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domingo. 03.07.2022
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Nuestros regalos según Darwin

Los argumentos para tachar nuestro día de Reyes de exceso injustificable, de apología del consumismo capitalista, son muchos y evidentes. Pero me dan igual.
brochas

CUANDO MI padre era pequeño, mis abuelos tenían tan poca cosa, era una casa tan humilde, que una vez que compraron una brocha de pintar mi padre durmió con ella. Como el niño que se acuesta con su peluche nuevo. Reyes, pocos tuvo.

Últimamente, no dejo de repetir –de repetirme, más bien– una frase: la realidad es compleja. Me recuerda que casi todo es matizable, que casi todo se puede ver desde diferentes puntos de vista, que casi siempre los factores que confluyen sobre cualquier aspecto de la realidad son muchos. Es una frase, no para defender un absoluto relativismo –je, je– moral, sino para recordar que pocas veces hay explicaciones sencillas y tajantes. Es, paradójicamente, una consigna contra las consignas.

Creo, centrándonos sobre todo en nuestros hijos y en cómo los educamos, que lo importante es la idea general, global, que sacan de todo lo que hacemos y les decimos. Y que, por tanto, cada uno de los hechos, cada una de las decisiones, cada una de las preferencias, considerados de manera aislada, tienen poca importancia. Creo, entre otras cosas, que ser coherente no significa ser inflexible, y que la línea que marcamos, por muy claramente que apunte a un objetivo, se puede permitir hacer alguna que otra ese. Es más: que debe hacer eses de vez en cuando.

Que conste que aceptar esto, que tan de Perogrullo puede parecer, me ha costado bastante. Todavía me acuerdo de una vez que mi hija, con un año o poco más, se cayó, y no dejé que mi madre corriese a levantarla; por no sé qué que había leído no sé dónde. Y otros mil ejemplos de un bienintencionado pero lamentable exceso de celo. No todos lejanos. Porque sin duda hay una parte de mí que es así, que pretende ser tan racional que puede ser muy torpe. Por suerte, si pienso un poco más suelo acabar dándome una colleja, por tonto.

Así que, sí, en Reyes tiramos la casa por la ventana. Todos nos regalamos a todos –mi padre propuso tímidamente, este año, hacer un amigo invisible, y por poco lo excomulgamos–, y además regalamos mucho. Muchísimo. Yo me paso, fácilmente, quince días de compras; y me gusta. Porque nos gustan los regalos: darlos, que siempre queda bien decirlo, y aún más recibirlos. Y además, como decía alguien en una película, queremos cosas que queramos, no que necesitemos: eso no es un regalo. Como si en una fiesta decidiéramos la comida y la bebida por sanas.

Y no está reñido, o eso creo, con dejar claro lo que cuestan las cosas, ni lo que cuesta ganar el dinero que las compra. No está reñido con enseñarles a valorar lo que tienen. Ni con mostrarles otras realidades, como la de su abuelo, y no permitirles crecer sin conciencia. Ni siquiera está reñido con la ilusión. Y el día que vea que no les importa, que no se emocionan ni se alegran, pararemos. Pero no lo veré.

Esta tarde, mientras hacía bici, escuchaba una conferencia sobre la selección natural. Siempre oigo que es el mecanismo principal de la evolución de las especies, pero no el único; pero no consigo dar con la charla o el artículo que me explique los demás. Así que la selección natural me la sé genial: hay diferencias entre los individuos, y esas diferencias marcan su capacidad de adaptación y, en consecuencia, la de conseguir alimento –sobrevivir individualmente– y la de reproducirse –sobrevivir como especie–.

Y el caso es que pensaba, mientras veía caer las gotas sobre el manillar, que esto de los regalos, y lo de permitirse ciertos excesos, lo de dejar que nuestra línea tenga algún vaivén, porque sabemos que no pasa nada si no es recta del todo; que todo eso, decía, seguramente sea una buena baza de cara a esa selección natural. Porque puedo aceptar que el frío calculador, el defensor de la consecuencia a ultranza, el metódico, el virtuoso sin tacha, pueda, en determinados momentos, como la hormiga de Samaniego, tener más posibilidades de comer; pero, ¿quién va a querer reproducirse con semejante coñazo?

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