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Crisis de bandera

Dos personas en una sala acuerdan antes de una reunión de lo que van a hablar o no. Es el diálogo para pactar un silencio, un acuerdo de no agresión. Este es el inicio de State of the Union (HBO), la serie de Stephen Frears que plasma sin querer el espíritu de aquel abrazo entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

¿QUIEN SE reúne en escena siempre son, sin embargo, dos personas corrientes, una doctora y un crítico musical. Están en una crisis matrimonial sin aparente retorno. Ambos representan facciones sociales como progreso y tradicional, cada par de caras de cualquier situación imaginada. Desde su trinchera personal, nacen argumentos y pensamientos alrededor de un hecho: la infidelidad que ella perpetró tras una larga temporada sin sexo.

Con un humor británico refinado pero afilado gracias a la mano del escritor de Nick Hornby (Alta fidelidad, Un niño grande), los episodios discurren ante el espectador tal y como hicieron esta semana las intervenciones en la sesión de investidura: con una duración máxima de 10 minutos. Alejándose de las tendencias actuales de superar incluso los sesenta minutos por capítulo, Frears escoge la dosis mínima para triunfar.

Sin necesidad de introducir el clásico «Tenemos que hablar» que precede a cualquier divorcio —aunque también debería aplicarse en política si tanto se quiere el diálogo—, los protagonistas acuden a terapia de pareja para evitar que una cuestión grave se convierta en letal por dejadez. Pero las confesiones ante la psicóloga matrimonial se mantienen aisladas, al estilo del secreto profesional.

Este predilección de Stephen Frears por mantener ocultos distintos asuntos al espectador ya ocurría en sus películas Las amistades peligrosas o The Queen, pero ese aire místico encuentra en State of the Union varias vueltas de tuerca. Son los diálogos elevados al cubo los que hacen de esta ficción una revelación, jugando con varias lecturas de la situación en un tiempo comprimido en el que parece que siempre se llega tarde. Pero nunca se sabe a dónde.

La relación entre la vida política, especialmente la inglesa, y esta serie comienza en el propio título, traducido como Estado de la Unión. Por una parte, hace referencia a las tensas relaciones entre Reino Unido y el gobierno europeo; por otra banda también está relacionado con la ‘Union Jack’ —nombre que recibe la bandera británica— y los problemas entre Escocia, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte.

El matrimonio, como cualquier unión, también pasa por distintos estados. El matrimonio, como cualquier unión, también pasa por distintos estados.

La segunda lectura al título remite a un acto típico de la política estadounidense: el discurso del Estado de la Unión. Este evento es la entrega de un informe por parte del presidente de turno al Congreso sobre la situación en la que se encuentra el país y sus propuestas de futuro. El matrimonio, como cualquier unión, también pasa por distintos estados. Todo eso condensa el título.

Hornby y Frears logran expresar en los diálogos segundas intenciones con un aspecto natural, pues no hay nada más que dos personas en la mesa de un bar pactando qué ocultar a su psicóloga. Frente al vino blanco de ella y la cerveza de él discurren asuntos como inmigración, el Brexit, la institución del matrimonio o las custodias infantiles. Todo ello forma parte de una herida que analiza cómo fueron sus vidas, qué los unió y qué comenzó la ruptura.

Estas intenciones por plasmar el origen de algo es lo que dota a State of the Union un casi estado de documento histórico, siempre dentro del marco de ficción y comedia. La voluntad por examinar la mentalidad y estado de ánimo de los protagonistas consigue, quizá sin Frears saberlo, una suerte de zeitgeist, es decir, de espíritu de su tiempo.

Este término alemán se estudia en las escuelas para intentar explicar eso que todos suponen y que ocurrió a manos de los nazis. Es obvio por lo tanto pensar que las noticias del presente pasarán a glosar los futuros del libros de historia, que intentarán comprender este espíritu de nuestro tiempo que aprueba independencias de la Unión Europea, admite a políticos de dudosa altura y acoge a regañadientes a refugiados.

Para esto surgió en los años 70 la Nueva Historia, una corriente de pensamiento que establece el estudio de acontecimientos mediante las mentalidades de las épocas. Esto, que parece tan fundamental, es lo que convierte la premisa de la ficción de Frears —al estilo Kramer contra Kramer o Historia de un matrimonio— en algo más interesante. A lo largo de 100 minutos divididos en diez semanas, sesiones y capítulos acudimos a la disección del cansancio que, sin suerte, termina en rupturas.

Hace unos días Pablo Iglesias recomendó en el Congreso leer «más Pérez Galdós y menos Pérez Reverte». La victoria de su partido junto al PSOE el pasado martes coincidió con el 70º aniversario de la muerte de Castelao, como recordó Néstor Rego (BNG). Este autor también fue reivindicado, pero a la lista de sugerencias habría que añadir a Hannah Arendt, Zygmunt Bauman y, por qué no, ‘State of the Union’ para evitar futuras sorpresas.

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