Música para alienígenas

Rave /AEP
Cuando el pasado julio decidí por vez primera al Festival de Ortigueira no imaginé que medio año más tarde encontraría una obra que resumiese lo que es estar bajo 140 beats por minuto.

Como gallego, quizás es vergonzoso admitir que he tardado 25 años en disfrutar de esta demostración de folk. Lo que más me sorprendió no fue el festival que se anunciaba en los carteles, sino esa otra fiesta que se origina bajo el pinar de Morouzos. Toda una nueva 'subcultura' se presentó ante mí. Eentonces no disponía de los términos apropiados para definirla. Medio año más tarde, he encontrado algunas respuestas en la obra 'Raving' de Mckenzie Wark, traducida en el 2023, pero que ha ganado en los últimos meses una fama considerable. 

El término 'rave' desprende una modernidad engañosa. Su origen se remonta en el contexto musical y de la fiesta a la década de 1950 en Londres. Procede del verbo 'to rave', es decir, 'delirar' o 'hablar de manera apasionada y frenética'. Pero no se popularizó hasta los años 80 con el auge de una subcultura que abogaba por la música electrónica como el techno y el acid house. En los últimos años, el concepto rave ha sufrido numerosas variantes: 'coffe rave' para quienes quieren despertarse tomándose un café de especialidad escuchando electrónica; 'daybreaker' para quienes deciden hacer dominadas antes o después de ir a su trabajo; o, el concepto viral 'baby rave' en el que bebés y padres disfrutan de sonidos acelerados para todos los públicos. 

McKenzie Wark abre las puertas con 'Raving' —en un híbrido entre ensayo y novela) al mundo 'raver'. A modo de diario personal, la autora nos narra sus experiencias dentro de este tipo de fiestas en un Brooklyn de principios de esta década, cuyo único fiel compañero será su 'bolso raver', que junto a ella recorre desde espacios industriales abandonados hasta los locales más ocultos de Nueva York. Explica la práctica 'raver' como una necesidad de escapar de una época de violencia, de explotación y de espectáculo constantes, encontrando su lugar entre sintetizadores, humo y paredes con grafitis. Sin embargo, ¿es el modelo que ella defiende el que se ha popularizado?

Los 'ravers' son esas criaturas de la noche que, con sus gafas, botas y pañuelos, desafían el espacio tiempo y los decibelios permitidos de cualquier lugar. McKenzie Wark define la época pandémica como un trauma para ella y todos esos 'ravers' cuyo máximo divertimento es bailar durante horas o incluso días sin parar. La clandestinidad en las fiestas de electrónica pasó a ser más que nunca una necesidad por miedo al contagio del virus. Así, redes sociales como Telegram, Discord o Signal ayudaron a difundir estas fiestas ilegales en las que las normas las ponían los propios asistentes. El cero contacto social no fue un impedimento para que cientos de personas fluyesen de forma conjunta bajo los "beats de la máquina". Quizás esta mezcla entre individualismo y comunidad tan atractiva es la clave del creciente fenómeno 'raver' en nuestra sociedad. Formar parte de un movimiento social, pero bajo una independencia que ningún otro tipo de fiesta puede aportarte. 

De esta forma, el 'rave continuum' que presenta esta autora se ha autoproclamado como una de las nuevas tendencias más en auge entre las nuevas generaciones. Los espacios en los que tienen lugar varían desde edificios abandonados o bosques hasta almacenes de chatarra. Las raves tienen algo de distopía y algo de ciencia ficción que va más allá del brillo metálico de este conjunto de chatarra. Su ubicación está siempre en los márgenes de otro lugar, en un lado más oculto que implica un redescubrimiento del espacio físico. La otra cara del festival de Ortigueira fue una evidencia de esto. El otro espectáculo que no se publicita en los carteles, pero se anuncia a través de un silencio pactado. McKenzie habla de refugio entre la multitud, aunque hay que tener cuidado con romantizar determinadas prácticas. La proyección de esas luces psicodélicas no deja de ser una simulación, y, por tanto, es difícil que algo tan artificial sirva de refugio. 

Sin duda, redes sociales como Tiktok le han dado un altavoz a las raves y a los 'ravers' que ha ayudado a la difusión de esta práctica. Lugares emblemáticos como la discoteca alemana Berghain generan miles de vídeos virales motivados por gente interesada por esta contracultura. Resulta curioso que un lugar que no permite el uso de dispositivos móviles esté en ellos como una tendencia más. McKenzie Wark ya alertaba del peligro de que estas raves gozasen cada vez de más reconocimiento, aunque igual no contaba con que su viralización fuese tan inmediata. ¿Es posible que este fenómeno cuyo pretexto es el margen se vuelva cada vez más mainstream o entonces debemos dejar de llamarlo, como la obra de McKenzie, 'raving'?

Sonidos 'on repeat'

La cantante y compositora británica Charli XCX anunciaba en su canción 365 este nuevo modelo de fiesta “No, I never go home, don’t sleep, don’t eat, Just do it on repeat”. Fiesta hasta que el cuerpo aguante. Sudor y sintetizadores. Lo cierto es que, aunque haya quien no esté de acuerdo con que el espacio rave está ganando cada vez más popularidad, hay algo innegable, y es que la estética ravera  o industrial sí lo está haciendo.

La música no es el único arte donde podemos apreciarlo. El resurgir del brutalismo como gusto estético implica una vuelta a este espacio industrial apocalíptico. La moda, por su parte, ya se lleva encargando varias temporadas de anunciar este cambio hacia lo gótico o más punk. El mayor ejemplo lo encontramos, como siempre, en Estados Unidos, con una North West explotada a expensas de una familia sin escrúpulos, que con tan sólo doce años ya advierte una estética que nada tiene que envidiar a la de cualquier usuario de un antro de Berlín. En el séptimo arte, la rave de Oliver Laxe con Sirât todavía sigue retumbando con sus bajos, habiendo sido la más galardonada en la reciente gala de los Goya. Parece que todavía nos queda mucha noche por delante.