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Me siento ofendido

Algunas noches, en la soledad de mi habitación, veo vídeos. Hay cosas peores. Y el otro día una cosa llevó a la otra y acabé escuchando a Stephen Fry –Los amigos de Peter, Wilde, Jeeves, Blackadder o El Hobbit– protestando contra la dictadura de lo políticamente correcto. O, mejor dicho, contra la corrección política llevada a la exageración demencial

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ALGUNAS NOCHES, en la soledad de mi habitación, veo vídeos. Hay cosas peores. Y el otro día una cosa llevó a la otra y acabé escuchando a Stephen Fry –Los amigos de Peter, Wilde, Jeeves, Blackadder o El Hobbit– protestando contra la dictadura de lo políticamente correcto. O, mejor dicho, contra la corrección política llevada a la exageración demencial.

Cualquier sociedad, hasta la más homogénea, armoniosa y apacible, es el escenario de un juego de equilibrios entre las distintas opiniones y tendencias de quienes la forman. Es inevitable una tensión entre las diferentes visiones del mundo, entre lo que cada uno considera deseable e indeseable, correcto e incorrecto, e incluso entre nuestras distintas velocidades. Tensión que se traducirá en aproximaciones y alejamientos, tirones hacia un lado, tirones hacia otro y frenazos. Y que, dependiendo del grado de civilización –y esto tiene algo que ver con el progreso material, pero no mucho- de esa comunidad, y de si ésta cuenta o no con las herramientas adecuadas para manejar sus conflictos internos, se mantendrá dentro de unos límites aceptables o, por el contrario, provocará rupturas y choques excesivos que podrán llegar a poner en peligro la convivencia.

A veces esto se puede legislar, pero solo a veces. Y si se puede es porque, bien o mal, se ha llegado a una opinión mayoritariamente compartida. Por eso las leyes son, en condiciones normales, el reflejo aproximado de cómo piensa una sociedad.

Esta tensión, repito, se ha dado y se da siempre. Y obliga, entre otras cosas, a entenderse. Impide que unos corran solos, sin esperar por los demás, hacia donde ven claro que hay que ir, e impide también que otros se nieguen a moverse de donde se encuentran cómodos. Uno podría identificarla con el tira y afloja entre progresistas y conservadores, pero eso sería un poco simple. Abarca más, o lo abarca todo; y además no se limita a los asuntos considerados comunes, sino que influye, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, en cualquier tema. Vivimos en sociedad, incluso solos de noche en nuestra habitación, viendo vídeos.

Pero en los últimos tiempos estamos asistiendo a una curiosa modificación de ese juego, que en mi opinión no nos conduce hacia una mayor concordia, como sostienen sus apóstoles, sino todo lo contrario. Se pretende elevar el comprensible deseo de no sentirse ofendido a la categoría de derecho; o dicho de otro modo, se exige elevar a la categoría de deber, de obligación, la lógica recomendación de no ofender a los demás. Tengo derecho a que nadie me ofenda nunca y, además, naturalmente, en esa cuestión mi palabra es la ley: yo solito decido qué me ofende, y todos los demás deben aceptarlo. El hecho de sentirse ofendido se convierte así en un argumento no solo válido sino absoluto e indiscutible, que exige ser respetado sean cuales sean las circunstancias.

Stephen Fry, además de inglés, es judío y homosexual, y casi toda su vida ha estado gordito. Es decir, que no ocupa el escalón más alto en el pódium de los ofendibles pero poco le falta. Y aun así, al igual que el científico Richard Dawkins, el escritor Christopher Hitchens o el cómico y batería de rock Stephen Hughes, en numerosas ocasiones se ha manifestado públicamente contra el despropósito de tratar de hacer, de la susceptibilidad de cada uno, una ley. Por descontado, no defiende el insulto, pero sí ataca esa deriva intolerante, paradójicamente presentada como un triunfo del respeto, consistente en no aceptar ni consentir crítica alguna a las opiniones y elecciones propias.

De un modo ciertamente infantil, se reclama el derecho a no oír nada que no se quiera oír

Porque no se trata ya de aquella tensión entre tendencias o ideologías, entre concepciones más o menos compartidas de lo que está bien y lo que está mal, sino que ahora, cada vez más, las elecciones personales, por minoritarias o incluso estrafalarias que sean, se tienen por sagradas e inviolables. Y no solo en el terreno de la acción –respeta mi decisión de no vacunar a mis hijos, o mi negativa a aceptar transfusiones, o mi rechazo a un tipo de alimentación, etc.-, sino en el de la expresión –tampoco lo critiques-. De un modo ciertamente infantil, se reclama el derecho a no oír nada que no se quiera oír.

Poco se puede discutir con quien te suelta que se siente ofendido por lo que dices. Nunca ha habido una regla matemática para decidir quién tiene razón. Así que ese punto de equilibrio solo podía venir del consenso, unas veces más claro que otras. Porque así funciona la vida en común. Y cualquier adulto debería asumir, si es su caso, el coste de alejarse de esa normalidad, las molestias de ser un librepensador. Lo que no es ni ha sido nunca viable es que cada uno de nosotros decida dónde traza la línea de lo tolerable y luego pretenda que todos los demás la respeten. Eso sería tanto como dar por bueno que nuestras reglas de convivencia vinieran marcadas por los más intransigentes. O por los más chalados.

¿Se lo imaginan?

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