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Las chicas del valle

El calor comienza hacerse presente entre nosotros. Las nieblas de la mañana que suben del río a la ciudad anticipan mañanas de Sol de justicia sobre el asfalto y muchos ya sufren sin que agosto ni asome

LLEGA ESA época del año, el verano, y con ella todos los comentarios, texturas y sabores de siempre. Incluso alguno volverá con lo de Galifornia. La dichosa palabra, que alguien que trabaja en publicidad creó con la cabeza descansada, ya sirve para designar una realidad: ese lugar idílico al norte de la península que acoge a artistas y surferos al estilo California, ni más ni menos. Supongo entonces que tenemos nuestro Hollywood particular: Laurel Canyon y derivados. Espero que con la etiqueta también vengan grupos de rock.

Desde hace décadas se persigue en la radiofonía patria la famosa canción del verano y me pregunto qué suena en esta nuestra Galifornia. ¿Somos de ritmos latinos? ¿Somos de pop? Quizás, recuperando el espíritu de los años 70, este año nos atrevamos con el grupo Haim y su tercer disco, Women in Music Pt. III.

El grupo formado por las hermanas Este, Danielle y Alana lleva tiempo surfeando la ola de la popularidad, a medio camino entre dar una sorpresa y mantenerse ajenos a la masa. Han circulado por medio mundo junto a grandes nombres de la industria, sin embargo, alguna ceja se arquea cuando hablas de estas mujeres de la auténtica California.

Cuando su primer disco Days are gone salió al mercado, los medios se lanzaron a compararlas: "Las nuevas Fleetwood Mac, las nuevas Blondie, las nuevas No Doubt". Lo cierto es que entre las cuerdas de sus guitarras discurren estos artistas y otros tantos del mismo calibre, pero su autenticidad se basa en algo más sencillo: haber crecido en la normalidad dentro de lo extraordinario.

Los Beatles, Billy Joel o Van Morrison eran su repertorio habitual y, a mayores de esto, su padre las exponía constantemente a esas melodías yankis que todos tenemos en mente

Formaron parte de un grupo rock familiar cuando solamente eran niñas y tocaban bajo el nombre de Rockinhaim junto a sus padres. Los Beatles, Billy Joel o Van Morrison eran su repertorio habitual y, a mayores de esto, su padre las exponía constantemente a esas melodías yankis que todos tenemos en mente. Era un viaje familiar eterno en un cadillac, atravesando una suerte de desierto en el que la radio solo sintonizaba una emisora.

En el salón de casa los instrumentos iban y venían, hoy era un bajo y mañana una batería, para pasado un sintetizador. Las niñas usaban y asimilaban todo. Su peculiar hogar no acababa ahí. Crecieron en el Valle de San Fernando, uno de los grandes barrios de Los Ángeles; rodeadas de productoras de cine, industria discográfica y los grandes estudios de pornografía. Los años 70 habían terminado tiempo atrás, pero su huella era latente.

Entonces, y con el paso de los lustros, las hermanas fueron indagando en esta herencia cultural tan diversa y única que había vertebrado su vida. Eran buenas como músicas, tocaban para otros artistas, formaban parte de bandas, pero no eran ellas mismas. Después de que Este, la mayor de las tres, terminase su licenciatura en Etnomusicología en solo dos años, nacieron las Haim. Pero faltaba que las mirasen de verdad, sin comparaciones.

Llenaban los garajes del Valle, los locales de la zona y tenían el respeto de grandes pesos de la industria. Su fama tan extraña fue tal que los bares colgaban el cartel de completo. No tardaron en llegar las ofertas, los contratos, los EP y en nada un disco, con el que asimilar el ascenso meteórico.

Ahora sé que hacen música para quien recuerda cuando puso el primer pantalón vaquero, la sensación de ser un yanki más de la televisión, y que guardan esa nostalgia setentera.

Recuerdo cuando las oí por primera vez, fue en una televisión, un videoclip. Vestían ropa de ante y chaquetas bordadas con tigres de Bengala, aunque tenían aspecto de pistoleras del Oeste. Eran distintas, no había muchos grupos de chicas conocidos y menos todavía que hicieran esa especie de rock.

Ahora sé que hacen música para quien recuerda cuando puso el primer pantalón vaquero, la sensación de ser un yanki más de la televisión, y que guardan esa nostalgia setentera. También para aquellos que con unos flecos o un sombrero se creen vaqueros, siendo realmente algo más cercano a personaje de parque temático. No es estética ni apariencia, las Haim hacen música para la esencia.

En su nuevo disco, el tercero ya, guardan el contenido de tiempos pasados y experimentales, de guitarras metálicas y menos rasgadas. Uno escucha Summer Girl y sabe que detrás está Lou Reed, un saxofón ligero te lleva de la mano por West Hollywood mientras miras con incredulidad el espectáculo que es la sociedad. Reniegas del presente para vivir un pasado alternativo, inexistente en realidad porque tal idilio no era real.

Es rock, pero no es rock. No como todos se esperan. Hay algo en los acordes que te llevan al country de Shania Twain o incluso a coros de gospel, se percibe un alma negra tras esto. La pandemia casi retrasa un año este disco que supura verano nostálgico, pero, finalmente, semana a semana han ido cayendo perlas como Now I’m in it o Hallelujah que nos sientan en esas cafeterías donde la camarera lleva uniforme y pasea con una jarra de agua marrón casi vacía.

"Cada mañana me despierto y consigo dinero solo para mí/ Aunque compartimos una cama/ Sabes que no necesito tu ayuda", dicen en el estribillo de The Stepts, una de sus sublimes nuevas canciones. Quizás, ahora más que antes, han abrazado los 70, a sí mismas y lo tienen más claro que antes.

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