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El gato Santiago

Gato

Estaba exhausto y hambriento. Había pasado el último día y medio llamando a su madre sin obtener respuesta. Ella, herida, escuchaba sus reclamos a lo lejos sin fuerza para responder, desesperada. Ya había perdido a dos de los tres hijos de su primera camada, uno que nació sin vida y el otro demasiado débil para sobrevivir a pesar de los intentos de la madre por sacarlo adelante. Cuando se curó lamiéndose las heridas, su hijo ya no la llamaba. Había pasado demasiado tiempo sin leche. Ya no podía estar vivo. Lo buscó no obstante, sin éxito.

Ana hacía el Camiño otra vez. En las tres anteriores ocasiones lo había hecho en grupos más o menos numerosos, pero ahora había decidido hacerlo a solas: "Me parece bien, a ver si curas esos desamores y vuelves con la batería cargada", le había dicho el padre casi sin levantar la vista del periódico.

Se sentó a descansar sobre un muro de medio metro de altura que separaba el sendero de una finca adyacente. Sacó de su mochila una lata de atún y un poco de pan y se hizo un bocadillo. Junto a ella, mientras comía, dejó la lata, en cuyo fondo quedaba un poco de aceite y unas migajas de atún. Empezó a comer con calma, viendo pasar a los peregrinos. A veces lo hacía. Era entretenido imaginar la vida de cada uno, los vínculos que unen a quienes van en grupo, los motivos por los que peregrinan. Podría pasar horas así si no fuera porque ella también estaba andando su Camiño.

Escuchó a su espalda un maullido agonizante, suave y corto, suplicante, pronunciado sin fuerza y se giró. A pesar de que era un día soleado, el gatito temblaba, apenas se tenía en pie. Estaba gastando su último suspiro antes de desfallecer, empujada por el irresistible olor a alimento que llegaba de la lata. Era una desesperada llamada de socorro.

- Pero si eres una cría -Ana le habló en voz muy baja. Saltó con cuidado al otro lado del murete, cogió la lata de atún y la puso al alcance del gato-. ¿Tienes hambre? Espero que esto no te siente mal...

El animal se abalanzó sobre la lata. Era tan pequeño que casi le cabía dentro la cabeza. Empezó a comer con desesperación, lamiendo el fondo de la lata hasta dejarlo totalmente limpio. Ana le acarició la cabeza. Aquello le recordó al gato las caricias que le daba su madre con la lengua. Enseguida se sintió mejor y volvió a maullar, esta vez con más energía. En toda su vida no había conocido a otros seres que a su madre y a su hermano, los pocos días que éste vivió. Ana lo acababa de alimentar y ahora lo acariciaba. Se sintió más fuerte y el desfallecimiento y sobre todo el terror que había vivido al estar solo, sin protección, se desvanecieron. Volvió a maullar, mirando a Ana.

-¿Me das las gracias o me pides más comida? ¿Quieres agua? -sacó de su mochila una botella y sirvió un poco en la lata-. Bebe un poco, bonito. ¿Dónde está tu madre? No puede andar muy lejos, aunque parece que te ha perdido -Ana miraba a su alrededor.

Metió la lata en una bolsa en su mochila para tirarla más adelante en un lugar adecuado y cogió al gatito en brazos. Se hacía tarde y Ana debía reemprender la andadura. Dejó al gato donde lo había encontrado, saltó el muro de vuelta y empezó a caminar. No había dado cuatro pasos cuando el animal empezó a maullar con insistencia. Estaba otra vez aterrorizado. No sabía estar solo, pero sí que no debía estarlo otra vez.

Ana se detuvo en seco. Si el gato no encontraba a su madre o lo rescataba otro peregrino o estaría muerto en poco tiempo. No sabría cómo sobrevivir, tan pequeño y sin nadie que lo cuidara. Viró en redondo y lo recogió. Lo acunó en sus brazos brazos y le habló con suavidad:

-¿Y ahora qué hacemos? -le preguntó mientras el animal ronroneaba de placer-. ¿Qué hago yo contigo? Es hora de marchar, no sé. Vamos a hacer una cosa, si te parece. Te hago un hueco en la mochila y nos vamos.

Ana se sacó la mochila y construyó una especie de nido con una toalla, recolocándolo todo para que el gato estuviera cómodo. Lo metió dentro en inmediatamente el animal asomó la cabecita y maulló. Estaba cómodo, tranquilo y seguro. Cuando Ana comenzó a andar otra vez se quedó dormido, así, con la cabeza fuera de la mochila.

-Bueno, ya nos apañaremos, a ver. Menudo lío tenemos, bichito. Tendremos que comprar comida de verdad, o biberones, yo qué sabré. Nunca he tenido mascota. También iremos a una clínica veterinaria, claro, para que te vean; y hacer los papeles para la adopción, supongo que te pondrán un chip. Y que me digan cómo cuidarte. Pero el Camiño lo acabamos, eso siempre. ¿Sabes qué será divertido? Volver a casa y ver la cara de mi padre cuando le diga que mis desamores siguen igual y que además tengo un gato. Te llamarás Santiago, ¿no te parece un nombre apropiado?

Santiago dormía plácidamente.

El gato Santiago
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