormir, soñara, para así no malgastar jamás ni un minuto sin estar viva.

No es mal planteamiento: amores, aventuras, lugares y sensaciones. O conocer. O aprender. O quedarse ensimismado mirando a la gente pasar.

El largo y templado verano