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Magia para adultos

Durante estas semanas de incertidumbre y miedo a días de cuarentena, casi con un pánico social a cualquier cosa proveniente de Asia —como si todo el continente fuese igual—, Netflix decide recopilar las películas de Studio Ghibli, el afamado taller japonés de cine anime. Puede que al final sea Oriente quien también nos entretenga en esta crisis.

CUANDO TODOS éramos pequeños, niños que se dice, teníamos un interés desmesurado por la existencia de la magia, era algo que deseábamos, pero que al mismo tiempo nos parecía imposible. Con el paso de los años esta esperanza muere a manos de la realidad, de las rutinas y de la falta de hadas. Muchas de estas fantasías son alimentadas desde los dibujos animados, cada uno de su época y a su manera.


La televisión fue la segunda magia que todos conocimos gracias a esas luces, esas escenas tan falsamente improvisadas que eran casi trucos de Houdini. Pero el tiempo siguió pasando y esta también resultó ser otro fraude, como la política —la siguiente magia— y un no tan largo etcétera que termina en el escepticismo adulto, la falta de fantasía. Pero, ¿qué pasaría si nunca dejásemos la primera fase?


Precisamente Studio Ghibli plantea esto, reanimar al niño que llevamos dentro con un festín de colores y formas, mitologías y magias en forma de dibujos animados con profundas reflexiones sobre la vida, el significado de la muerte o la importancia del ecologismo. Aunque quizás el epicentro de toda la filosofía que Hayao Miyazaki trasladó a las películas de su estudio giran alrededor de un concepto: hacerse mayor.


El director japonés detectó pronto que el inicio del tedio vital, de la ausencia de emoción, proviene de los años y las experiencias que anestesian nuestras ilusiones. En la cinta El viaje de Chihiro —una suerte de Alicia en el País de las Maravillas— es donde se transmite mejor este mensaje, pues la protagonista de tan solo 10 años asume que para liberar a su padres debe perder su nombre, cambiar su identidad y aceptar responsabilidades.


Con la delicadeza casi metafísica de la cultura nipona es como se realizan estas reflexiones, lejos del ruido explícito de industrias como Disney que no dejan lugar a la interpretación.

Este personaje es revolucionario frente al canon femenino de la época porque rechazaba la idea de la chica como objeto de una trama romántica o el sujeto al que rescatar


De hecho, mientras el gigante estadounidense de animación creaba una princesa distinta al año, el estudio de Miyazaki trabajaba con mujeres complejas como San, la protagonista de La princesa Mononoke. Aunque ostente un título monárquico, lo cierto es que este personaje es revolucionario frente al canon femenino de la época porque rechazaba la idea de la chica como objeto de una trama romántica o el sujeto al que rescatar.


Al vaciar de contenido el significado de protagonista, Miyazaki pudo comenzar a tratar con delicadeza y profundidad este propio concepto de heroísmo. Es así como empiezan a nacer personalidades no definidas, sin buenos absolutos ni villanos aterradores, alejándose de la animación infantil y tomando prestados perfiles más propios de la literatura adulta.


Por tanto, son los matices los que alejan a este cine de algo que cualquier padre vería con sus hijos.
El reconocer que existen trazos, tintas y colores exclusivos para adultos es el primer paso para comprender el mérito de Studio Ghibli, que pretende incitar a la reflexión mediante esa magia perdida, pero que aún puede recuperarse.


Los dragones, gatos gigantes y brujas son licencias artísticas para trabajar sobre temas como el daño que provocan los seres humanos al planeta o la prostitución (La princesa Mononoke), el supuesto progreso es en realidad la careta de un monstruo capaz de acabar con un mundo compasivo y en equilibrio a los ojos de Miyazaki.

Las cintas de Studio Ghibli presentan una realidad silvestre, alternativa y donde lo rural aún puede ser descubierto incluso en compañía de criaturas fantásticas


La violencia y el conflicto es la puerta que en muchas ocasiones el ser humano ha de cruzar para llegar al salón vacío en el que se ha convertido su mundo. Por eso las cintas de Studio Ghibli presentan una realidad silvestre, alternativa y donde lo rural aún puede ser descubierto incluso en compañía de criaturas fantásticas (Mi vecino Totoro).


A pesar de renovar el escenario temático, el virtuosismo de Miyazaki y sus películas radica también en la técnica de dibujo, lejos del extremado realismo de Disney y del trazo estridente del anime japonés, capaz de plasmar con infinidad de detalles rutinarios un mensaje más denso y profundo. Renunciar a lo artificial es, en parte, el secreto de esta animación tan vibrante.


Gracias a la versatilidad de la tinta en el papel, películas como El castillo ambulante, La tumba de las luciérnagas —ambientada en la Segunda Guerra Mundial— o El viento se levanta alcanzan un nivel que las producciones con personas en raras ocasiones podrían permitirse, pues la imaginación del dibujo sigue escapándose a los límites de la realidad.


Studio Ghibli toma su nombre de la palabra italiana para referirse al siroco, el viento cálido del desierto. Estas fuertes corrientes de aire cargadas de arena suelen corroer objetos metálicos y entran en los edificios, un fenómeno que puede durar tan solo medio día, pero que siempre deja huella. El nombre es preciso porque su animación es esto, una abrasión en la conciencia.

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