Motas de polvo
LIONEL SCHRIVER, en el principio, se llamaba de otra forma. Margaret Ann, concretamente. Entre un nombre y otro, un tiempo que duró quince años, pasaron cosas. La historia comienza en el año 1957, en Gastonia, una pequeña ciudad norteamericana situada al sur del estado de Carolina del Norte. Una familia de cinco, padre, madre, dos hijos y una hija. Nuestra Margaret. Una familia rígida, dirigida por un ministro presbiteriano encargado de imponer las normas más estrictas y un ama de casa dedicada a hacerlas cumplir. Los roles estaban marcados y los caminos trazados. Desviarse en cualquier dirección, ante esa intensa, asfixiante y paralizadora vigilancia moral, iba a ser un problema. Y, efectivamente, lo fue. Cuando tenía ocho años tomó una decisión propia de un adulto consciente de su madurez: renunciar a esa religión opresiva. A los quince se cambió el nombre. "Sólo aspiraba a ser alguien. Mi padre era el jefe, y él y mi madre tenían mayores expectativas para mis dos hermanos". Se puso Lionel, un nombre masculino que arrastra tras de sí una completa declaración de intenciones.
Así que, nuestra Lionel se traslada a Nueva York a estudiar Bellas Artes a la universidad de Columbia, allí realiza un máster en Periodismo y decide que lo que quiere es escribir. Empieza a combinar escritura y trabajos periodísticos y poco a poco se va haciendo hueco —siempre polémico— como columnista de opinión. Hoy escribe en The Guardian y The Spectator, los medios británicos en los que publica, una y otra vez, artículos controvertidos. Por un lado, se dirá que con la intención única de enfrentamiento y, por otro, se dirá que con el objetivo de poner ante los ojos la realidad actual, con toda su crudeza y todo su absurdo. Lo que sí ha quedado claro, a lo largo de los años, es que Lionel Schriver no solo no evita ningún debate, sino que, la mayoría de las veces los provoca. Una labor que no debería resultar impactante ni, mucho menos, reprobable. Observar, con una curiosidad asociada a la comprensión del mundo, y después exponer lo observado, al principio, durante un tiempo, tuvo su sentido. "Si llevamos esta actitud al límite llegaremos al punto en el que yo no pueda escribir una sola oración sin ofender a alguien de alguna manera… será el fin de la ficción". Cosas así. O, por ejemplo, así: "Prefiero vivir en un mundo en el que podamos golpearnos unos a otros de manera verbal, que siempre es una mejor alternativa que censurar. Como lector, además, puedes decidir no leer a Lionel Shriver. Es lo hermoso de la libertad".
El año 1987 es importante porque indica un logro y un cambio. Publica su primer libro, titulado 'The Female of the Species', sin edición en español, y se muda a Belfast. Ya había vivido en Nairobi, donde trabajó como periodista: "Kenia fue la respuesta a mi deseo y sospecho que por eso mis libros han regresado a ahí". Con el deseo se refiere a un sentimiento nacido en el trascurso de un viaje con su padre al país, para visitar escuelas e iglesias. Y el libro más vinculado con aquel paisaje es 'Game Control', publicado en 1994, y tampoco disponible en español. Y había vivido en Bangkok, también trabajando como corresponsal. Dice que se considera ciudadana del mundo y que se fue a Belfast "en busca de problemas". Doce años en los que, además de escribir y publicar novelas —de las que no disponemos todavía edición en español—, se adentró en un mundo tensionado, lugar especialmente atractivo para ella, que gusta de señalar verdades que ofenden y dar luz a cuestiones moralmente vergonzosas, ya saben, secretos normalmente inconfesables. Los temas que le preocupan, los que aborda en sus novelas, contienen retazos de su biografía, como si fueran trozos de piel o rasgos tipográficos de su nombre. Lo comprobamos con la experiencia africana, reflejada en un libro posterior y con la irlandesa, que conecta con otro libro, más reciente y traducido al español, titulado 'Propiedad privada' y editado en 2018. "Me siento muy atada a las pequeñas cosas y, aunque me muevo mucho, suelo arrastrar esas cosas conmigo y desarrollar sentimientos profundos por ellas". Todo eso que arrastra, todo eso que se mueve con ella, aquí y allá, termina encontrando un reflejo en sus textos.
