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Superpoderes

En la serie After Life, el protagonista tiene un superpoder: le da igual lo que piensen los demás.
After Life.EP
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ACABAMOS de ver la segunda temporada. El actor, guionista y director es Ricky Gervais, el cómico inglés, el protagonista de la versión británica de The Office y presentador mordaz de varias entregas de los Globos de Oro. Me gusta mucho esta faceta dramática suya. Es un hombre de unos cincuenta años, periodista local en un pueblo aburrido, deprimido porque su mujer se ha muerto, de cáncer. Ha pensado varias veces en suicidarse, pero no lo hace porque su perra no sabría abrirse las latas de comida. Son capítulos de media hora escasa, y casi todos tienen su ración de lágrimas y su ración de risas. Está muy bien.

De repente, hay citas que se ponen de moda. Como esa de Kant, según la cual la inteligencia de una persona es proporcional a la cantidad de incertidumbre que es capaz de asumir. Eso, si nos limitamos a lo intelectual, es fácil de comprender y de llevar. Incluso queda bien, se puede presumir de ello: el atractivo de la duda, solo sé que no sé nada, nada más que los ignorantes están seguros, el efecto Dunning-Kruger, etc.

El problema surge —me surge— cuando hablamos de otros tipos de incertidumbre: sentimental, moral, social. ¿Cuánta inseguridad afectiva soporto, o, lo que es lo mismo, cómo de cobijado sentimentalmente necesito sentirme, para estar bien? ¿Y cómo acepto el hecho de alguien tenga mal concepto de mí? ¿O cuánto me importa tener razón, dejar claro que la tengo? Hace un año o dos escribía Juan José Millás un artículo estupendo sobre esto último. Se titulaba Ternura, porque eso era lo que le inspiraban los que sufrían esa condena.

Imagino que en este punto habría que mencionar la autoestima, pero confieso que me tiene un poco harto, le he cogido algo de manía

Es interesante preguntarse hasta qué punto mi tranquilidad mental, mi ánimo, mi estabilidad, dependen de permanecer dentro de un marco que me rodee y me proteja; pero no un marco únicamente de certezas teóricas, de conocimientos, sino de referencias morales, de listas de qué está bien y qué está mal, de quién es bueno y quién, malo, de cómo caigo, de si me aprecian, de si me respetan, de qué piensan de mí. ¿Cuánto nos importa todo eso?

Imagino que en este punto habría que mencionar la autoestima y decir algo sobre ella, sobre su papel como antídoto de esa intoxicación, de su función como chaleco antibalas; pero confieso que me tiene un poco harto, le he cogido algo de manía.

Uno de los cuentos del Conde Lucanor, también incluido entre los clásicos del sufí Nasrudín, toca el tema. Es la historia de un padre y un hijo, y su asno, y en ella el hombre le muestra al niño la importancia de poner límites a lo que nos influyen las opiniones ajenas.  Principalmente, porque las hay para todos los gustos. Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal, buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar, le dice Patronio a don Juan. Lo contrario es tanto como seguir los consejos de un loco caprichoso; no llegaríamos a ningún puerto, pero tampoco nos permitiría descansar.

Ahora que por fin estoy leyendo El Quijote, ya puedo teorizar sobre él como el que más. ¿Y qué le importa a don Quijote? ¿Qué le mueve y qué le afecta? Nada ni nadie, salvo su propio parecer. Solo su idea del bien, del honor y de la virtud. E incluso lo lleva más lejos, porque no se deja influir ni por los hechos tangibles. Está loco, claro, pero así es. O así es porque está loco.

Con esa pérdida ha desaparecido también la única opinión que le importaba. La de los demás le resulta indiferente.

El protagonista de After Life, Tony, no tiene ningún superpoder, obviamente; simplemente le da igual todo. Y todos. Y por lo tanto ya no encuentra motivos para seguir manteniendo la mínima capa de hipocresía que exige la convivencia. No solo ha perdido su referente vital, lo que lo anclaba al mundo y hacía que el mundo le gustase, sino que, además, con esa pérdida ha desaparecido también la única opinión que le importaba. La de los demás le resulta indiferente. Y la consecuencia es que, en cierto modo, se ha liberado. Ya no le importa ser juzgado. Al fin y al cabo, cuando estás cayendo al vacío, ¿qué otra cosa peor te puede pasar?

Conque, bien por desesperación, bien por enajenación mental, Tony y Alonso Quijano han conseguido desembarazarse de ese lastre. Podrían servir de ejemplo. Claro que sería preferible llegar a eso, alcanzar ese grado de libertad, esa madurez, sin perder, en el intento, el contacto con la realidad o el interés por los demás. Porque pocas victorias se logran huyendo.

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