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Un voto, dos votos, tres votos...

Una mañana cualquiera de hace un par de legislaturas alguien empezó a repartir propaganda en una cafetería. Un periodista que se encontraba en nuestra mesa comenzó a diseccionar de forma apasionada cómo serían los siguientes días en su trabajo, al tiempo que una joven militante de una agrupación política juvenil se sacudía las ideas del programa electoral con energía. 

"Ah, ¿pero ya es lo de votar?", preguntó, para estupefacción de los anteriores, una compañera de cuyo nombre no soy capaz de acordarme, pero cuya pregunta vuelve a mi cabeza cada cuatro años. «Yo ni siquiera conozco la cara de los que se presentan», añadió con una desidia tal que dio la vuelta a la conversación y dejó a los entusiastas mudos. En el umbral de la era de las redes sociales, cuando los debates eran un lujo demasiado democrático y ni siquiera chirriaba tanto ver a cuatro hombres arreglándose los puños minutos antes de disertar sobre feminismo en prime-time mientras dos señoras pasaban la mopa ante sus narices, la política daba tanta pereza como una clase de trigonometría un viernes a última hora. Alguien me dijo entonces que la política realmente solo interesa a los protagonistas y a los ‘plumillas’ que esgrimen sus días entre crónicas y contracrónicas. 

Yo no quiero creérmelo. Aún asisto algunos domingos a los debates encendidos de sobremesa entre familiares de colores completamente opuestos. Veo a mi abuela que a sus 93 años no solo tiene claro que irá a votar, sino que argumenta a quién y por qué, y es una de las ocho millones de personas que esta semana pusieron la televisión para seguir en directo el debate a dos vueltas. Y pienso en el futuro de las generaciones que vienen, mientras mi hija me pregunta si puede quedarse a ver el debate, y que por qué Rivera tiene tantas cosas en su atril. 

La verdad, sabiendo lo que nos jugamos con cada voto, no puedo creer en la desconexión de la ciudadanía de la política. Es cierto que hoy ponemos en cuarentena cualquier dato a la espera de comprobar que no es un 'fake'. Quizás, porque venimos de una época en la que algunos nos han mentido hasta la saciedad para llenarse los bolsillos. Sabemos que las encuestas pasan por la cocina antes de llegar a la calle, y que la política tiene mucho de marketing, incluso de teatro. Y también porque en las redes se puede decir de todo y lo contrario y siempre habrá que lo compre. 

Así que quizás "eso de votar" nos va más de lo que los políticos piensan. Cerca de casa, estos días he vuelto a ver a candidatos y candidatas con la agenda cargada de kilómetros. Llegan, saludan, mandan su mensaje y no siempre se van. Se suben a todo tipo de escenarios, intentando convencer de que su modelo es el mejor. Casi todos irradian entusiasmo. Y a mí acaban por contagiarme la idea de que otro mundo es posible.

Un voto, dos votos, tres votos...
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