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Hay una cierta justicia poética en la fama alocada de Ruth Bader Ginsburg, única mujer en el Supremo de los Estados Unidos. Sus pronunciamientos discrepantes en un tribunal de mayoría conservadora son leídos ahora por veinteañeras como si fueran poesía. Los jóvenes se tatúan su cara menuda en el bíceps, la estampan en sus camisetas, se la colocan sobre sus rostros en Halloween. La reivindican ahora, casi 50 años después de que empezara su carrera por la igualdad, mientras rezan para que no se retire durante el gobierno de Trump.

Ruth Bader Ginsburg
Ruth Bader Ginsburg

ESTA MISMA SEMANA Ruth Bader Ginsburg ha hecho lo que ya hizo otras dos veces anteriores: salir de la operación de un tumor y ponerse a trabajar al día siguiente. Noticias como estas son, generalmente, odiosas e injustas, objeto de críticas por pacientes oncológicos hartos de que se intente hacer de ellos héroes o víctimas, de que se les atribuya capacidad de maniobra en una enfermedad extremadamente azarosa. Pero en este caso, el objeto es otro. Son informaciones que actúan como un ansiolítico colectivo para el sector liberal: Ginsburg sigue.

En Twitter, celebridades y anónimos han velado por ella como se vela ahora, con un espíritu absolutamente contrario al recogimiento, pidiéndole en mayúsculas que no se muriese nunca. Cuando se supo que ya andaba leyendo legajos en el hospital después de una ablación pulmonar, casi se podía oír el estruendo del suspiro simultáneo de cientos de miles.

Ginsburg es una mujer extremadamente seria y dedicada, poco dada a las apariciones públicas que, sin hacer nada que no lleve haciendo toda la vida, ha logrado, pasados los ochenta años, convertirse en un icono pop que moviliza masas. Es este un fenómeno rarísimo, muy atractivo de observar y que tiene capacidad de arrastre: saber de ella es admirarla, resulta fácil interesarse por un personaje así. Al mismo tiempo para llegar a ese pedestal público en el que la han sentado, que es una consecuencia inesperada de su trabajo, se pasan por alto características de alguien que, como todo buen personaje, no es plano. Tiene sus aristas, menos publicitadas y que también interesan. 

Hija de judíos rusos emigrados a Brooklyn, Ginsburg fue educada de forma estricta para ser una buena estudiante, una mujer contenida y preparada, de las que no pierden el tiempo y que no gritan para convencerte sino que te entierran en argumentos. Fue la primera persona de su familia en ir a la Universidad, donde destacó enseguida. En Cornell conoció a su marido, Marty Ginsburg, y como él acabó en las aulas de Harvard. Era una de las nueve mujeres de su clase y en todos los reportajes que se escriben sobre ella se recuerda que entonces el rector preguntaba a las alumnas cómo se sentían arrebatando el puesto a un hombre.

El mito de la mujer que, ella sí, puede con todo se empezó a fabricar entonces. Ya casada y con una hija, todavía estudiando a un nivel de exigencia académica que no tiene parangón en ese país, diagnosticaron a su marido cáncer de testículo. Su currículo no se vio afectado y, además, tampoco quiso que afectara al de su marido: pedía apuntes en su clase y se los mecanografiaba, dormía dos o tres horas cada noche y recuperaba el fin de semana. Ahora que toda la comunidad médica insiste en que tal cosa no existe, que el sueño que se pierde ya no vuelve, la mera existencia de Ginsburg, que lleva toda la vida haciendo eso, parece contradecirla.

Cuando acabó sus estudios, y como les pasaba entonces a tantas mujeres, se encontró con que nadie quería contratarla

Cuando acabó sus estudios, y como les pasaba entonces a tantas mujeres, se encontró con que nadie quería contratarla. De poco servían sus impresionantes credenciales académicas, los bufetes, ni siquiera los que habían empezado a contratar a abogados afroamericanos, no se interesaban por ella. Empezó a dar clase de Derecho Civil en Rutgers y, después en Columbia. A petición de las estudiantes, impartía un curso sobre el que apenas había nada en otras universidades: mujer y la ley.

Fue entonces en los primerísimos 70 cuando empezó a colaborar con la Unión de Libertades Civiles y, después, a dirigir su proyecto de derechos de la mujer. En esos primeros casos que ahora cumplen casi 50 años empezó a cambiar, de forma práctica y real, la sociedad para las mujeres.

El objetivo de Ginsburg fue, desde el principio, crear jurisprudencia. Ganar los casos era siempre bienvenido, pero el objetivo se cumplía cuando asentaba un precedente que podía utilizarse después en cascada en otros cientos, a lo largo y ancho de distintos estados. Pretendía que una sentencia sirviera a muchos. 

Ginsburg se encontraba a menudo en la misma compleja situación: convencer a un tribunal compuesto solo por hombres blancos de buenas familias de que las mujeres eran discriminadas por su sexo, por el hecho de ser mujer. Esta era entonces una idea absolutamente peregrina, complicada de hacer entender a jueces que, francamente, nunca habían ni imaginado tal cosa.

