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¿Aprenderemos algo?

¿Cuando esto pase, seguiremos siendo los mismos? ¿Va a ser esta crisis un punto de inflexión en nuestras vidas, para nuestra sociedad, o todo continuará igual?

TODAVÍA NO sabemos si la epidemia va a desembocar en una verdadera tragedia, que nos haga ir perdiendo las ganas de bromear sobre el papel higiénico, que nos haga ver que, efectivamente, aguantar unos días sin salir de casa era la parte fácil. Puede que no, que la evolución sea asumible, que las cifras se mantengan en unos límites que eviten lo peor y poco a poco vayamos remontando; o puede que no seamos capaces de achicar todo el agua que va entrando en la barca y el colapso sanitario sea tan extremo como algunos temen, y el drama nos acabe tocando a todos de cerca.

Yo di positivo hace unos días. Tuve la suerte de notarlo pronto y todavía me hicieron la prueba; la prueba que ahora ya va quedando reservada para los casos más preocupantes. Así que, como casi todo el mundo, estamos en casa, pero nosotros no tenemos excusas para salir. Ni falta que hace; sería el colmo, quejarnos de estar aquí, tan a gusto y con amigos que nos van a por naranjas, pan y paracetamol. Decía Pascal que todas las desgracias del ser humano se derivan de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en un habitación. Desde luego, no lo diría por mí. Es más, yo estoy deseando aburrirme, porque por ahora, entre el teletrabajo improvisado, los cientos de mensajes diarios y toda la vida concentrándose en las redes sociales, estoy bastante estresado. Cualquier fin de semana tengo más tiempo libre.

Nos vamos a echar de menos. Algunos, también de más, es cierto, pero sobre todo nos vamos a echar de menos. El reencuentro, si esto no acaba demasiado mal, va a ser muy bonito. Que se preparen los bares. Va a ser bonito verse, tocarse, abrazarse y besarse, aunque se nos va a hacer raro. Como se hará raro mover un vaso en una mesa o recoger una servilleta sin correr a lavarnos las manos. Como estar relajados otra vez, sabiendo que los microbios, en esta parte del mundo, vuelven a estar bajo control.

¿Pero aprenderemos algo? Eso es lo que, en mi ingenuidad, me pregunto varias veces al día.

Es verdad que ni siquiera los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial hicieron del mundo un lugar mejor, y que después de la Segunda ni se intentó

Casi por primera vez, estamos sufriendo todos juntos. O al menos pasándolo mal. Por primera vez compartimos una misma preocupación, un mismo miedo. Debería notarse, después, ¿no? Es verdad que ni siquiera los millones de muertos de la Primera Guerra Mundial hicieron del mundo un lugar mejor, y que después de la Segunda ni se intentó; así que no parecen caber demasiadas esperanzas para que unas semanas de nervios y confinamiento vayan a conseguirlo. Y, sin embargo, sería lo lógico. Que recapacitásemos. Que entendiéramos algunas cosas.

Por ejemplo, que nos quedara claro qué profesionales son imprescindibles: los que nos curan, los que nos protegen, los que limpian, los que cultivan, crían, pescan, procesan, transportan y venden la comida, los que fabrican todo lo que parecía asegurado, o los que investigan. Que recordáramos qué gastos lo son también, porque sin ellos no hay civilización. Y que la sanidad pública es nuestro único escudo. Que es la ciencia, la verdadera ciencia, la que nos puede salvar la vida. A quién hay que escuchar y a quiénes tendríamos que expulsar de la escena pública, quién merece ser admirado y quiénes deberían irse a casa a estudiar: la importancia de estudiar. A qué asuntos deberíamos prestar atención y cuáles tendrían que desaparecer de los titulares de prensa. Le hemos visto las orejas al lobo: estas semanas deberíamos identificar lo importante e impedir que las ridiculeces vuelvan a marcar nuestra agenda, tanto la pública como la personal. Deberíamos dar las gracias a muchos y afear la conducta a los caraduras. Podríamos relevar a los jefes que no están a la altura. Podríamos apreciar y reconocer que, pese a que los malos momentos siempre dejan a alguien en evidencia, pese a que siempre hay miserables que continúan enturbiando el agua, esta crisis ha sacado a la luz a una gran mayoría responsable, solidaria y digna de confianza; una mayoría que se ayuda: sería bueno que no lo olvidáramos y asumiéramos que esa misma mayoría puede y debe aspirar a más. Podríamos, al fin, hartarnos de que los mediocres nos representen, no permitirlo más y buscar a los más dignos. Porque nos lo merecemos.

Podríamos hacer eso y mucho más. Como pensar que, si una tos seca y 38 de fiebre nos han asustado, si nos han puesto nerviosos y a veces hasta histéricos, qué haríamos si nos bombardeasen, si nos muriésemos de hambre, si nuestros hijos agonizasen en nuestros brazos. Cómo escaparíamos. Qué pocas cosas nos frenarían. Y qué no les perdonaríamos a los demás si nos cerrasen sus puertas.

¿Sucederá algo de eso? ¿Empezaremos de repente a buscar lo interesante, lo valioso? ¿Aprenderemos a distinguir lo fundamental de lo estúpido? ¿Cuidaremos más, en resumen, la vida que tenemos, después de comprobar su fragilidad? ¿O tampoco ahora?

¿Aprenderemos algo?
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