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De Corvite

Celso era el primo carnal de mi abuela paterna, y también su hermano. Así se criaron. Como ella, nació en la aldea de Corvite, en Guitiriz, y acaba de morirse con noventa y cinco años.
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DE CHAVAL, Celso caminaba cada noche hasta As Mámoas, otra aldea, donde un maestro cuyo nombre habría que recordar le daba, gratuitamente, clases. Seguro que más de una vez oyó al lobo. Durante el invierno, era habitual que en las orejas tuviera sabañones, decía mi abuela, porque en casa no tenían electricidad y él bajaba a la carretera a estudiar a la luz de las farolas. En pleno invierno. Ahora pensemos un par de segundos en las excusas que nos solemos poner para no hacer las cosas, y avergoncémonos un poco.

Gracias a aquellos estudios pudo desertar del arado, que era lo que allí y entonces todos anhelaban. Hizo la mili por Marina, en el crucero Miguel de Cervantes, donde cambiaba sus guardias a los fines de semana porque los días laborables acababa el bachillerato. Se hizo Sanitario, y ya se quedó para siempre, primero de suboficial y más adelante como oficial.

Y vivió en Ferrol, como mis abuelos. Se casó con Pilar, una mujer que recuerdo brusca en las formas pero cariñosa, atípica, interesante, que demostraba una gran personalidad desde el primer momento, que miraba distinto. Y los cuatro hicieron mucha vida juntos, porque se llevaron siempre muy bien. Aunque mis abuelos -sobre todo ella, Isabel- los precedieron mucho tiempo a la hora de morir. Iban en tranvía hasta el muelle y allí cogían la lancha a San Felipe, a la playa. Mi padre, de niño, también iba, y recuerda la tortilla y los filetes empanados.

Yo no los traté mucho; ni siquiera a sus hijas, demasiado mayores para mí. Aunque algunos domingos fuimos a su casa, un decimotercer piso en el edificio quizá más alto de Ferrol, porque desde su terraza se dominaba el estadio Manuel Rivera, y todos veían el partido del Racing. Qué pena me da ahora no haber hablado más con ellos. Pero yo era bastante pequeño. De hecho, lo cierto es que hubo una época en la que yo a Celso le escapaba, porque venía a casa a pincharme no sé qué tratamiento, creo que una vez al mes. Yo entonces me escondía donde podía, tratando de retrasar aquellos dos cachetes y, rápidamente, el aguijón de la aguja.

Al principio, les solía preguntar quién ganaba, y él me contestaba, invariablemente, «El que no pierde».

Pero como más lo recuerdo es cuando venía, solo o con Pilar, de visita a nuestra casa de la Avenida de la Paz, y jugaba al ajedrez con mi padre. Se sentaban en la mesa camilla de la sala, junto a la ventana, al sol cuando había sol, y echaban una o dos partidas. Nosotros estábamos viendo la tele en el sofá, mientras, o llegábamos del colegio y los encontrábamos allí. Al principio, les solía preguntar quién ganaba, y él me contestaba, invariablemente, «El que no pierde». Me contestaba en voz bajita, sin dejar de atender a la partida, con ese gesto plácido que no llegaba a ser una sonrisa pero lo parecía. El gesto que siempre le vi, no solo de buena persona, sino de quien está bien, de alguien que está en calma, tranquilo. Mientras pensaba, al jugar, a menudo tarareaba, muy bajito también. Qué bonito debía de ser para mi padre tener aquella relación. 
Aquellas tardes en aquella sala con ellos dos a los lados del tablero, u otras con mi padre leyendo y mi madre calcetando en la misma mesa camilla, y mi hermano y yo merendando, son mi imagen de una infancia feliz.

No conocí bien a Celso. Ni a Pilar, que es la que queda. Se puede decir que de adulto ya nunca los volví a tratar, porque cuando él se retiró se mudaron a Santiago. Iban a bailar todas las tardes, y durante treinta años pasaron el Fin de Año en Benidorm. Quién se lo iba a decir, cuando cruzaba de noche el monte. Pero, al recordarlo, deduzco que fue un hombre contento con su vida. Que sabía que tenía motivos para estarlo. Y es algo que envidio: esa serenidad, la serenidad que relaciono con cierto grado de aceptación de la vida, con haber alcanzado la sabiduría suficiente para saber cuándo las cosas están bien como están.

Para mí, que no tengo la suerte de ser creyente, la muerte resulta inconsolable. Y no, no es verdad que el recuerdo siga manteniendo vivos a quienes nos dejaron; al menos no de un modo que a ellos les pueda valer, por mucho que nosotros nos aferremos a la huella que queda y la agradezcamos. Pero supongo que, si hay algo que pueda confortarnos en alguna medida al llegar al final, si hay algo que nos pueda dejar una sensación parecida a la calma, será una certeza última de haber vivido lo mejor que supimos, de haber, mientras estuvimos aquí, intentado aprovechar nuestra oportunidad con todas nuestras fuerzas. Como Celso.

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