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Un hogar lejano

Chatwin parece obsesionado por decir de qué color está pintado todo, cualquier casa, cualquier habitación, la cocina verde donde le dan de cenar, un cercado o una pocilga. También describe las aguas negras y las nubes púrpuras.

HACÍA MUCHOS años que quería leer En la Patagonia, el mítico libro de Bruce Chatwin. En su momento, no sé por qué, no lo encontré, pero la semana pasada me acordé de él en una librería, y lo tenían. Acabo de terminarlo en el tren, que no es mal sitio para terminar un libro de viajes.

Es curioso: me ha gustado mucho y, sin embargo, me ha decepcionado. O, dicho de otro modo: a pesar de no haberme deslumbrado como esperaba, me ha encantado.

No me ha parecido un libro tan de viajes como me lo imaginaba; me ha faltado paisaje y me ha sobrado historia familiar. Me ha faltado tanto paisaje que con esta lectura no me habría hecho una imagen clara de cómo es la Patagonia; o no más que los sabios ciegos del cuento se la hicieron del elefante: a trozos. En cambio, conozco al dedillo las andanzas de un tío abuelo suyo, y no me han parecido de un interés que justificase tanto protagonismo. Como libro de viajes que permite acabar con una idea general de un lugar, tengo mejor recuerdo, por ejemplo, de El corazón perdido de Asia, de otro inglés, Colin Thubron.

Por otro lado, si uno no sabe nada de esa parte del mundo, leyendo En la Patagonia llega a la conclusión de que ha estado poblada casi exclusivamente por británicos -la mitad de los cuales, además, eran escoceses-, más algún que otro alemán y una colonia de boers que llegaron allí, los muy ilusos, huyendo de una Sudáfrica demasiado inglesa para su gusto. Hay indios -onas, haush o yámanas-, pero ocupan un lugar tan marginal en el libro como en aquella sociedad durante cuatrocientos años. Y sí, de vez en cuando tiene a bien nombrar a algún argentino o chileno de origen español, pero parecen raras excepciones en medio de un entorno eminentemente anglosajón.

Entre las consecuencias, además de un modo de encarar la colonización que hace palidecer a nuestra Leyenda Negra y a cualquiera, están los jardines de rosas y laureles en las pampas

Supongo que, cuando en el Antiguo Testamento leen que los judíos son el pueblo elegido, los ingleses se parten de risa, y sencillamente concluyen que Dios no se entera. Porque, al menos durante un par de siglos, han pensado que, no ya el pueblo elegido, sino la única raza digna de llamarse civilizada, eran ellos. No sé, quizá cada pueblo dominante, en su momento de gloria, ha caído en la tentación de considerarse intrínsecamente superior al resto; pero es pasmosa la naturalidad con la que, en su caso, parecían darlo por sentado. Entre las consecuencias, además de un modo de encarar la colonización que hace palidecer a nuestra Leyenda Negra y a cualquiera —excepto al belga Leopoldo, me temo—, están los jardines de rosas y laureles en las pampas, los juegos de té en el corazón de la selva, los clubes de caballeros en aldeúchas perdidas y las compañías mercantiles llegando al último confín del mundo donde hubiera opciones de negocio; todo tan fuera de lugar que solo la indiferencia o el desprecio absoluto hacia lo local pueden explicarlo. Elementos y comportamientos tan voluntariamente inadaptados que su mera presencia, incomprensible y ajena a toda lógica a ojos del observador, en sí misma se convertía en una especie de prueba de un poder ultraterreno. Y ellos eran los primeros convencidos. Supongo.

En la Patagonia, aunque haya resultado no ser el libro ideal que esperaba, es magnífico. No solo es capaz de hacernos imaginar su viaje extraordinario; también -y sobre todo- nos permite asomarnos a vidas inconcebibles. Vidas de ganaderos que se jugaron todos sus ahorros a una carta, de marineros sin un lugar a donde regresar, de indios considerados poco más que fauna, de mujeres que tomaron el rifle de las manos de sus difuntos y siguieron de pie ante las puertas de sus haciendas, de mineros, de exploradores, de buscavidas que no supieron jamás lo que era pasar una noche a salvo. Vidas tan duras, tan solitarias, tan extremas en la geografía y en sus reglas, en ocasiones tan miserables, sórdidas y deshumanizadas, que apenas es posible imaginarlas. 

A mí, que siento que, para cerrarse bien, el ciclo vital pide que uno termine sus días donde nació, que me resulta poco menos que desoladora la idea de reposar en una tierra extraña donde no esté nadie mío, me cuesta comprender cómo hubo gente que cruzó el mundo y se estableció en otros finisterres, y los llamó hogar. Por qué cultivaron una huerta junto a uno de los brazos del Estrecho de Magallanes, o levantaron una estancia desde la que veían los barcos volviendo de pasar Hornos, o construyeron una casa con techo de lata y en el salón pusieron la cómoda de caoba traída de Europa. Y los llamaron hogar, a la vez que echaban sinceramente de menos un pueblecito que no habían conocido, en un país cuya lengua no sabían, y que no pisarían nunca. Personas hechas de otra madera, o a las que la vida endureció hasta serlo. Personas que fueron capaces de echar raíces en el lugar nuevo que escogieron.

Tal vez Chatwin quería explicar precisamente eso. Tal vez quería explicarlos a ellos, y no un paisaje.

Un hogar lejano
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