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Plácido Domingo

POR mucho que se intuya o vaticine en dos direcciones, nadie puede aventurar si las acusaciones de acoso sexual contra Plácido Domingo acabarán con el tenor en el paredón o diluyéndose como un azucarillo, aunque sea cual sea el veredicto, el cantante será siempre el perjudicado. No es desde luego un caso para ser evaluado desde el feminismo radical, cuyas consideraciones son siempre parte, pero tampoco deben quedar inmunes si al final se consiguen acreditar las imputaciones. Cada cosa en su sitio. Eso sí, todas estas reprobaciones, en este u otros casos parecidos, que se formulan con treinta, cuarenta o cincuenta años de retraso, hay que enmarcarlas siempre con prevención, desde la suspicacia, la duda y la desconfianza del por qué ahora y no haberlo hecho cuando correspondía o sucedieron los denunciados acosos. En la presente coyuntura parece intuirse que, por lo que sea, existe alguien que se ocupó de orquestarlo, consiguiendo reunir a un grupo de posibles víctimas, que en tromba formulan la acusación, pero sin que muchas de ellas se atrevan a dar la cara. Todo lo que dicen, para que surta efecto, deberá probarse, y ahí radica la dificultad.

Plácido Domingo