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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Sacar la basura

Al escribir se te revelan a veces ideas que no sabías que tenías

Maruxa3HACE POCO hice algo que no había hecho nunca. A ver, evidentemente. Todo el tiempo estamos haciendo cosas que no hemos hecho nunca. Por ejemplo, el martes le di sin querer a la lámpara de la cocina con el palo de una escoba, y por primera vez tuve la oportunidad de ver una bombilla explotar. Salió disparada y casi pierdo el ojo derecho, pero logré esquivarla con un impresionante movimiento de cuello. También era la primera vez que me impresionaba a mí misma con mi movimiento de cuello.

De lo que hablo es de que fui a un seminario de escritura. Me apunté con mi amiga Laura porque lo impartía un escritor que nos gusta y que resultó ser un tipo bien agradable que habló de cualquier libro menos de los suyos. En cuanto hubimos pagado la cuota nos preguntamos la una a la otra si acaso tendríamos que hablar. Cuántas preguntas hay así, que no demandan información porque se hacen a quien no la tiene, sino que comparten un temor. La introversión es eso. No es timidez, sino detestar la charla de ascensor, evitar como sea convertirse en el centro de atención; florecer en segundo plano, o en tercero; verte un poco superada al interactuar con más de cinco personas a la vez.

A los diez minutos de empezar supimos que sí, que íbamos a tener que hablar. Había que presentarse ante veinte personas, la mayoría periodistas, y contar si escribíamos y qué escribíamos y qué problema teníamos con nuestra escritura. Lo recuerdo todo como una nebulosa. Como hablar en público me espanta, me ocurren dos cosas simultáneas: tiendo a compensar el apuro levantando la voz y diciendo más de lo que inicialmente diría y lo hago todo en un estado de aturdimiento, con un zumbido que comienza bastante antes de que me toque y acaba bastante después. En resumen, quién sabe qué digo. Yo, no. Quién sabe qué dijo Laura, que era la siguiente.

Uno de los ejercicios que tuvimos que hacer fue dar una vuelta a la manzana, una con los ojos cerrados tras las gafas de sol y otra haciendo de guía. Está pensado para que la vistan o entorpezca la cantidad de información que recibes gracias al resto de sentidos. También para que, en la comida al acabar el seminario, nuestros amigos se rieran de nosotras por haber pagado una pasta para pasear del bracete y tropezar en los bordillos. Es importante tener gente que te apoye.

Cumplimos con el ejercicio sin hacer trampas. Laura se percató de cómo el ruido parece subir del suelo en capas, cómo la ciudad es una milhoja acústica. Yo, de que era aquel un día puro del comienzo de la primavera, de verdadero frío-calor; de cómo al salir de una porción de acera soleada y entrar en una sombra, justo en esa frontera, el aire está fresco y caliente simultáneamente, en remolino.

Convenimos que el seminario había sido una experiencia curiosa, diferente, que efectivamente había hecho eso tan horroroso de sacarnos de nuestra zona de confort. Qué espanto de expresión. También que no habíamos aprendido mucho, que la mayoría de las cosas que se hablaron en realidad ya las sabíamos, que nos hubiera gustado más una enseñanza práctica, concreta y analítica: cómo había escrito él aquellos libros. Lo hablamos durante la comida y dejamos el tema.

Sin embargo, alguna semilla nos debió de prender porque desde entonces hablamos más de escribir, de si hacerlo o no, de cómo, del estilo, de la fuerza de voluntad, de esa certerísima descripción, que se le atribuye a Dorothy Parker sin que sea suya, sobre cómo no le gustaba escribir "sino haber escrito".

Laura cree que quizás llevar un diario sirve para hacer músculo y convocar las ideas que solo sabes que tienes cuando las ves escritas y yo le digo que quisiera escribir uno que se llamara Sacar la basura porque, como esa pesadez doméstica, también es algo que tienes que hacer cada día y que te despeja la casa. Pero que no tengo fuerza de voluntad, que necesitaría que alguien me recordara que debo hacer, sin dar vueltas y sin excusas; así en plan imperativo: haz. Que tendría que ser en días distintos y momentos distintos, cuando no lo esperase, porque hay charlas o lecturas que te cargan de energía en el momento, pero esta se pierde rápido. Que te pasa por encima el trabajo y el cansancio y las horas y las obligaciones y ni escribes el diario ni sacas la basura. Lo dejas para mañana.

Ahora, cada día o día y medio, sin horario fijo, Laura me manda un mensaje. Dice HAZ, así en mayúsculas. Ha empezado a completarlo con fotos de haces de luz o de señoras de espaldas cargando con una bolsa de basura camino del contenedor. No añade ningún comentario más. Me hacen tanta gracia y se lo agradezco tanto que tenía que cumplir y escribir, por lo menos, esto.

Sacar la basura
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