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Difícil de asumir la realidad

TRAS UNA semana agónica, Cristina Cifuentes se despojó del penúltimo cargo que le quedaba. En una carta, en la que no escatimó elogios al que ha sido su "partido de toda la vida", anunció su renuncia a la presidencia del PP de Madrid. Era imperativo dejarlo porque el siguiente paso habría sido un cese, todavía más humillante, impuesto desde Génova.

En solo siete días, la que fuera presidenta madrileña, ha tenido que asumir que la obtención, supuestamente fraudulenta, del Máster era un hecho gravísimo, que había mentido a la Asamblea de Madrid, que su órdago a Mariano Rajoy le había hecho perder el respaldo del sector afín de su partido y que su vida personal había sido arrojada al lodo y al descredito.

Cifuentes siempre ha tenido dificultades para medir sus fuerzas, analizar la realidad y dar un paso atrás cuando los enemigos te cercan. Y esta crisis ha dejado en evidencia que no hay piedad para los perdedores en política. Todos los asideros a los que se aferraba han ido fallándole y, en un último acto de cinismo, compadeciéndose de su triste suerte.

Ángel Garrido, el hasta ayer su mano derecha en la Puerta del Sol, asume la interinidad sin la menor garantía de ser el candidato a la investidura y mucho menos el cabeza de lista para las elecciones de 2019. La situación electoral del PP en Madrid es tan dramática (no hay más que echar un vistazo a la encuesta publicada el viernes en El País) que no se descarta, incluso, que un independiente pueda ser el cabeza de cartel.

De momento, y para salvar los muebles, se pretende que este último año de legislatura los madrileños olviden los escándalos y que un presidente, del PP, por supuesto, y con un pasado tan blanco como la cal, lleve a cabo una gestión discreta, estrictamente tutelada por la dirección.

Es verdad que la distancia es el olvido y que el tiempo todo lo cura, pero las humillantes imágenes que las televisiones han pasado en bucle, de una Cifuentes sacando sus pertenencias del bolso ante un vigilante jurado, son devastadoras y le va a resultar muy difícil mantener su escaño en la Asamblea de Madrid. A un año de la cita con las urnas, su mera presencia en los bancos del PP puede convertirse en la excusa de la oposición para recordar los escándalos de la gestión de todos y cada uno de los presidentes populares. Si a ello le sumamos la imputación de Gallardón en el caso Lezo, las idas y venidas de Ignacio González y Paco Granados por los tribunales, los juicios de la Púnica y Gürtel, es más que posible que acepte el Consejo de Esperanza Aguirre de: "en casa se está muy bien".

Madrid se va a convertir en los próximos meses en la punta de lanza de la batalla de municipales y autonómicas. El PP no las puede dar por perdidas aunque es difícil remontar el desastre. Pero Ciudadanos tampoco puede dormirse en los laureles no vaya a ser que el apocado de Gabilondo les coma, casi sin querer, el terreno.

Difícil de asumir la realidad
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