Publica ocho novelas con poco recorrido, en lo que se refiere al éxito de crítica y público lector, hasta que, en el año 2003, da el triple salto en la arena literaria y todos, desde abajo, entre nerviosos y sorprendidos, entre tensos y escépticos, aplauden diligentes mirando hacia arriba. ¿Habrá caída? Quién sabe.
En 2003 se publica la novela 'Tenemos que hablar de Kevin' (en España, 2009), que ganó el Premio Orange en 2005 y llegó a todos los rincones del mundo. Esta vez, sí. Treinta editoriales rechazaron el manuscrito. A la treinta y una le tocó la lotería. El fenómeno internacional que supuso el libro le permitió cambiar las reglas de juego. A pesar de que, desde la Margaret quinceañera que se vuelve Lionel, hasta el personaje de Kevin —un adolescente que protagoniza una matanza escolar—, la impresión que da es que es ella la que va estableciendo las normas del cómo hacer, cómo ser, cómo vivir, lo cierto es que la fama mundial desplaza ciertos asuntos y ciertas necesidades, lo que supone un desahogo para abordar las cuestiones que siempre estuvieron ahí, pero con más fuerza.
Los libros siguientes lo confirman y los artículos de opinión también. Ya entran en el puzzle las palabras controversia e incomodidad y comienzan a asociarse con Lionel, esa escritora, esa polemista. Los desmayos figurados, ahogos, rechazos, ofensas y escándalos continuaron unos buenos años, al prolongarse la historia de Kevin, el hijo asesino, y Eva, la madre en posición ambigua, con su adaptación a pantalla grande. La película se estrenó en 2011, la dirigió de Lynne Ramsay y la protagonizó Tilda Swinton, y llenó todos los espacios de debate y grito existentes en aquel momento.
Entonces. El mal encarnado en seres que bien pueden ser nuestros hijos, la maternidad en cuestión, la educación pública, los límites y los excesos, la propiedad privada de y en todos los espacios, el sistema sanitario, el bienestar social —esa palabra—, la libertad de expresión —ese concepto —. Todo ello en un marco familiar, que saca a la luz, a menudo con enorme ironía, las contradicciones y absurdos llevados al límite. Llevados al borde. Tan al borde que, claro, hiere alguna que otra sensibilidad.
Las ocho novelas siguientes de Lionel Shriver abordan esas problemáticas, por supuesto, no sin conflicto. En 'Los Mandible', novela publicada en 2016, tenemos la crónica de una familia que colapsa económicamente con el derrumbe consiguiente de los privilegios a los que estaban acostumbrados; en 'Propiedad privada', relatos publicados en 2018, nos enfrenta a debates como el culto al cuerpo o a la idea de posesión, en todos sus amplios sentidos: "Quise crear una serie de historias cortas sobre la propiedad. Algo que me dio un sentido de dirección, una especie de limitación arbitraria que acabó siendo inspiradora". Todas las atmósferas de Lionel Schriver están construidas en torno a un concepto que podríamos denominar incomodidad. O en plural. Incomodidades. Que vienen a ser como motas de polvo que parecen no estar, pero que se vuelven insufribles en el momento en que se te meten en el ojo, o en la nariz. Las lágrimas o los estornudos incontrolables son la respuesta de Schriver en clave literaria. Si los personajes sacaran el pañuelo delicadamente y no hicieran mucho ruido, sería —en clave literaria— corrección política. Pero. "Los personajes que me atraen normalmente se encuentran a disgusto con estas restricciones". Y con estas premisas, el pasado noviembre, la autora sacó su último libro, titulado 'Manía'. Una sociedad en la que impera lo que ella ha dado en llamar 'Paridad mental", el credo que propugna la igualdad intelectual como la respuesta a todos los males. Ofensa servida. Empieza el espectáculo.