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Buen Camino

EL TÍTULO de esta reflexión se ha convertido en algo muy familiar para todos los que hacen el Camino de Santiago; los compañeros caminantes, también en las posadas y albergues, y sobre todo los habitantes del Camino muestran su cariño y buenos deseos hacia el peregrino con esta escueta frase: ¡buen camino!

Médicos y educadores sociales nos alertan de forma continuada sobre las bondades de caminar. A los beneficios que el hecho de caminar aporta a nuestra salud me gustaría poder añadir otros beneficios menos palpables quizá pero no menos beneficiosos y necesarios.

Solo hacen falta ganas, muchas ganas, de sentir la fuerza de la naturaleza y una cierta capacidad para disfrutar de su belleza.

Caminar es un alivio inmediato para la pesada carga de los días; es lo que uno siente cuando se decide a echar a andar.

Atuendo adecuado y ligero ha de sustituir a lo farragoso de ir en cada instante correctamente vestido; un simple bocadillo, un chorro de agua en cualquier manantial y un horizonte hermoso pasan a ser algo preferido. Dejar que el reloj cósmico marque las horas y por un tiempo olvidarse del afán productivo.

El aire puro, el olvido de lo cotidiano, y hasta el cansancio, siempre sientan bien.

En prácticamente todas las ciudades se han organizado espacios y veredas para este sano ejercicio de caminar; incluso se les ha bautizado con el sobrenombre de rutas del colesterol. En cualquier lugar si queremos, somos capaces de encontrar rincones con aire transparente, con frescura y hasta con una luz resplandeciente sobre todo si se asciende a pequeñas cumbres. Por cierto, hay ideas que solo surgen en las alturas.

Personajes significados del mundo de las letras han hecho del caminar y de la búsqueda del aire fresco de los senderos una gloriosa obligación diaria. Nietzsche endulza su estancia en Sorrento dando las espaldas a la ciudad y escogiendo senderos de montaña; cuando está en Niza sube hasta la aldea de Èze y en Rapallo escala el monte Allegro. Lo mismo le pasa a Rimbaud que en sus años jóvenes se define a sí mismo: "Soy un peatón, nada más". Su estancia en Europa hasta marchar a Adén es un continuo caminar de uno a otro lugar dando pasos hacia una poesía creada al ritmo de los senderos y del partir lejos para escapar de la tristeza y del tedio, de los cielos nublados y de los días negros, huir de los inviernos crudos y de la estupidez.

Estos personajes caminaban casi siempre solos; más de cuatro ya son una colonia, decían. Sorprendentes las imágenes de televisión en estas fechas de pandemia mostrando las aglomeraciones de fin de semana en las cimas del Pirineo catalán o peor aún las colas de gente esperando turno para coronar el Everest. Frente a estas situaciones, en muchos casos solo fruto de modas y postureo, la maravilla de caminar solos dejando que salgan a la superficie de nuestra intimidad los recuerdos olvidados, seguir el movimiento del sol al esconderse, sentir la dulzura del desapego y el respirar del paisaje. Redescubrir la simple y hermosa alegría de vivir.

Al hablar de los encantos del caminar es inevitable y justo volver los ojos a Henry David Thoreau que caminaba de tres a cinco horas diarias dejando para la posteridad sabias reflexiones sobre el arte de caminar, con proposiciones sobre la necesidad de una nueva economía y definiendo muy bien lo que forma parte de la necesidad de la vida.

"Hago mío lo que veo", dice Thoreau. Esta actitud hace posible volver a casa después de haber poseído en exclusiva los colores de la tarde o las luces maravillosas del alba. Caminar nunca es banal porque siempre nos permite ver, oler y sentir las cosas como son.
 

Buen Camino