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Que merezca la pena

Mejorar su inglés. No veía ningún otro beneficio en aquella experiencia

EN LA UTILIDAD de lo inútil —Acantilado, dónde si no—, el profesor italiano Nuccio Ordine trata de hacer ver lo discutible que es el criterio que actualmente se impone a la hora de clasificar los conocimientos en útiles e inútiles.

Explica hasta qué punto el enfoque pragmático actual, eminentemente económico, se equivoca al identificar qué es importante y qué no. Como profesor que es, centra parte de su crítica en la enseñanza, que no solo en su etapa universitaria sino ya en la secundaria presume de orientarse cada vez más hacia el mercado laboral; con lo que eso supone de menoscabo de la amplitud de la formación básica y lo que tiene de puntilla para la depauperada capacidad investigadora de nuestro mundo académico. Pero no se queda ahí Ordine y sigue insistiendo en que, en general, lo teóricamente superfluo puede acabar siendo lo que haga que nuestra vida valga la pena. Los ejemplos son tantos y tan variados que no tiene demasiado sentido enumerarlos, pero él, como cabía esperar tratándose de un filólogo y un amante de la literatura, piensa sobre todo en el arte, en el placer estético, el conocimiento por sí mismo y en la posibilidad de dotar a la vida, si no de un sentido, al menos de cierta consciencia.

Cuenta que, en plena Guerra Fría, una comisión del Senado estadounidense evaluaba la financiación de un proyecto científico y, en un momento de las conversaciones, un senador, harto ya, le preguntó al director cómo contribuiría aquello a mejorar la defensa nacional. La respuesta fue maravillosa: "Este proyecto no mejorará en nada la defensa de la nación, pero contribuirá a que la nación merezca ser defendida".

Ayer, unos padres comentábamos con una profesora el intercambio que, durante una semana, van a hacer nuestros niños con varios institutos extranjeros. Entonces uno de nosotros, lleno de razón, preguntó si aquello les iba a valer para algo; que, total, solo una semana… A mí me costó unos segundos entender qué quería decir, para qué pretendía que valiera. ¿Cuál era, para él, el propósito del viaje? Imaginé que mejorar su inglés. Que no veía ningún otro beneficio en aquella experiencia. Ninguna otra utilidad. Ni él ni los que recibieron su comentario con la sonrisa de complicidad del que va a hacer la vista gorda a aquella escapadita, aunque esté claro que es una completa pérdida de tiempo. Y entonces yo me adelanté, los miré fijamente y les dije: "Este viaje no enseñará ningún idioma a nuestros hijos, pero probablemente contribuya a que merezca la pena que lo hablen".

Bueno, decir no lo dije, pero lo pensé.

Que merezca la pena
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