En sus argumentaciones fue determinante la experiencia previa de la lucha contra la discriminación racial. Los casos de las mujeres, como los de los negros, se presentaban como conflictos contra la 14ª enmienda, que garantiza el derecho de todos a recibir la misma protección de las leyes. Por ese motivo, la selección de los casos era clave y la Unión de Libertades Civiles peinaba los tribunales de apelaciones buscando los que tenían más posibilidades de prosperar y, sobre todo, de hacer cambiar las tornas. Así, por ejemplo, en uno de los primeros que llevó ante el Supremo el defendido era un hombre. Su mujer había fallecido en el parto, tuvo que dejar el trabajo en los primeros meses de vida de su hijo para cuidar de él, pero se le denegaban las ayudas sociales a las que sí tenían derecho las mujeres viudas.

Cuando se quedó embarazada de su segundo hijo, tardó meses en comunicarlo a la Universidad por temor a ser despedida

En sus defensas, a menudo Ginsgburg recriminaba al tribunal su enorme distancia con la sociedad, la absoluta ignorancia que tenía de las circunstancias en las que vivían y trabajaban las mujeres y que ella, por entonces ya parte de una comunidad privilegiada, sí conocía porque afectaban a todas. A Ginsburg no solo le resultó imposible ser considerada para un puesto en un bufete privado pese a ser de las mejores de su promoción, sino que, cuando se quedó embarazada de su segundo hijo, tardó meses en comunicarlo a la Universidad por temor a ser despedida. No es que no se reconociese la discriminación sexual, que no se hacía, es que no se contemplaba. Simplemente no se creía que tal cosa ocurriera y que atentara, en efecto, contra de la igualdad.

Ginsburg siempre ha tenido un nombre dentro de la academia y ha sido admirada desde su juventud. En ‘RBG’, el documental sobre ella estrenado este año, amigos y familiares repiten como un mantra dos de sus características más evidentes: odia la cháchara y los prolegómenos sin sentido, va al grano y tiene una asombrosa capacidad de compartimentación, algo común a todas las figuras de obra prolífica. Sus disertaciones se analizan y se leen con gusto, les dedica muchas horas al día y están desbrozadas de lo innecesario, solo contienen el fruto y lo presentan en perfecto estado de revista.
Sin embargo, para el gran público fue casi toda su vida una persona tirando a desconocida. Su trabajo por la igualdad se hizo en los tribunales y solo allí. No se manifestaba, apenas hacía declaraciones, no era en absoluto una feminista de los 70 al uso sino una mujer adicta al trabajo, absolutamente dedicada y con una familia que la apoyaba sin remisión. Un botoncito que muestra hasta qué punto su carrera lo llenaba todo es que cuando su hija acabó en el instituto y le pidieron que escribiera en su anuario qué deseaba para el futuro puso que nombraran a su madre para el Tribunal Supremo. Más bien, puso ‘poder nombrar a mi madre’ dejando claro que la ambición viene de familia: solo los presidentes pueden designar esos puestos vitalicios.

En realidad, lo hizo Clinton. Ginsburg llevaba un tiempo en el Tribunal de Apelaciones y, cuando se retiró un juez del Supremo, el presidente pensó en mil personas más antes que en ella. Pasaba de los 60, lo que se consideraba, incluso para un tribunal integrado por viejos, ya demasiado mayor; no tenía muchos apoyos y, lo más extraño de todo, tenía a grupos feministas en contra después de asegurar en una conferencia que la sentencia de Roe V. Wade no le convencía. Ese fue el caso que abrió la puerta al aborto en Estados Unidos y que propició el grave enfrentamiento aún vigente entre provida y proelección. A Ginsburg, como a otros tantos jueces, le parecía que sentaba precedentes poco claros, no le gustaba cómo había sido formulada la jurisprudencia. Una crítica profesional fue interpretada como lo que no era: el anuncio de que le daría la vuelta en caso de ganar.

Fue ese su principal impedimento, el de la falta de lectura comprensiva, para un nombramiento que finalmente llegó y que la convirtió en una de los cuatro jueces progresistas en un tribunal de nueve, una mujer conciliadora y con poder de convicción, que se esforzó durante años en negociar consensos. Sin embargo, con el tiempo y el mayor peso que los conservadores llegaron a tener en el tribunal, empezaron a abundar sus votos disidentes, sus apéndices críticos, que son los que, en último término, la catalputaron a una fama del feminismo millennial.

Un tumblr allá por el 2010 recogía uno de esos dictámenes y la bautizaba como Notorius R.G.B, un juego de palabras con el rapero Notorius B.I.G. El nombre caló y todo vino detrás: su aparición en Futurama, fotos y más fotos de los cuellos de encaje que lleva sobre la toga, una cantidad obscena de mercadotecnia del que con seguridad ella no se beneficia, reportajes sobre su dedicación al trabajo, sobre cómo apenas duerme, sobre cómo superó dos cánceres —de colon y pancreas nada menos— sobre su entrenamiento diario con pesas en el gimnasio del Supremo y finalmente su propia imitación en Saturday Night Live, el epítome de la consolidación de la fama en su país.
Ella da ahora más charlas y entrevistas, pero aún pocas porque el trabajo sigue siendo absorbente. Le hace gracia el apodo y la fama, pero no se deja llevar, le ha llegado muy mayor. Sigue sin tener intención aparente de retirarse.

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