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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La resistencia

La desobediencia civil en este siglo es el control de nuestra propia atención

DE LAS COSAS que más me preocupan desde hace años es eso que se da en llamar el mercado de la atención. Es decir, que me preocupa volverme gilipollas. Perdón, haberme vuelto ya gilipollas. Durante un par de semanas de mis vacaciones cargué a todas partes con el libro ‘Cómo no hacer nada’ de Jenny Odell y tuve que escuchar gracietas de mis amigos sobre cómo no necesitaba un libro para aprender tal cosa, cómo leer un libro es, de hecho, hacer algo y cargar con él en el bolso, también. El ingenio, que Dios se lo conserve muchos años.

Yo, que soy de no subrayar los libros, como si ese hábito fuera a hacerles daño, utilicé de marcapáginas un lápiz del número dos porque me sentía físicamente incapaz de leer tal cosa y no señalar todas las cuestiones clave que sabía que querría recordar después. Pero he visto que, si no se tiene costumbre, pasa lo que pasa: vuelves a leer y te das cuenta de que no entiendes nada de una cita exenta de contexto, así que acabas releyendo el capítulo entero para entender por qué subrayaste justamente esa frase. Veo que llevamos dentro cierta coherencia porque volvería a elegir la misma. Cuando escribo algo para mí y lo leo tiempo después, todavía me entiendo perfectamente aunque a veces discrepe conmigo. Me reconforta. Espero poquísimo de todos nosotros, la verdad, así que suelo volver a textos pasados creyendo que acabaré escandalizada por la falta de reconocimiento.

Lo que quería decir aquí es que ‘Cómo no hacer nada’ habla con elocuencia de cosas que he pensado o que me parece que he pensado porque a veces el pensamiento es un magma amorfo dificilísimo de filtrar. Y eso me pasa precisamente por lo que recoge el libro: me roban la atención y yo me dejo. Me roban la atención las redes sociales, me roban la atención las novedades de gente a la que no conozco, gente que no quiero, gente cuyas opiniones y reflexiones no me afectan, que me llegan y se me van sin cambiar nada y sin dejar nada, como lluvia cayendo por un buen impermeable. Me roban la atención las noticias que no me importan, que no me apelan, que no me tocan como ser humano, que no me informan de nada, que florecen en ese ciclo noticioso brevísimo, no de 24 horas, casi ni de 12.

Esas cosas que ruedan por el Twitter de cuenta en cuenta, saltan a un par de artículos de opinión escritos con muchísima prisa, muy al presunto calor de la actualidad, y acaban haciéndose un hueco efímero en la web de los periódicos. Uno se puede perder esas cosas y seguir como si nada (como si nada, no; mejor) pero eso es algo que solo se ve si se está fuera. Dentro parece de urgente necesidad seguir el hilo de esa cosa y reaccionar, indignarse muchísimo, expresar el enfado sin reservarlo para algo que realmente te trastorne. Si uno se desconecta cuando la supuesta noticia empieza a hervir y regresa 24 horas después, ni se entera porque ya ha pasado todo, ya hay otra o doscientas al fuego para vivir un suspiro entre nosotros y no tocarnos.

Ese estado de compulsión y distracción, la maraña de pensamientos sin ordenar que tenemos en la cabeza y de los que somos incapaces de localizar el origen, el caos reflexivo, la imposibilidad a veces de detectar qué nos importa de verdad, de identificar lo que estamos sintiendo, es fruto del robo de atención. Y ese cacao maravillao interno no es (solo) culpa nuestra, de nuestra debilidad, nuestra fragilidad, nuestra pereza, nuestra falta de voluntad y disciplina. Es un modelo de negocio exitoso, que se hace más y más sofisticado, y que utiliza nuestra atención como moneda de cambio, convenciéndonos en el camino de que nos está sirviendo a nosotros, de que nos enseña cosas que necesitamos para sobrevivir informados en este siglo. Ja.

Odell cree que la desobediencia civil en este mercado de la atención no es abandonar las redes sociales, especialmente no hacerlo anunciándolo en las redes sociales con un texto moralista que aspira a viralizarse. Es dejar de atender a ciertas cosas y atender a otras, es no dejarse llevar, es concentrarse en los auténticos intereses, es pararse ante una rapidez que nos es ajena, para la que no valemos porque nos impide pensar bien.

Es también autoconocimiento, saber quiénes somos realmente y quiénes creen los algoritmos que somos, volverlos locos demostrándoles con perseverancia que no nos conocen, buscando la información que no nos proponen porque la sitúan lejísimos de nuestra burbuja de intereses. Es detener el sentimiento que sea que se nos desencadene al leer según qué cosas y que ha sido perfectamente planeado, es negarse a sentirlo, no indignarse, no dejar que se nos precipite el enfado o la ira y esperar a ver si realmente nos ocurre tal cosa. Es, en fin, un trabajazo del que se sale más humano y menos máquina, más tranquilo y más libre.

Este artículo me hubiera quedado mejor, más claro y seductor de haber empezado yo antes a controlar férreamente mi atención. Pero, ya saben, rodaba una cosa por el Twitter y una no es de piedra.

La resistencia