Ave del paraíso

Ave del paraíso /EP
En mi salón he colocado un ave del paraíso, la misma planta que adorna el piso de Marta Jiménez Serrano en su nueva novela 'Oxígeno'

Fue a principios de año cuando compré un ave del paraíso. Me gusta emplear el término coloquial para nombrar a esta pequeña planta que decora mi salón, aunque su nombre según la nomenclatura botánica sea Strelitzia reginae, apodo que destila mucho menos ornamento y gracia que el que suelo utilizar con frecuencia. Parece ser que recibe este nombre porque las exóticas flores de esta planta recuerdan a la cabeza de un ave tropical, pues de sus afiladas hojas en forma de punta surgen sépalos blancos, rojizos o azules, que protegen los pétalos y simulan la cresta de un ave de pequeño tamaño. Todavía no he tenido la suerte de presenciar este fenómeno, pero todas las semanas riego mi planta y abro las persianas para que se cuele por la ventana la fría luz de invierno, luz con la que no le queda más remedio que conformarse.

Esta planta fue el primer objeto que compré para decorar el piso en el que estoy viviendo durante este año. Luego ya vendrían las sartenes, mantas y algún que otro elemento que faltaba y que resulta imprescindible para una vida de lo más común y anodina. Fue mi primera posesión como tal, y de la que tengo menos claro que sucederá con ella cuando finalice mi contrato en junio con la llegada de las vacaciones de verano. En mi casa familiar no hay espacio para ella. Me la compré a sabiendas, pues tener un ave del paraíso en mi salón se convirtió en una necesidad de primera orden, y no sólo por seguir esa moda de pisos con estética moderna que nos venden continuamente las redes sociales, sino por un motivo más profundo: para considerar lo que realmente no es ni mío, ni técnicamente de otro, como un hogar. 

Leyendo 'Oxígeno', la nueva novela de Marta Jiménez Serrano, me dediqué a imaginar que planta había colocado ella entre el sofá de su piso de alquiler y la pared. No dice nada acerca de la especie. Seguramente será una mostera o una sansevieria, ya que sus hojas crecen alargadas en sentido vertical, y ayudan a dinamizar el espacio y aportan cierta clase al lugar. Sin duda, la autora de Los nombres propios ha conseguido volver a sorprender y autoproclamarse como una de las escritoras más interesantes de los últimos años con esta nueva obra. Parte de su encanto se debe a que yo pueda imaginar que planta decidió poner en su recién estrenado piso de alquiler ese 2020, ya que todos nos hemos visto obligados a decorar algo que no es nuestro para simular que nos pertenece. 

El pretexto de la novela es arrollador: la autora se abre en canal para relatarnos un acontecimiento que casi le lleva a la muerte hace un par de años. La escritora estuvo a punto de morir por una intoxicación de monóxido de carbono debido a una caldera que se encontraba en mal estado. El libro nos explica todos los síntomas y posibles causas que llevan a muchas personas a fallecer de la conocida como 'muerte dulce'. Una serie de casualidades hicieron posible que el mes pasado Marta Jiménez Serrano haya podido publicar esta obra a modo de episodio autobiográfico, que engancha por su originalidad y dinamismo. 

Sin embargo, la novela nos ofrece mucho más que este relato. La escritora madrileña afirma en varios momentos que no le gusta tener que estar escribiendo sobre este suceso, pero que lo ve como una necesidad. Así, se entremezclan datos científicos con recuerdos de la protagonista acerca de su infancia, juventud, historia de amor y reflexiones acerca del paso del tiempo y la muerte. La autora nos advierte que hay aspectos de su propia vida que decide guardárselos para ella, pero lo que nos cuenta es más que suficiente para dibujar a una mujer que, como todos, se enfrenta diariamente a sus miedos y fantasmas del pasado. 

Otro de los grandes temas que aborda 'Oxígeno' es el problema de la vivienda en España. El suceso de la caldera que casi lleva a la muerte a la protagonista se debe a un caso de negligencia por parte de una casera que no se implica lo suficiente a pesar de ser propietaria de varias viviendas en alquiler. Algo así como mi colección de plantas, pero cambiando las plantas por varios inmuebles con los que lucrarse. Para Marta esto no es nuevo, ya que, al igual que una juventud obligada a vivir en hogares cuyos azulejos no han escogido, ella señala que ha pasado por numerosas viviendas en condiciones más que cuestionables. Su voz es la de una generación que se lleva las plantas de un lugar a otro mientras esperan un lugar donde poder asentar raíces: "Pasaremos dos años y medio viviendo entre paredes blancas o entre paredes con pósters pegados sin hacer agujeros como un adolescente . Solo que ahora pagamos 1.050 euros al mes por la desposesión". Su uso de este término es brillante. 

El rápido éxito de la novela no es ninguna sorpresa, puesto que tiene todos los ingredientes para llegar al público. Lo cotidiano y lo sensible se funden con lo extraordinario en el episodio de la caldera, todo ello a través de un relato que refleja una cotidianidad que asusta y nos enfrenta a un presente que no es tan amable en ocasiones como nos gustaría. Pero, sin duda, lo que engancha es como Marta Jiménez Serrano nos habla. Lo hace con una horizontalidad que atrapa, y que ella justifica al ser una simple sirvienta a expensas de la propia ficción, ya que es la necesidad la que la ha llevado a escribir una novela que no le habría gustado tener que publicar. 

Plantas en maletas

Tras estar unos meses con el ave del paraíso en mi salón, decidí que necesitaba unas compañeras. Ahora riego y abro las ventanas para cuidar una costilla de adán y una lengua de tigre (monstera deliciosa y sansevieria). Además de haberme vuelto un adicto a coleccionar plantas, me he vuelto un experto en nomenclatura botánica. Los nombres variopintos que reciben estos seres vivos son tan ricos como apasionantes. Resulta curioso que algo que tiene unas siglas tan poco entretenidas como ICN (Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas) se encargue de darle un nombre científico a las especies que hoy visten mi salón, y que me ayudan a crear un sentimiento de pertenencia.
Sigo sin saber qué voy a hacer con todas ellas cuando llegue el verano. A menudo me imagino la despedida y el último pago mensual del alquiler a mi casero, mientras llevo a cuestas un carro con mi colección botánica rumbo hacia otro lugar. Hay muchas formas con nombres divertidos para tratar de luchar contra la desposesión.