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En todas partes

Portorosa se quitó sus gafas de intelectual para ver la película Love actually relajadamente

EL OTRO DÍA mi hija me contaba que una compañera suya de clase decía que Love Actually era una tontería superficial, un montón de estereotipos ridículos. Está claro que la niña, de quince años, apunta maneras y además sabe escuchar a sus mayores; pero a mí me dio la oportunidad de explicarle a Paula que, igual que es de tontos no analizar nada, también lo es analizar de más, y que no se puede ir siempre con las gafas de intelectual puestas. Que hay que relajarse un poco, de vez en cuando.

A mí no solo me gusta Love Actually sino que me atrevo a afirmar que los de mi generación, con ella, hemos asistido a la aparición de un clásico del cine; o al menos del cine navideño. Y ayer nos volvimos a relajar y la volvimos a ver. Y me volvió encantar. Sobre todo las historias de Billy Mack, el abuelo del rock, Karen y su crisis conyugal, Jamie y su romance portugués y, por supuesto, don Hugh, que qué bien hace siempre ese papel que siempre hace.

Para compensar, esta semana hemos visto el documental La teoría sueca del amor, que sostiene que el gran propósito que la Suecia de Olof Palme se marcó a finales de los 70, consistente en lograr las plenas independencia y autonomía personales de todo ciudadano, ha generado, cuarenta años después, una sociedad de individuos aislados, con escasas y pobres relaciones íntimas. Una sociedad en la que la mitad de los adultos viven solos y que tiene una agencia estatal dedicada a localizar a las familias de todas las personas que mueren sin nadie a su lado. Asegura que aquella independencia, teóricamente de lo más deseable y planteada a un mismo tiempo como objetivo de desarrollo socioeconómico —el Estado como proveedor de toda necesidad material— y cultural —ninguna relación personal condicionada por ningún tipo de dependencia, sino basada en una absoluta libertad de decisión—, ha creado una sociedad aquejada de un enorme problema de soledad.

No cabe duda de que esa imagen es solo una de las múltiples versiones de la historia. Al fin y al cabo, en el Índice de Felicidad de la Onu Suecia alcanza un espectacular noveno puesto, frente a nuestro trigésimo sexto. Claro que, ¿Qué hace más feliz?, ¿Un PIB elevado o tener compañía? Es un debate interesante, del que, si uno está dispuesto a profundizar lo bastante como para ir más allá de los tópicos, se puede aprender qué camino seguir o, al menos, cuál tratar de evitar.

Mientras tanto, y precisamente porque normalmente analizamos y sabemos que ni aquí ni allí faltan razones para la tristeza, bienvenida sea una película que durante un rato nos convence de que el amor está en todas partes.

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