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Terroristas en la radio

Una foto llegó hasta mis redes y, a juzgar por el número de interacciones, también a miles de personas. En esta, un grupo de británicos esperaba en la aduana de un aeropuerto europeo mientras se quejaban de ello, creyendo que ellos no eran extranjeros de esos. Es como si el Brexit, finalmente, existiese

Simultáneamente, la cantante y artista visual M.I.A. anunciaba su regreso musical tras cuatro años de silencio. Ella es el azote del privilegio occidental porque, aunque fue criada en Reino Unido, cada centímetro de su piel remite a Asia y supuso en su vida severos ataques racistas. Desde el principio de su carrera forzó a los británicos a entender lo que era ser inmigrante y, años después, ahora ellos lo entienden —salvando las diferencias—.

Matanghi, el nombre detrás de M.I.A., es de Sri Lanka, una pequeña isla al sur de la India que fue durante décadas una de las joyas del imperio británico. De allí proviene gran parte del té y la vainilla mundial de mejor calidad —también el zafiro más valioso del mundo— y una guerra civil de la Matanghi huyó hacia el Reino Unido, pues la mayoría de su país la consideraba hija de un terrorista, del más importante de ellos.

Entró en las islas británicas en calidad de refugiada con diez años sin que nadie supiera su historia. M.I.A. fue criada en Sri Lanka sin un padre presente —ni llegó a sentir que lo tuviera— y se dormía en medio de un conflicto armado gracias a una radio que reproducía la música popular en Occidente. Mientras crecía en Europa fue adquiriendo poco a poco una sensación: la gente rechazaba su visión porque, incluso después de tantos años, era una incomprendida.

Todo esto se refleja en su discografía —disponible en Spotify— pero queda retratado de manera visible en Matangi/ Maya/ M.I.A. (Filmin), un documental que sigue la carrera de la artista desde sus inicios como directora de cine hace dos décadas hasta la estrella de la música urbana en la que se ha convertido. Gracias a vídeos caseros y viejas cintas sin utilizar, Matanghi explica su visión del mundo  e intenta responder a una pregunta clara: "¿Por qué no me callo?".

Durante sus dos meses de estancia fue manoseada en un autobús público por el ejército y no lloró para evitar ser violada repetidamente en la jungla hasta morir

En el año 2001, M.I.A. viajó a su país natal para comprobar la situación con sus propios ojos y visitar a su familia. Allí aprendió que el mundo se mueve a ritmos distintos por el interés de una parte, pero también que su experiencia de Sri Lanka era distintas a los demás y que, pese a que su padre fue quien entrenó las milicias, ella vivió fuera de peligro.

Durante sus dos meses de estancia fue manoseada en un autobús público por el ejército y, por advertencia de su madre, no lloró para evitar ser violada repetidamente en la jungla hasta morir. Experimentar la violencia física y emocional en los dos lugares a los que pertenecía alimentó su música, nutriendo de valores a aquello que podría sonar en la radio.

Para ello comenzó a viajar por el mundo, asimilando sonidos y ritmos que ayudaron a conformar un sonido global de las culturas que eran amenazas para Occidente. Así nace esta suerte de música documental, donde Matanghi se convierte en M.I.A. viendo helicópteros policiales de niña y creando metáforas en canciones como ‘Paper Planes’ sobre aviones de papel hechos con billetes, explicando la pobreza que fuerza las migraciones.

Durante sus viajes, M.I.A. vio a muchas clases de infancia y su única conclusión fue que están unidas por una máxima: todos los niños piensan en quién quieren ser. Pero al igual que la joven que ella fue en Sri Lanka, estos pequeños ignoran su propia realidad. Por eso Matanghi no pudo aprenderse las cinco líneas que todas las estrellas repiten, sus vivencias abrieron la caja de Pandora encerrada en su mente.

En uno de sus viajes a Sri Lanka le contaron cómo una mujer fue asesinada por el ejército haciendo explotar una granada en su vagina

Cuando la música y las imágenes no fueron suficiente, comenzó a hablar sobre aquello que la gente no se atreve a saber. En uno de sus viajes a Sri Lanka le contaron cómo una mujer fue asesinada por el ejército haciendo explotar una granada en su vagina, un caso de entre los 70.000 muertos de aquella guerra civil que desplazó a cerca de un millón de tamiles por el mundo.

Pero todo lo que decía no llegaba a ningún lado y sus experiencias terminaron siendo anécdotas, especialmente en Estados Unidos donde no se habla de catástrofes si no sirven para el espectáculo. El New York Times se puso en su contra porque la versión de Sri Lanka que ella contaba era antisistema y contradecía al gobierno, que ocultaba el genocidio de una etnia como una lucha antiterrorista.

La tormenta se posicionó sobre Matanghi. Su estilo de vida poco acorde en teoría a su activismo fue el inicio. Luego llegaron las peticiones de vetar a M.I.A. de las radios por apoyar el terrorismo de los Tigres Tamiles, el grupo independentista que su padre había formado. "Limítate a la música", le decían.

Sin embargo, ella no se detuvo. Hizo saltar las alarmas morales al simular en uno de sus videoclips el exterminio de las personas pelirrojas, provocando que YouTube eliminara el archivo. Y cuando Madonna la fichó para su espectáculo de la Super Bowl no lo dudó e hizo un corte de manga a cámara. Aquello costó una sanción de 16 millones de dólares. Una peineta tan cara y cargada de odio que, por un tiempo, hizo comprender a la gente qué pasa en el mundo.

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