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Terrícolas y lunáticos

SON INNUMERABLES las clasificaciones que pueden hacerse de los seres humanos. De entre ellas, podemos citar la de dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos, de Andrés Retzius; apolíneos y dionisíacos de Nietzsche; pícnicos, atléticos y leptosomáticos de Kretschmer ; introvertidos y extrovertidos, de Carl Jung y por el ‘humor’, del latín ‘humor, humoris’, que significa líquido o humedad del que está formado el cuerpo humano. Hipócrates, en la antigua Grecia, sostuvo que el cuerpo de los seres humanos contenía cuatro líquidos reguladores básicos, relacionados con los cuatro elementos aire, fuego, tierra y agua, de los que surgían los melancólicos, coléricos, amargados y flemáticos. Todo lo anterior, sin olvidar a los ‘quijotes’ y ‘sanchos’, de la obra cumbre de la literatura universal de nuestro inmortal Cervantes.

Pues bien, además de esas clasificaciones y de otras muchas que pudieran mencionarse, nosotros, refiriéndonos exclusivamente a los políticos, podríamos distinguirlos en ‘terrícolas’ y ‘lunáticos’, pues no cabe duda que no son lo mismo los políticos que viven y actúan ‘a ras del suelo’, es decir, pegados a la realidad, que los que crean esa realidad a su voluntad y antojo. Los primeros actúan con los pies en la tierra, es decir, con pragmatismo y sentido de la realidad; son los que podríamos llamar ‘terrícolas’; en cambio, los segundos, que llamaríamos ‘lunáticos’, son los que desprecian esa realidad y sueñan con metas ideales que sólo existen en su imaginación. En estos últimos prima el voluntarismo sobre el empirismo y la experiencia.

Pero, como dice Marco Aurelio, "perseguir lo imposible es una locura; pero es imposible que los necios no cometan necedades".

Pese a lo dicho, las posturas de los ‘terrícolas’ y ‘lunáticos’ no son excluyentes, pues, entre los políticos, también existen los que rechazan el inmovilismo, basado en que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer y los que, sin ser soñadores, son progresistas, entendiendo por progreso, no el hecho de avanzar, pues si el camino elegido no es el correcto, el avance puede conducir al fracaso o al precipicio, sino en ‘avanzar mejorando’.

Los lunáticos son utópicos y demagogos; los terrícolas defienden lo seguro, frente a lo incierto o, lo que es lo mismo, la inacción al riesgo.

En definitiva, los políticos no deben caer en el conformismo de que nada cambie, ni en el extremo opuesto de que cambie todo a partir de cero. sabido es que un edificio, cuanta más altura tenga, más sólidos y firmes tienen que ser sus cimientos; en la política igual, cuanto más altas sean las metas y aspiraciones, más fuertes y eficaces deben ser las convicciones que las sustenten. Es conveniente no construir en el aire, ni dejar que lo construido se hunda o arruine.

Mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos exige atender y satisfacer sus necesidades y a ese objetivo debe dedicarse toda acción política, a sabiendas de que, para lograrlo, hay que tener los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros.

El propio Schopenhauer, apóstol del pesimismo, terminó reconociendo que, mejor que buscar la felicidad como un ideal absoluto, es lograr que el hombre sea, cada vez, menos desdichado. al cumplimiento de ese fin deben contribuir, por igual, tanto los ‘lunáticos’ como los ‘terrícolas’.
 

Terrícolas y lunáticos
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