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Quesos y aceitunas

HOY LE COMENTABA a Marta que me da la sensación de que pasan los días y no hago nada. Que me gustaría sacar algo en limpio de tanto tiempo en casa, aprovecharlo de un modo más claro.

Y me decía ella que en realidad tampoco tenemos tanto tiempo. Es verdad: yo me paso la mañana y más o menos media tarde trabajando, y a veces se prolonga hasta la noche, porque todo lo hago con ese ritmo poco eficiente, propio de quien no está acostumbrado a que su hogar sea también su oficina, y su tiempo de trabajo doméstico, atención a los niños y ocio se entremezcle con su jornada laboral. Y al final acaba el día y, sí, he visto una película, he escuchado algo de música mientras escribía y he leído algo, pero poco y no muy bien.

No me quejo de los artículos que me llegan, en general. También es verdad que cada vez selecciono mejor las fuentes y acierto más. Pero, aun así, aunque el porcentaje de basura virtual que me trago va bajando, todavía me sobra mucho. Y, claro, ya no es tanto lo que te sobra, lo que te molesta, sino lo que eso te quita, el tiempo que te hace malgastar, que te roba. En fin, lo de siempre, el ruido; pero estos días lo noto más, porque, tal vez tontamente, me creo que este confinamiento debería permitirme rescatar deseos que, en la vida normal, sucumben al ritmo diario. 

Por ejemplo, ahora estoy leyendo Viajes con Heródoto, del polaco Kapuscinski, pero en cuanto lo acabe quiero empezar El Quijote; que no, no he leído.

Y dice Kapuscinski que en sus viajes con frecuencia se entendió con muy pocas palabras y muchos gestos, y que la tecnificación de nuestras sociedad va alejándonos poco a poco del lenguaje corporal, del tono, del movimiento de las manos y de las expresiones del rostro, y dejándonos solo con la palabra. Que es insuficiente y -dice él- menos sincera. Y lo dice habiendo conocido internet, pero no las redes sociales en su actual esplendor. Ni, por supuesto, imaginándose una situación como esta, en la que la comunicación por escrito está desbancando a la oral también en el plano personal, lo cual representa, parece, un nuevo paso atrás. Y no solo porque el lenguaje escrito sea más descarnado y nos falte todo el envoltorio, sino porque tenemos un problema serio para expresarnos con él. Y si el teletrabajo va a más, y con él los mensajes de texto, y las reuniones se sustituyen por cada vez más correos, etc., comprobaremos hasta qué punto nos cuesta entendernos. No sabemos escribir, y leemos regular.

Para que nos salga una sociedad decente, la receta es fundamental. Y de hecho nos pasamos la vida discutiendo sobre ella, sobre la mejor forma de organizarlo todo

También habla de la cultura griega, mediterránea, de la que fue hijo Heródoto hace dos mil quinientos años. De un sol, de un mar y de un talante, y de cenas al aire libre en noches cálidas. De personas charlando bajo una parra en la falda de un monte mientras comen queso y aceitunas y beben vino fresco, dice. Lo del queso y las aceitunas me parece el sumun del buen vivir. Y puede que exagere, y sin duda lo idealizo, pero a mí, desde hace tiempo, y más estas semanas de noticias frías provenientes de la Europa septentrional y de otras latitudes, cada vez me resulta más atractivo ese Mediterráneo, que no solo es cuna de nuestra civilización sino que la forjó a base de lucha y guerras, por supuesto, pero también de intercambio, de acercamiento, de mezcla. Y de hablar gesticulando.

Así que leo en la cama, que es de las cosas que más me gustan en el mundo, y al apagar la luz, después de que el libro se me haya caído en la cara tres o cuatro veces, una voz, creo que interior, me inquiere si no soy consciente de mi suerte, de que soy un privilegiado, preocupado nada más por si me cultivo mejor o peor. Y le digo que sí, y que ya lo sabía, que no me hacía falta vivir una cuarentena, ni ver la enfermedad y los ertes rondando para darme cuenta. Soy consciente de que no tener dificultades materiales sigue siendo un privilegio.

También sé que, para que nos salga una sociedad decente, la receta es fundamental. Y de hecho nos pasamos la vida discutiendo sobre ella, sobre la mejor forma de organizarlo todo. Pero creo que tendemos a olvidarnos de la materia prima, que descuidamos los ingredientes: nosotros, los ciudadanos, las personas. Porque los buenos ingredientes casi se cocinan solos, y casi seguro que sale algo rico. En cambio, si son malos, poco hay que hacer, es difícil salvar el plato.

Y estoy convencido de que estudiando con mis hijos, pensando en nosotros y escogiendo mis lecturas me hago un poco mejor. Por ejemplo, siguiendo los viajes por Asia Menor, Persia y Egipto del primer historiador conocido. Mejor para mí y para los demás.

Quesos y aceitunas
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