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Los árboles tienen todos su sombra

Todos los árboles tienen su sombra, en estos campos de Castilla. Todos, no falla ni uno. No hay árboles Peter Pan a la vista

ESTA TARDE, en el tren, veo Heart Beats Loud, o Ritmos del corazón. Trata de un hombre viudo y su hija a punto de marcharse a la universidad. A ambos les gusta la música —él tiene una tienda de discos que recuerda a la de John Cusack en Alta fidelidad—, y ambos tocan, y alrededor de todo eso —padre, hija, falta de la madre, universidad, música, estudios— surgen las dudas al decidir.

"Cuando la vida te plantea dilemas, los conviertes en arte", dice él. Hoy en día se abusa bastante del término inspirador, me parece a mí, pero la verdad es que esta es de esas películas que resultan inspiradoras, con las que te entran ganas de vivir, o que te hacen querer vivir con ganas, que es parecido pero no lo mismo.

Cuando se pone emocionante y tengo que contenerme para no llorar, disimulo mirando a la fila de asientos de enfrente y veo a otro chico, también con barba —hace un mes que yo la tengo—, también rondando los noventa kilos, con los ojos llenos de lágrimas. Ya no somos lo que éramos.
"Tienes que ser valiente antes de ser buena" es otra frase de la peli. Una buena frase. La bondad tiene consecuencias que debemos ser capaces de asumir. Se lo dice, a la protagonista, su reciente novia. Porque la protagonista es -no queda claro si lo descubre en ese momento o no- lesbiana. Y, viéndola, viéndolas, no es solo que yo me pregunte cómo alguien puede todavía ver algo malo o reprobable en algo así -eso me lo pregunto siempre, sin necesidad de películas-, sino que, una vez más, me convenzo de que cualquiera, por muy recalcitrante que sea, cualquiera que se aproxime a la homosexualidad con nombre y apellidos, desde cerca, caso por caso, poniéndole cara, lejos de las reglas abstractas, se verá, de repente, sin argumentos a los que asirse, en un plano de la realidad distinto al de sus teorías condenatorias. Y no sabrá por dónde empezar. Como con tantas otras cosas, como en tantos otros temas eternos o mundanos, esa condena surge del miedo; el miedo, de la ignorancia, y la ignorancia, del desconocimiento, de la extrañeza. Nada nos asusta más que lo que sabemos que está al otro lado de la puerta pero no podemos ver. Casi nada asusta tanto como lo imaginado. Todo lo cual debería indicarnos el camino a seguir, pero no.

La sociedad ha elaborado la noción de lo malo, de lo reprochable, hasta hacerlo, en algunos casos, irreconocible, incompresible para cualquier niño al que le preguntásemos

Quedan muy bien, esas sombras en los árboles, todas redondeadas a esta hora, todas apuntando en la misma dirección, unidas al tronco por su base. Es como si cada árbol arrastrase la suya, tirase de ella.

Sea como sea, es asombroso lo que hemos desarrollado el concepto del mal y de lo incorrecto. Por desgracia. Hasta conseguir que poco tenga que ver, a veces, con una reacción mínimamente natural. La sociedad ha elaborado la noción de lo malo, de lo reprochable, hasta hacerlo, en algunos casos, irreconocible, incompresible para cualquier niño al que le preguntásemos. Y seguimos haciéndolo: rizamos el rizo y buscamos nuevos flecos a lo condenable. Estamos locos. En una evolución demencial, en lugar de haber cada vez más espacio libre, quedan menos huecos donde pisar. A veces, da la sensación de que consideramos que ganar en libertad no es suprimir vetos, sino tener el derecho a poner nuestro propio cupo de prohibiciones.

Pero no sé qué árboles son. Llevo un año y medio viéndolos, salpicados por campos enteros, y ni idea. He preguntado alguna vez, pero todos los viajeros son urbanitas como yo. Me parecen olivos, aunque los veo muy grandes.

Resulta un poco pretencioso relacionar así, en un momentito, la cantidad de faltas que establece una sociedad y su sabiduría -otra palabra sobreutilizada, sin duda-, pero yo intuyo que hay una relación inversamente proporcional entre ambas. La sociedad que da vueltas y rasca hasta definir otro pecado más, la que necesita controlarlo y regularlo todo, es la que menos segura está de sí misma, la menos fuerte.

Si pudiese bajarme y mirarles las hojas puede que los reconociese: una vez viví donde había olivos. Hasta tuve uno en mi jardín. Me hacía mucha ilusión. Me parecía exótico y una suerte enorme verlo cada mañana desde mi ventana. Yo tenía doce años, y con él descubrí que las aceitunas, antes de comerlas, se aliñan.También tenía su propia sombra. Como todos. Las sombras solo desparecen cuando tampoco hay luz.

Los árboles tienen todos su sombra
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