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Querer quererse

Siete cañas, dos claras y un rioja: así comenzó el resto de la noche.

ANTES HABÍAMOS compartido unas patatas con pimientos fritos. Que no es un sabor tan típico como las patatas fritas con huevos, ni desde luego como las patatas fritas con huevos y chorizo, pero tampoco está mal, también hunde sus raíces en el albor de los tiempos, en unos platos verdes. En cuanto a excesos, las Navidades son casi lo de menos; lo peor son los prolegómenos y el relleno entre fiesta y fiesta. Escribo esto a las doce de la noche del 25 y ya tengo la impresión de no poder más.


Al lado teníamos a una pareja en una mesa. Él jugaba al Candy Crush en el móvil y ella hablaba por videollamada con el que debía de ser su hijo, que estaba en la cama con cara de sudársela todo, y en particular aquella conversación. Por suerte, una ración de pollo al cabrales vino a sacarlos de aquel pozo, a salvarlos. Qué sería de nosotros sin las comidas, qué haríamos si tuviéramos que sentarnos a mirarnos, sin más.


Aunque hoy ha sido un buen día. Por la mañana, después de desayunar —algo que ayer de noche parecía imposible que alguna vez pudiera volver a hacer—, tuve un momento estupendo: cogí la guitarra y estuve un rato cantando con los niños. Me gustó mucho y en cierto modo me tranquilizó sobre algunas cosas. Luego, para la comida, hemos tenido una gran reunión familiar, después de la cena tranquila de ayer, y me he sentido muy bien. Mejor que en bastantes años. Nos hemos reído escuchando historias oídas mil veces, mientras los orificios nasales de un cerdo nos miraban desde el centro de la mesa. Qué cosa fascinante e incomprensible, la familia. Personas a las que ves poco o nada en todo el año, en parte porque ni ellos ni tú mostráis mayor interés, pero con las que quieres mantener los lazos, que quieres y necesitas conservar en tu vida; y con las que te debates entre intentar mostrarte como eres ahora mismo o seguir siendo el de hace cuarenta años, cuando se tejió la malla que os une. Como ellos, que pueden continuar en sus papeles de siempre o de repente darte la sorpresa de dejarse conocer.

La noche de los pimientos acabó bien. Y quedan más. Y más felicitaciones al cruzarnos por la calle. Al margen de todos los tópicos, del consumismo o cualquier otra razón espuria que pueda seguir apuntalando la vigencia de las Navidades, hay, en todo caso, algo genuinamente bueno en que por unos días todos nos pongamos de acuerdo en colocar el amor en un lugar central. O al menos hagamos el intento. Porque, si me apuran, yo diría que hasta en el hecho de fingir tenernos cariño hay algo bonito.

Querer quererse