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Nuestro opio

Vivimos tiempos interesantes, como reza la supuesta maldición china. Es decir, tiempos de crisis, de problemas e incertidumbres.
Augusto Monterroso. ARCHIVO
Augusto Monterroso. ARCHIVO

TIEMPOS DE prisas, de precipitación, en los que las dudas, paradójicamente, en vez de detenernos nos hacen correr más. Tiempos en los que, entre otras muchas cosas, es preciso insistir en la necesidad de pararse a pensar, en la importancia de no medirlo todo por su rentabilidad inmediata y su utilidad práctica. Tiempos en los que hay que hacer el boca a boca a las moribundas humanidades: las letras, la filosofía, la historia, el arte... Tiempos en los que parece necesario recordar que la universidad no debería convertirse en un ciclo avanzado de formación profesional, en los que hace falta reivindicar el estudio y la investigación a largo plazo, la importancia de que alguien mire a lo lejos.


El pensamiento, la teoría, la reflexión abstracta, no son contingentes, como los habitantes del pueblo de Amanece que no es poco, sino necesarios, como su alcalde. Aclaran dudas, o las plantean y las sitúan en el centro del debate; muestran los senderos que se bifurcan y nos dan razones a favor y en contra de tomar uno u otro. Poniéndose cursi, si las ingenierías, la contabilidad, la programación y la siderurgia son el motor que nos hace avanzar, ellos son el faro que nos sirve de referencia, o el compás que nos da el rumbo; pueden ustedes elegir la tópica metáfora que deseen.

Y la inspiración. También la inspiración hace falta, quién lo duda. La inspiración que empuja, que alienta y consuela. Incluso hay cosas tan raras como la música, la poesía o la pintura, que no es que nos den herramientas para la vida, es que nos dan razones para vivir.

Y todo, todo eso, lo tiene que hacer alguien. Lo tiene que alimentar alguien, alguien tiene que hacerle sitio en la agenda, celebrarlo, metérnoslo en el día a día por si nos olvidamos. Sin duda los colegios y nosotros, los padres, pero también las asociaciones de vecinos, los clubes, los ateneos, las casas de la cultura municipales y las diputaciones provinciales con sus libros caros. Bienvenidos sean.

Pero.

Porque hay un pero, claro.

Yo he estado en una asociación vecinal, he conocido a asesores culturales de ayuntamientos y he trabajado con profesores; y no deja uno de estar en el filo de la navaja


Hace poco veía un meme basado en El Señor de los Anillos, y que por lo tanto mi hermano no entendió. En él, Aragorn le decía al rey Theoden de Rohan que el reino de Góndor pedía urgentemente su ayuda. En el libro y la película, Theoden vacila, pero finalmente acude con sus jinetes a auxiliar a sus vecinos. En el meme, en cambio, contestaba que sí, que sin pegas… y ponía en su foto de perfil de Facebook un banner con el árbol blanco sagrado de Góndor, en señal de solidaridad y apoyo moral. Tras lo cual, supongo, cerraría la puerta de casa y se quedaría allí tan campante, contando likes.

¿Dónde acaban el discurso necesario y esclarecedor, el compromiso, la toma de partido, el testimonio y el ejemplo, y empieza la estupidez?

Yo he estado en una asociación vecinal, he conocido a asesores culturales de ayuntamientos y he trabajado con profesores; y no deja uno de estar en el filo de la navaja. Cuántos esfuerzos estériles, cuántos proyectos dedicados a hacer eco, a sentirnos bien y tranquilizarnos, a convencernos a nosotros mismos de que estamos haciendo algo, cuando no hacemos nada de nada. Quién no ha leído que en Estocolmo formaban una cadena humana por algún atropello a diez mil kilómetros de Suecia y ha suspirado con hastío.

En Inutilidad de la sátira, una entrevista que le hicieron en el año 1972, el guatemalteco Augusto Monterroso, el padre del dinosaurio más breve del mundo, dijo que "la ilusión de que se hace camino al oír cantar que se hace camino al andar es nefasta".  No se puede explicar mejor y con menos palabras, como buen microrrelatista. Y añadió, escéptico: "Bueno, cada clase tiene el opio que se merece".

Es importante pensar y hacer pensar, marcar un rumbo, posicionarse, opinar y, en definitiva, influir en nuestra sociedad. Es imprescindible. Lo contrario es dejar que los energúmenos impongan sus dos ideas y nos lleven por donde quieran. Pero no lo es menos ser consciente de cuándo deja uno de aportar algo y entra en el absurdo de la autocomplacencia, del espejismo del logro, del esnobismo, de la ilusión infantil de hacer, pero sin hacer. Y todo desde nuestro móvil, desde una mesa redonda o el sofá, que es donde nosotros consumimos nuestro opio.

Nuestro opio
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